Tenemos una extraña costumbre: creer que el futuro nos esperará a que terminemos de discutir cómo regularlo.

Tenemos una extraña costumbre: creer que el futuro nos esperará a que terminemos de discutir cómo regularlo.
Hace apenas unos días volvió a abrirse la discusión sobre una Ley General de Inteligencia Artificial en México. El debate es necesario. Nadie cuestiona que una tecnología capaz de transformar la educación, la economía, la salud o la información deba tener reglas claras.
Lo que es inquietante es la idea, casi inconsciente, de que la inteligencia artificial esperará pacientemente a que terminemos de ponernos de acuerdo.
La experiencia ha enseñado que las grandes escaladas tecnológicas rara vez esperan. Mientras seguimos intentando comprender su alcance, ellas ya están cambiando la forma de trabajar, aprender, producir, investigar y relacionarnos. Cuando finalmente dimensionamos su impacto, el mundo ya no es el mismo. Ocurrió con el internet y con la nueva carrera espacial.
La inteligencia artificial, lamentablemente, parece seguir el mismo camino. La evidencia es clara: ya está en sistemas educativos, en la política industrial y en los modelos que definirán la próxima década.
Con la insolencia de quien cree que el futuro puede esperar, algunos siguen en cuestionamientos anacronicos preguntándonos si está bien y si este es el momento adecuado para empezar.
Marshall McLuhan advirtió hace más de medio siglo que primero moldeamos nuestras herramientas y después nuestras herramientas nos moldean. En aquel entonces hablaba de la televisión y los medios de comunicación; hoy su reflexión está escrita para la inteligencia artificial.
Porque la IA no vive en un laboratorio. Vive en el algoritmo que decide qué noticia aparece primero en tu teléfono, en la aplicación que elige la ruta por la que manejas, en la plataforma que recomienda qué comprar, qué escuchar o qué ver después. No está esperando una ley para saber si es correcto o no, ya está cambiando nuestros hábitos; lleva años haciéndolo.
Claro que necesitamos una ley. Toda escalada tecnológica necesita reglas, pero la historia demuestra que las tecnologías nunca esperan a que las alcancen.
El problema es creer que discutir el futuro equivale a prepararse para él, pero mientras algunos siguen atrapados en anacronismos intelectuales, la tecnología no espera, sigue avanzando.
Ojalá esta vez entendamos que la discusión no es si la inteligencia artificial llegará a cambiar la forma en que vivimos. Esa conversación ya terminó. La verdadera pregunta es si seremos capaces de reconocer, a tiempo, el costo de llegar tarde, o si esta vez tendremos la voluntad de pasar del debate a la acción.
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