Imagen: Enrique Olmos
 · 
Hace 2 horas

Sobre la argentinofobia

Pero la duda que me carcome es otra. ¿Cuándo y por qué se nos echó a perder la simpatía entre México y Argentina? ¿Fue en el 86? ¿Fue el ego maradónico?

Imagen: Sobre la argentinofobia

Enrique Olmos

Compartir:

Escribo esto a horas del Suiza-Argentina. Vale la aclaración cronológica: si la albiceleste gana, para cuando usted me lea, las redes ya habrán demostrado con memes que el árbitro es un masón financiado por Messi. Si pierde, esta columna será el testamento arqueológico de una especie en extinción: el argentino feliz.

Procedo, pues, al harakiri público y a la inmolación cívica. Soy mexicano. Pero, futbolísticamente hablando, mi corazón le guarda una pecaminosa simpatía a la selección albiceleste. Tengo perfectamente diagnosticado el origen del trauma: Mundial de Italia 90. Supongo que toda la culpa es de Maradona y de esa maravillosa, aunque infartante costumbre argentina de jugar cada maldito partido como si fuera el Juicio Final. En fin, ya pueden retirarme el pasaporte y la cartilla militar.

Lo curioso del caso es que una confesión de esta naturaleza, hace un par de décadas, apenas habría ameritado un par de chistes de cantina. Hoy, en cambio, produce diagnósticos psiquiátricos inmediatos, pues vivimos bajo el asedio de una curiosa e implacable epidemia en aumento: la argentinofobia. Hablamos de un severo cuadro clínico contemporáneo. Sus síntomas incluyen urticaria fulminante al escuchar la cadencia del acento porteño, choque anafiláctico ante la palabra “che”, incapacidad neurológica para aceptar que un árbitro pueda equivocarse por simple torpeza sin haber recibido un mensaje de la FIFA, y una urgencia patológica por tuitear que “todos los argentinos son iguales”. Lo más fascinante es quiénes la padecen (además de los aficionados nacionalistas de siempre): escritores, académicos, periodistas, artistas sensibles y aguerridos defensores de los derechos humanos. Progresistas de impecable pedigrí que, con toda la razón del mundo, denuncian el racismo, el clasismo, la xenofobia y cualquier asomo de discriminación… Hasta que juega Argentina.

Existe, no nos hagamos tontos, la enfermedad inversa; una muy respetable corriente de mexicofobia que, sospecho, es la natural respuesta inmunológica a un primer ataque de odio. Claro que todos hemos tenido la desdicha de toparnos con el argentino inmamable, ese que está íntimamente convencido de que México fue fundado exclusivamente para organizar mundiales y despachar tacos; el que jura que la civilización termina en la avenida Corrientes y que de ahí para arriba somos una muy folclórica zona de amortiguamiento geográfico. La estupidez, conviene anotarlo para los anales de la ciencia, goza de una envidiable y muy equitativa distribución continental.

Pero la duda que me carcome es otra. ¿Cuándo y por qué se nos echó a perder la simpatía entre México y Argentina? ¿Fue en el 86? ¿Fue el ego maradónico? ¿O fue esa explosiva amalgama entre el mejor futbolista del planeta y las televisoras deportivas, que de pronto descubrieron que el odio nacionalista dejaba muchos más dividendos que el simple análisis del futbol?

Porque si uno se asoma a la historia, cuesta trabajo justificar tanto rencor e incluso odio. México le abrió los brazos a miles de argentinos que venían huyendo del horror de la dictadura militar. Aquí hallaron aulas, editoriales, escenarios, un plato de sopa y amistades entrañables. Ellos, en justo pago, fertilizaron nuestra vida cultural y social de un modo que no alcanzaremos a agradecer del todo. Borges, Cortázar, Pizarnik, Quino, Fontanarrosa, Les Luthiers, el rock en tu idioma, el psicoanálisis, el teatro independiente, Mafalda… Trate usted de explicar la cultura latinoamericana amputándole el puente intelectual entre México y Argentina. Imposible. Y, sin embargo, nos basta un penal mal marcado para mandar medio siglo de hermandad al reverendo carajo. Los medios, desde luego, tienen responsabilidad. Durante décadas nos adoctrinaron con la idea de que el rival deportivo debía ser, por decreto, un enemigo moral. Ya no bastaba con ganar en la cancha; había que despreciar al otro, caricaturizarlo, reducir la complejidad de una nación entera a un meme de mal gusto. Y vaya que el negocio les cuajó. Hoy, la argentinofobia monetiza y genera miles de interacciones por minuto. Es una verdadera lástima. El futbol debería ser una fábrica de asombro y admiración, no una trinchera. 

Por mi parte, seguiré viendo jugar a Argentina. Porque esos tipos todavía tienen el monumental descaro de recordarnos que patear una pelota puede ser, a veces, una forma de la belleza. Y francamente, entre sumarme al rebaño de la argentinofobia o sentarme a disfrutar otro partido de Messi, no tengo la más mínima duda.

Suscríbete a Criterio Hidalgo y conoce nuestros contenidos exclusivos  https://suscripciones.criteriohidalgo.com/planes  

 

Compartir:
Relacionados
Imagen: Parque Ecológico Cubitos: El pulmón verde que no podemos perder
Hace 1 hora
Imagen: Sobre la argentinofobia
Hace 2 horas
Se dice
/seDiceGift.png
Especiales Criterio
/transformacion.jpeg
Suscribete
/suscribete.jpg
Más popular
Por Redacción Criterio . 3 de julio de 2026
Por Federico Escamilla . 3 de julio de 2026

© Copyright 2026, Derechos reservados | Grupo Criterio | Política de privacidad

logo
HOLA Y BIENVENIDO
Suscríbete y así estarás apoyando a crear contenido de calidad
SUSCRÍBETE
Cerrar sesión