La poeta Piedad Bonnett lo explicó con envidiable claridad: las palabras nacen, se reproducen y, a veces, invaden un idioma entero como mala hierba

Enrique Olmos
La poeta Piedad Bonnett lo explicó con envidiable claridad: las palabras nacen, se reproducen y, a veces, invaden un idioma entero como mala hierba. Lo que a mí me interesa explorar es un matiz particular de este fenómeno botánico-lingüístico: hay palabras que no invaden porque vengan a nombrar un descubrimiento deslumbrante, sino por el motivo opuesto. Se repiten tanto que terminan completamente vaciadas de cualquier contenido verificable. Se vuelven, en el peor de los casos, un simple código de vestimenta intelectual; un accesorio que perfila a la clase académica dominante o adorna la vacuidad del discurso político de turno, sin que exista de por medio la más mínima reflexión sobre lo que se está diciendo, incluso aunque sean vocablos útiles, distraen.
Lo confieso, también las he utilizado; pero hoy vengo con el cansancio acumulado en las retinas. Entre dictaminar proyectos, revisar tesis y leer los trabajos de mis alumnos, he tenido que tragarme hasta la saciedad una avalancha de términos rimbombantes que, sospecho con firmeza, ni ellos mismos entienden. Van aquí algunos de mis ejemplares favoritos, recolectados en el safari de la burocracia y las aulas.
Empecemos por la administración pública. Ahí reina la “gobernabilidad“, un comodín maravilloso que sirve para justificar cualquier decisión atropellada sin que nadie tenga que explicar qué diablos se está gobernando ni para beneficio de quién. Le sigue la “transversalidad“, que en la práctica administrativa significa no hacer absolutamente nada, pero hacerlo en todos los departamentos al mismo tiempo. No olvidemos la “hegemonía“, que hace mucho dejó de describir un concepto gramsciano preciso para significar, sencillamente, que quien habla en el podio se cree moralmente superior a quien gobernaba antes. Y, por supuesto, la “praxis“, que te promete que la teoría por fin se ensuciará las manos, aunque casi siempre termina reducida a una junta de martes por la mañana. Súmese a este catálogo la “vinculación interinstitucional“, pomposa frase que certifica que dos oficinas se mandan oficios inútiles sin que ninguna asuma la responsabilidad de nada; y las célebres “buenas prácticas“, un título nobiliario que cualquier proyecto cultural de medio pelo recibe sin que nadie se tome la molestia de medir, con números fríos, en qué consistió realmente el éxito.
La academia y los colectivos también aportan su propia y muy abundante cosecha. Me fascina la “horizontalidad“, vocablo que casi siempre sirve para describir a un grupo de personas manipuladas por un líder que insiste, a gritos, en que él no es el líder. Tenemos la “autogestión“, que en el diccionario del mundo real se traduce directamente como “trabajar gratis por una causa justa mientras el Estado se lava las manos“. Tampoco falta el famoso “tejido social“, metáfora textil tan manoseada en las justificaciones de los proyectos que ya nadie se detiene a preguntar si de verdad existen los hilos o si nos estamos tejiendo puros cuentos.
¿Y qué decir de la “cartografía“? Hoy en día ningún alumno hace un simple mapa, un ensayo o un listado; todo el mundo “cartografía” sus emociones, sus procesos o la ruta del transporte público, como si estuviéramos en pleno siglo XVI descubriendo continentes. Mención honorífica a lo “decolonial“, adjetivo disparado con furia revolucionaria desde el teclado de una MacBook mientras se degusta un latte macchiato.
Tenemos a la “sinergia“, que te ilusiona con que dos instituciones colaborarán estrechamente y en la cruda realidad solo garantiza duplicidad de funciones; la “resiliencia“, que es la forma elegante que tiene el sistema para decirte “aguanta los golpes sin quejarte porque nadie te va a rescatar”, y la “experiencia inmersiva“, aplicable lo mismo a un montaje teatral, a un museo de historia o a ir de compras en una tienda departamental.
Y en el discurso público: “visibilizar” ya sustituyó por completo a verbos nobles como mostrar, decir o señalar. “Resignificar” te promete transformar el sentido de algo sin la molestia de tener que tocarlo realmente. “Problematizar” convierte cualquier pregunta simple (digamos, por qué llueve) en un insufrible procedimiento de seminario de posgrado. Y claro, hoy los políticos ya no mienten, simplemente “se disputan la narrativa”.
La palabra, como ente vivo, muta y se reproduce. La tragedia es que aquí la mutación no avanza hacia la claridad del significado, sino hacia la comodidad del vacío. Se puede hablar durante una hora ininterrumpida de gobernabilidad, praxis, transversalidad, cartografías y resiliencia sin comprometerse absolutamente a nada, porque la repetición incesante sustituye al argumento. Contra esta epidemia de vacuidad ilustrada no hay neologismo que valga. Solo nos queda el recurso de aferrarnos a la vieja costumbre —cada vez más rara, cada vez más subversiva— de decir las cosas una sola vez, de frente, con absoluta precisión y, si no es mucho pedir, sabiendo qué significan. ¿Y a usted qué palabras “nuevas” le colman la paciencia?
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