Hace ya 17 años, en mi blog de internet que llevaba el mismo nombre que esta columna, hablaba de lo triste que es darse cuenta de que no hay ley que pueda ante el poder, básicamente a cualquier escala

Raúl Contreras Omaña
Hace ya 17 años, en mi blog de internet que llevaba el mismo nombre que esta columna, hablaba de lo triste que es darse cuenta de que no hay ley que pueda ante el poder, básicamente a cualquier escala. Esa columna estaba dirigida especialmente al pobre papel que desempeñaba la Corte Penal Internacional ante las decisiones que Estados Unidos tomaba para realizar invasiones, guerras y bloqueos económicos a placer, sin que absolutamente nadie pudiera hacer nada al respecto. Desde el año 2004, sanciones, juicios y sentencias fueron emitidas por representantes de casi 50 naciones exigiendo a EU acatar las normativas de los tratados internacionales y frenar el avance de sus tropas en diversas zonas del mundo. ¿El resultado? Nada. El entonces presiden te de los Estados Unidos, George W. Bush, sabía que el Banco Mundial y los inversionistas republicanos dueños de las fábricas de armamento y socios de la Asociación Nacional de Rifles (NRA) estaban de su lado, y simplemente decidió ignorar dichas sentencias para continuar con su política intervencionista. No hubo castigo alguno.
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¿Qué ha cambiado sobre esto en las últimas dos décadas? Tristemente nada. Las naciones más pode rosas siguen creando guerras a conveniencia como la de Ucrania –control de gaseoductos y vías energéticas– o como el genocidio en la franja de Gaza, llevado a cabo por Israel y sus ejércitos, contando con el completo apoyo del actual gobierno de EU, representado por Donald Trump. Decenas de gobiernos reconocen abiertamente a Palestina como una nación digna de ser respetada y de mantener su actual territorio, la Corte Penal Internacional emite nuevamente sentencias en contra de Israel y EU para intentar obligarlos a detener la guerra, la misma ONU emite recomendaciones e indicaciones que, en teoría, sería mandatorio acatar… pero no pasa nada. El poder militar y económico siguen pasando por encima de cualquier sentencia legal o recomendación política en busca de la paz y continúan con los ataques, la tortura y la privación de alimentos a miles de personas de la manera más inhumana posible. Entonces nos preguntamos: ¿realmente tienen utilidad alguna los tratados internacionales y los organismos como la ONU en los momentos en los que el mundo más los necesita? ¿O siempre fueron meros juguetes al servicio de los poderosos Bancos Internacionales y de los países triunfadores en la Segunda Guerra Mundial solo para instaurar el orden como a ellos convenía, perdiendo luego su utilidad como pasa con un juguete viejo? Hay que recordar que uno de los fines por los que fue creada la ONU fue para respaldar la creación del Estado de Israel…
Pero esto no sucede solo a nivel internacional. En general, cualquier persona que detenta un cargo de poder político suele ser inalcanzable por la ley, no importa si hablamos de política nacional, estatal o municipal. Ya lo decía Foucault: la ley y los mecanismos para defenderla –como el Ejército y la Policía– no fueron creados para beneficiar al pueblo y protegerlo de quienes lo gobiernan, sino para mantener el status quo y defender a quienes tienen el dinero y el control. ¿O no se han percatado de que, cuando hay protestas ciudadanas bien fundamentadas frente a edificios de gobierno o frente a bancos, la policía está ahí no para apoyar al pueblo al que pertenecen, sino para cuidar los bienes y la integridad de quienes gobiernan? En México, por ejemplo, es mil veces más probable que una mujer indígena de Chiapas vaya a prisión durante cinco años por denunciar un intento de violación por parte de un militar, a que un exgobernador sea siquiera juzgado por desviar decenas de millones de pesos durante su mandato.
¿Será que Foucault siempre tuvo razón y la ley y la justicia en realidad son herramientas que sirven de ilusión para mantener callados a los pueblos, pero que eventualmente acaban de rodillas ante el poder? Es algo digno de reflexionar.
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