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Hace 1 hora

La caja que desespera a quien no sabe leer la política

El problema es que quienes toman decisiones de verdad no conocen el final de la película. Un gobernante, un empresario, un científico, nosotros mismos, actuamos casi siempre con información incompleta, entre señales confusas, presiones, intuiciones, datos y escenarios que cambian mientras intentamos entenderlos.

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Tenemos una costumbre muy humana: mirar hacia atrás y convencernos de que todo era obvio.

Cuando un gobierno fracasa, aparecen de inmediato quienes dicen que el desastre se veía venir desde el primer día; si una selección gana el campeonato, de pronto todos encuentran señales que anunciaban la gloria, y si pierde, esas mismas señales se convierten en advertencias que, según dicen, nadie quiso escuchar.

Pero la realidad casi nunca funciona así. La vida no es una línea recta, es más como una caja, mientras no se abre, adentro caben varios futuros posibles.

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Eso fue, en el fondo, lo que volvió tan famosa a la caja de Schrödinger. Más allá del gato, de la física cuántica y de las explicaciones de laboratorio, la imagen es poderosa porque nos recuerda algo incómodo: antes de conocer el resultado, el mundo no está escrito. Hay posibilidades, riesgos, caminos que se abren y otros que se cierran sin que alcancemos a verlos del todo.

Y eso también pasa en la política. Maquiavelo entendía muy bien esa incomodidad. A él se le atribuye la frase “el fin justifica los medios”, aunque nunca la escribió exactamente así. La frase sobrevivió, quizá, porque retrata una manía que seguimos teniendo: juzgar todo desde el desenlace.

Si el proyecto sale bien, entonces la estrategia fue brillante. Si fracasa, el plan era una tontería desde el principio. Así cualquiera opina.

El problema es que quienes toman decisiones de verdad no conocen el final de la película. Un gobernante, un empresario, un científico, nosotros mismos, actuamos casi siempre con información incompleta, entre señales confusas, presiones, intuiciones, datos y escenarios que cambian mientras intentamos entenderlos.

Desde el presente somos durísimos con el pasado, vemos la caja abierta y creemos que siempre estuvo claro lo que había dentro. Pero no estaba claro.

Por eso resulta tan injusto evaluar una decisión únicamente por su resultado, es como juzgar una jugada de póker sin preguntar qué cartas tenía el jugador cuando apostó. A veces una buena decisión termina mal, a veces una mala decisión sale bien por pura suerte. Y distinguir una cosa de la otra exige más que mirar el marcador final.

La ciencia nos ha enseñado que la incertidumbre no es solo falta de información, es parte del mundo. La política, aunque a veces pretenda lo contrario, vive exactamente en ese terreno: el de lo probable, lo inestable.

Si queremos aprender algo del pasado, necesitamos mirarlo con más humildad. No basta con preguntar qué ocurrió, también hay que preguntar qué se sabía en ese momento, qué se temía, qué alternativas existían, qué riesgos se aceptaron y cuáles ni siquiera podían verse todavía.

Porque tener razón después de conocer el final es facilísimo. Lo difícil, lo verdaderamente político, es decidir cuando la caja sigue cerrada.

 

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