Un hermoso ejemplo de lo que las sociedades unidas en redes comunales podemos lograr mediante las revoluciones moleculares disipadas a través de la política cibernética.

Raúl Contreras Omaña
Siguiendo con el tema de las redes sociales y la libertad de expresión en México, un excelente ejemplo lo acabamos de vivir con el caso de la censura por parte de Diana Karina Barrera, diputada federal por Hermosillo, a la ciudadana Karla María Estrella por haber evidenciado el obvio conflicto de intereses involucrado en su elección y las maneras en que el esposo de la primera pudo haber forzado la misma.
El veredicto de culpabilidad por violencia de género y la sentencia a brindar disculpas públicas diariamente durante 30 días a la legisladora, a quien —parece burla— debía referirse en lo sucesivo como “dato protegido”, fue emitida por los jueces Mónica Aralí Soto y Felipe Alfredo Fuentes, y muy en el fondo esperaban contar con el apoyo del electorado morenista y, obviamente, de la presidenta Claudia Sheimbaum, por lo que se sintieron en toda la comodidad de actuar con impunidad y abuso de poder contra un ama de casa que solo expresó sus ideas en una red social.
Sin embargo, esta última semana la historia tomó un giro maravilloso e inesperado: miles de personas usamos —porque me incluyo en esto— las redes sociales, principalmente X —antes Twitter— para exigir justicia, evidenciar el abuso de poder y hacer notar al mundo la bajeza política de la diputada, etiquetándola mediante un sinnúmero de hashtags y reclamando que los jueces hubieran solicitado mantener la confidencialidad de los datos de Diana Karina Estrella en lugar de proteger y dar prioridad a los datos personales de la ciudadana en cuestión. Fue tan grande el reclamo de la población a través de las redes que a la presidenta misma no le quedó más que aceptar que el acto había sido excesivo y con cierto abuso de poder, dejando obviamente sin respaldo político a la diputada, quien, al verse sola, atacada, evidenciada, políticamente destruida y con una carrera truncada por voz popular, se vio forzada a decir —y cito— que “para ella había sido suficiente desde la primera disculpa, y que nunca había pedido que fuera pública” para intentar calmar las aguas. Pero esto solo encendió más los ánimos, y como siempre hay alguien con acceso a la información, también en redes circuló la fotografía de la sentencia en la que es más que notorio que la legisladora incluso había solicitado en la demanda inicial que la ciudadana “debía disculparse con ella públicamente a través de dos medios de circulación nacional”, lo que incluso a los jueces coludidos con ella les pareció exagerado. Con ello, fue aún más evidente la mentira y el cinismo de la diputada, a quien no le quedó más que guardar silencio y en adelante seguir aguantando los tomatazos.
En vista de todo lo sucedido durante los ocho días previos, desde ayer se decidió que los días de disculpas públicas de Karla María Estrella habían llegado a su fin y que ya no sería necesario cumplir el mes indicado inicialmente. Pero el daño ya estaba hecho y la población ya había explotado. Nadie va a olvidar este abuso de poder, y tampoco dejaremos que dato protegido, sus secuaces y el resto de la clase política mexicana puedan olvidarlo.
Este grito de protesta masivo a través de las redes y el impacto tan palpable que tuvo fueron un claro ejemplo de la nueva manera de hacer política, de las nuevas vías que tenemos los ciudadanos para regular al poder y de la nueva manera de defender nuestras libertades.
Un hermoso ejemplo de lo que las sociedades unidas en redes comunales podemos lograr mediante las revoluciones moleculares disipadas a través de la política cibernética.
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