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Agustín Ramos, al cielo por asalto

Agustín Ramos, eternamente crítico y contestario, da voz a todas las voces en su obra, surrealista y laberíntico, provocador e irónico, el maestro que me convenció sobre la posibilidad de escalar el cielo…

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Obsesionada con la literatura producida en México fui una adolescente que, a finales de la década de los 80, iba religiosamente cada semana al puesto de periódico que estaba en la esquina de mi casa para comprar un libro de esa maravillosa e inolvidable colección de Lecturas Mexicanas, publicada de manera conjunta por la Secretaría de Educación Pública y la editorial Era. Así llegaban a mis manos novelas, cuentos y poemas de autores y autoras de nuestro país que me cautivaban con sus textos, entre mis preferidos estaba el volumen número 28, Al cielo por asalto (1979), de Agustín Ramos (Tulancingo, 1952). 

Acostumbrada a una literatura lineal, fue difícil al principio entrar en ese laberinto narrativo, un círculo que más bien se convertía en espiral donde la utopía por derrocar a los poderosos estaba latente en cada historia, donde metafóricamente el atrevimiento de escalar hasta el cielo para desafiar a los dioses y diosas representaba una osadía valiente, riesgosa, necesaria y desafiante. Intuía que el escritor era irreverentemente un soñador crítico, provocador y provocativo. La novela me daba la esperanza de que valía la pena arriesgar todo por un sueño imposible-posible. Cada personaje, sin el mejor plan ni la gran estrategia, luchaba a su manera para poder debilitar y desaparecer un sistema vertical cuyas instituciones rígidas provocan la existencia de una sociedad desigual e injusta. Cuántas voces se escuchan en este relato, todas nos sacuden mientras se avanza en la lectura. Un tono desafiante y subversivo logra envolverme, tuve la seguridad que sería una fiel lectora de Agustín Ramos. 

Lo más bonito es que mucho tiempo después, sentada en una sala de juntas de la Comisión de Derechos Humanos del Estado de Hidalgo, frente a mí había un pequeño letrero donde podía leerse con letras mayúsculas el nombre de Agustín Ramos. Inquieta aguardaba a que él llegara a esa reunión, ¿se trataba de mi querido escritor o alguien se llamaba igual que él? Entró, tomó su lugar. No podía dejar de mirarlo, entre tímida y emocionada. Me saludó. Entonces, yo tragué saliva y bajito le dije: ¿Usted es Agustín Ramos, el de la novela Al cielo por Asalto? Ese mero soy, respondió tranquilo. Ay, ¿puedo abrazarlo? Lo admiro de corazón. Nos abrazamos y mi autor se volvió alguien de carne y hueso, latidos compartidos, sonrisas correspondidas.

Lo sigo leyendo con el mismo cariño y admiración, por eso en la sección de literatura hidalguense de mi librero voy sumando sus obras: Ahora que me acuerdo, La vida no vale nada, Como la vida misma, Manifiestos, La gran cruzada, La noche. Por supuesto, tengo uno de ellos firmado con una linda dedicatoria: “Para una mujer que vino a aumentar la belleza y el buen aire de Pachuca con su trabajo y su compromiso”. No olvido una noche que nos encontramos en un evento cultural y quiso regalarme un libro suyo, prometiendo que me lo daría al terminar la ceremonia. Le confié que debía salirme antes pues mi esposo ya me esperaba en un restaurante y al preguntarme en dónde, con amabilidad le di el nombre del lugar. Para mi gran sorpresa, cenaba yo con mi marido cuando veo entrar a don Agustín y sonriente me dice: “No podías quedarte sin mi libro, así que te lo traje”. ¡Qué detalle tan hermoso!

Una sala de la Feria Universitaria del Libro lleva su nombre y fue maravilloso ser anfitriona en ese lugar para recibirlo muchas veces y volverlo a abrazar. Hace poco invité a presentar uno de sus libros en el Instituto de Artes de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo y la comunidad universitaria hizo fila para que les firmara sus libros. Por cierto, lo acompañó mi amiga Noemí Luna, directora de Eterno Femenino, donde ahora también él publica su obra.

Agustín Ramos, eternamente crítico y contestario, da voz a todas las voces en su obra, surrealista y laberíntico, provocador e irónico, el maestro que me convenció sobre la posibilidad de escalar el cielo para tomarlo por asalto en busca de la justicia y la equidad, así lo habiten los dioses poderosos que sean.

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