Resulta paradójico que muchos padres deseamos hijos independientes, pero vivimos actuando de manera que dependan de nosotros para todo

Cuando llegan las vacaciones surge una pregunta en muchas madres y padres: ¿inscribo a mi hijo en un curso de verano o mejor pasar todo el tiempo en casa? La respuesta depende de lo que queremos formar. Si nuestro objetivo es únicamente mantenerlos ocupados, cualquier opción será suficiente. Pero si nuestro propósito es criar personas autónomas, capaces de tomar decisiones y convivir con otros, entonces un buen campamento o curso de verano puede convertirse en un extraordinario laboratorio de vida.
Uno de los mayores desafíos de la crianza es justamente aceptar que nuestros hijos no nos pertenecen. Saber que no estamos formando niños que dependan de nosotros para siempre; sino qué estamos acompañando el desarrollo de futuros adultos que algún día deberán resolver problemas, construir relaciones sanas, regular sus emociones y tomar decisiones sin que estemos presentes.
Resulta paradójico que muchos padres deseamos hijos independientes, pero vivimos actuando de manera que dependan de nosotros para todo. Les recordamos cada pendiente, resolvemos cada conflicto, intervenimos en cada desacuerdo y evitamos cualquier frustración. Y ahí, sin darnos cuenta, confundimos proteger con sustituir.
La psicología lleva décadas estudiando este fenómeno. La Teoría de la Autodeterminación, desarrollada por Edward Deci y Richard Ryan, demuestra que los seres humanos florecemos cuando se satisfacen tres necesidades psicológicas fundamentales: autonomía, competencia y vínculos significativos. Es decir, los niños necesitan sentir que pueden elegir, que son capaces y que pertenecen a una comunidad; cuando esas necesidades se fortalecen, aumenta su bienestar, su motivación y su capacidad para enfrentar los desafíos de la vida; esto, de acuerdo con sus estudios publicados en Nature.
Precisamente los buenos cursos de verano y campamentos ofrecen ese escenario. Ahí el niño debe organizar sus pertenencias, resolver pequeños conflictos con sus compañeros, pedir ayuda cuando la necesita, enfrentar retos físicos o creativos, esperar turnos, colaborar en equipo y descubrir que puede hacer mucho más de lo que imaginaba. No porque un adulto le resuelva el camino, sino porque alguien confía en que es capaz de recorrerlo.
Desde la crianza consciente, esto tiene un significado profundo. No se trata de abandonar ni de exigir independencia prematura. Se trata de estar disponibles sin invadir; de acompañar sin controlar; de sostener sin impedir que nuestros hijos vivan las consecuencias naturales de sus decisiones cuando estas son seguras para su desarrollo.
Así, cada vez que permitimos que un niño resuelva un conflicto por sí mismo, fortalecemos su pensamiento crítico y cada vez que toleramos que experimente una pequeña frustración, aumentamos su capacidad para enfrentar las grandes dificultades de la vida. Cuando nuestros hijos e hijas aprenden a convivir con personas diferentes, sembramos una competencia esencial para cualquier sociedad democrática: la capacidad de dialogar.
Y hay algo que muchos no habíamos notado, la paz social comienza en la infancia. Es por ello que una sociedad integrada por adultos autónomos, responsables y capaces de autorregularse necesita menos violencia para resolver sus diferencias. Por lo que quien aprendió desde pequeño a expresar emociones, escuchar perspectivas distintas, asumir responsabilidades y reparar el daño cuando se equivoca tiene muchas más herramientas para construir acuerdos que para recurrir a la agresión.
Hoy tenemos un reto importante, más que saber qué harán nuestros hijos en verano, pensemos ¿qué tipo de personas se convertirán gracias a esas experiencias?
Eduquemos para la autonomía, criemos personas que, aun cuando puedan caminar solas, siempre sepan regresar a casa por amor y no por dependencia. Esa puede ser una de las formas más poderosas, de construir una verdadera cultura de paz.
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