Imagen: Juan Manuel Menes Llaguno
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El panteón de San Bartolo, en Pachuca: una historia de muertos para los vivos

El 2 de julio pasado se informó que una parte de la barda del Panteón Municipal de Pachuca, ubicado en la comunidad de San Bartolo, al poniente de la capital hidalguense, se había desplomado tras 120 años de haberse levantado…

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El 2 de julio pasado se informó que una parte de la barda del Panteón Municipal de Pachuca, ubicado en la comunidad de San Bartolo, al poniente de la capital hidalguense, se había desplomado tras 120 años de haberse levantado, noticia que permite hoy hacer un breve repaso de la historia de los comentarios pachuqueños.

Los primeros lugares concebidos para inhumar a las personas fallecidas en el Real de Tlahuelilpan —hoy centro histórico de Pachuca— fueron los atrios de los templos de Nuestra Señora de la Asunción, la Santa Veracruz —ubicada en el edificio oriente de la actual plaza Pedro María Anaya—, el de San Francisco y, ya en el siglo XIX, el del templo de la Merced —hoy parroquia del Carmen—, convertido años después en el Panteón de Barreteros. No obstante, se sabe que hubo enterramientos realizados en el interior de los templos, a gestión especial del difunto o sus descendientes.

Todo indica que, para finales del siglo XVIII, se hizo necesaria la apertura de un amplio “camposanto” que, administrado por los franciscanos de Pachuca, recibió el nombre de San Rafael, secularizado hacia 1862 al aplicarse las Leyes de Reforma. Ese panteón, ubicado donde se encuentra el jardín Pasteur, y el de Barreteros estaban prácticamente saturados debido al súbito crecimiento suscitado en el antiguo Real de Pachuca. 

A fin de solucionar tal saturación, en marzo de 1898 fue adquirido por el aún gobernador del estado Rafael Cravioto un extenso terreno —30 hectáreas—  propiedad de la familia Romero de Terreros, ubicado en los alrededores del poblado de San Bartolo —apocope de Bartolomé, uno de los 12 apóstoles de Jesús—. De inmediato, dicen los cronistas de la época, don Nemorio Andrade, presidente municipal de Pachuca, procedió a bardear aquel espacio ubicado al poniente de la ciudad, encargando la obra el ingeniero Jesús Gil, quien levantó los muros, de cerca de dos metros de alto y de 510 metros lineales por lado, utilizando argamasa y piedra dura.

La portada de acceso se encomendó a principios de 1900 al ingeniero militar coronel Porfirio Díaz Ortega, hijo del entonces presidente de la República, quien la concibió a similitud de los arcos triunfales de Roma. Consta de tres cuerpos, el del centro es un gran vano de medio punto que enmarca la reja de acceso y está flanqueado por un par de columnas adosadas de orden jónico; a cada lado, también en medio de columnas jónicas apareadas, se ubican los dos cuerpos laterales en los que se alojan en sendos nichos las imágenes de la Fe y la Esperanza, en tanto que la Caridad corona el eje central de la portada; todas, representativas de las tres virtudes teologales. 

El material aquí utilizado fue cantera de Tezoantla, sitio cercano a Real del Monte, proveedor años después del material utilizado en la construcción del Banco de Hidalgo —ubicado en la esquina de la plaza Independencia con la calle Leandro Valle— y posteriormente del monumental Reloj de Pachuca y es probable que los canteros de la familia Valdovinos —que intervinieron en estos dos últimos edificios— fueran también los autores de la bella portada del panteón. 

Por lo que se refiere a las rejas y puerta de acceso, es probable fueran elaboradas en la ferrería de Apulco, sin descartar la posibilidad de que se forjaran en los talleres de la fundición de la Compañía Real del Monte y Pachuca. El flamante panteón de Pachuca fue inaugurado formalmente el 1 de enero de 1901 y la primera inhumación registrada fue la de la niña Tomasa Cruz, una pequeña nacida el 9 de diciembre de 1900 y fallecida el 1 de enero de 1901. Su sepulcro, de acuerdo con los registros que se conservan, ocupa el lote uno de la manzana uno.

A lo largo de sus casi 127 años de existencia, el panteón pachuqueño ha sido objeto de diversas reformas, adaptaciones y al menos una ampliación. El trazo de la avenida principal y laterales concluyó en 1906; el 16 de enero de 1969 se construyó a la mitad de su eje central la Rotonda de los Hidalguense Ilustres, trasladada en 2010 a su nuevo asiento, en el cruce de las calles de Ramírez Ulloa y Río de la Avenidas; el 26 de noviembre de 1941 fueron reinhumados en este panteón los restos del general Felipe Ángeles, alojados en un bello mausoleo ubicado al inicio de la calzada principal.

Para enfrentar la saturación de este panteón, el alcalde Rafael Arriaga Paz le amplió con cuatro hectáreas y dispuso la construcción de nichos colectivos; asimismo, el edil Eleazar García construyó en el exterior de la barda oriente un velatorio popular.

El cambio paulatino en las costumbres funerarias con la práctica de cremación de cuerpos mucho coadyuvará a prolongar la vida de este emblemático cementerio que expresa en emblemático epitafio su origen destino: “Aquí, donde la eternidad empieza, es polvo y nada la mundanal grandeza”. 

La fotografía que ilustra esta nota procede del Archivo General de Nación y corresponde a los últimos días de trabajo para edificar la portada, pues, como se ve, aún no se colocaba la imagen que coronaria el primer cuerpo —la Caridad— y a un lado puede verse aún el tejaban donde trabajaban los canteros.

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