Creyó que a todas las niñas le pasaba lo mismo: No sabía que eso les pasaba a las poetas.

Un viento suave comenzó a jugar con sus cabellos, Margarita imaginó que cada ráfaga de esa brisa se convertía en mariposas traviesas, en colibríes vivarachos o en luciérnagas bulliciosas. De inmediato se puso a escribir en su cuaderno esa sensación. Creyó que a todas las niñas le pasaba lo mismo: hacer magia con las palabras y así transformar todo lo que la rodeaba en bellos pensamientos, en imaginación compartida. No sabía que eso les pasaba a las poetas.
Durante su infancia hacer poesía para ella era un juego más que la divertía como cuando brincaba la cuerda o corría alrededor del majestuoso reloj de Pachuca, ciudad en la que nació. Entonces, las campanadas que daban puntualmente la hora, para ella eran rumores de una estrella. Si caminaba a orillas del río Metztitlán, las piedras que arrastraba esa corriente le parecían caracoles de veranos ausentes. Cuando conoció el mar, aseguraba que lo podías despertar si lo mecías con cantos llenos de nostalgia.
Su nana otomí la recibió una noche del 21 de julio de 1917 y le gustaba contarle que al nacer el llanto que brotó de la pequeña Margarita Michelena parecía un tallo que al elevarse ya sostenía la flor de sus palabras. Desde ese momento, la vieja sabia lo supo y lo dijo bajito, como un conjuro bondadoso: de ti brotarán poemas. Y no se equivocó.
Pero, en un principio, esa chiquilla preocupaba a la gente que no entendía esa vocación poética latente en su alma. Les sorprendía encontrarla sentada a la sombra de los magueyes escribiendo en su cuaderno versos azules como sus ojos, preguntándose quién es. La escuchaban sorprendidos cuando ella aseguraba que el día preferido de la lluvia eran los lunes y que los viernes te ayudan a encontrar una sortija de misterio.
En su casa Margarita empezó a ser cautivada por los libros. Varios familiares empezaron a aproximarla al gozo de la lectura, principalmente su tía María Mancera, quien fue determinante para que la pequeña aprendiera a leer a los cinco años de edad y desde ese momento quedara prendida de la literatura.
Cada día se fortalecía en ella la certeza de que su vocación era acomodar palabras para que llegaran al corazón de muchas personas. Así, ya adolescente, su mamá la bendijo y Margarita se fue a estudiar a la UNAM.
Además de la poesía, Margarita Michelena buscó otros escenarios para expresarse. Uno de ellos estaba lleno de sonidos y música, así, cuando surgió Radio Femenina, la primera estación radiofónica hecha por mujeres en México, fue guionista de varios programas, entre ellos Mundo Femenino.
Era muy buena para aprender otros idiomas y por eso se convirtió en traductora de otros escritores, principalmente trabajó con la obra de Charles Pierre Baudelaire, un brillante poeta y crítico francés, que sin duda influyó mucho en la forma en que Margarita siguió escribiendo poesía.
En la década de los 60, Michelena publicó sus dos últimos libros: El país más allá de la niebla y Reunión de Imágenes. Ella confesó que ese momento representó “una reconciliación total con la vida y la muerte. Es donde yo me vacié, terminé todo lo que tenía que decir… Por eso digo que ya no tengo nada que escribir después de este poema”. Y aunque le dijo adiós a la poesía, no dejó de escribir, pero empezó a hacerlo ahora como periodista, publicaba una columna en el diario Excélsior y artículos en la revista ¡Siempre! Además, fundó un periódico hecho solamente por mujeres que se llamó Cuestión. Escribió en la prensa hasta el último día de su vida.
Margarita Michelena, esa niña que empezó a hacer poesía como un juego gozoso, hoy seguimos celebrando tu existencia y te deseamos un feliz cumpleaños.
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