Entre toda esa alegría pensé: ¿quién está tomando las decisiones sobre el futuro de quienes hoy reciben un diploma?

Estamos en temporadas de graduación, con muchas fotografías, flores, discursos y abrazos. Hay celebraciones por el cierre de una etapa y el comienzo de otra. Entre toda esa alegría pensé: ¿quién está tomando las decisiones sobre el futuro de quienes hoy reciben un diploma?
Hace unos días, durante una de estas ceremonias, escuché algo que provocó muchas preguntas en mí, las palabras de un estudiante dirigiéndose a las madres y los padres presentes, dijo que el trabajo de quienes educan es guiarlos, enseñarles a pensar, pero no decirles qué pensar. Me emocioné al escucharlo y no solo por la claridad de sus palabras, sino porque en ellas había una convicción que muchas veces los adultos olvidamos: hay jóvenes que saben lo que necesitan, que desean ser escuchados y que comprenden que la autonomía también se aprende cuando alguien confía en ellos.
Como adultos solemos pensar que conocemos a las niñas, niños y adolescentes mejor de lo que ellos se conocen a sí mismos. Creemos saber qué les conviene, qué les hará felices, qué carrera les dará estabilidad o prestigio y sí, muchas veces hablamos desde el amor, sí, pero también desde nuestros propios miedos, expectativas y experiencias no resueltas.
En el trabajo con madres, padres y personas cuidadoras aparecen una y otra vez ciertos patrones. Está quien necesita que su hija o hijo logre aquello que él no pudo alcanzar. Está quien teme tanto al fracaso que intenta controlar cada decisión. Está quien confunde protección con dirección absoluta. Está quien interpreta cualquier diferencia como un acto de rebeldía. Y también está quien, sin darse cuenta, deja de mirar a la persona que tiene enfrente porque la observa únicamente a través del filtro de sus propias necesidades.
Todos educamos desde una historia. Todos heredamos formas de ejercer la autoridad, de demostrar afecto y de comprender la infancia, pero cuando esos patrones se vuelven automáticos dejan de permitirnos conocer realmente a la niña, al niño o al adolescente que acompaña nuestra vida.
Mirar con verdadera curiosidad es mucho más difícil de lo que parece. Implica suspender, aunque sea por un momento, la idea de que ya sabemos quién es esa persona. Significa hacer preguntas antes que dar respuestas. Escuchar antes que corregir. Interesarnos genuinamente por aquello que despierta su entusiasmo, incluso cuando no coincide con nuestras expectativas.
La curiosidad auténtica tiene un efecto profundamente humanizador: nos permite descubrir que nuestras hijas e hijos no son una extensión de nosotros. No vienen a cumplir nuestros sueños pendientes ni a reparar nuestras frustraciones. Son personas independientes, con talentos, intereses, ritmos y proyectos propios.
Después de una graduación llegan conversaciones sobre el siguiente paso: qué estudiar, dónde hacerlo, qué profesión elegir. En demasiadas familias esas decisiones siguen tomándose desde la imposición o la presión emocional. “Estudia esto porque deja dinero”. “No desperdicies tu inteligencia”. “En esta familia todos somos médicos”. “Hazlo por nosotros”.
Detrás de esas frases suele haber buenas intenciones. Sin embargo, también pueden esconder la dificultad de aceptar que el proyecto de vida de otra persona no nos pertenece.
Acompañar no es decidir por alguien. Orientar no es imponer. Ofrecer experiencia no significa cancelar la voz de quien comienza a construir su propio camino. Educar implica preparar para la autonomía, no para la obediencia permanente. El estudiante al que escuché, sin saberlo, resumió una de las tareas más complejas y hermosas de la crianza: enseñar a pensar, no enseñar qué pensar.
Y me dejó preguntas, por supuesto, saber desde dónde estamos educando. ¿Desde el miedo o desde la confianza? ¿Desde el control o desde el respeto? ¿Desde nuestras expectativas o desde la capacidad de reconocer a la otra persona como alguien distinto de nosotros?
Y también me recordó que la paz puede iniciar en la intimidad de una conversación donde una adolescente siente que su voz es escuchada. En el hogar donde un niño descubre que puede expresar lo que piensa sin temor. En la familia que acompaña una decisión vocacional, aunque no sea la que había imaginado. Dejemos de intentar moldear vidas ajenas para aprender a acompañarlas con respeto.
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