El vestuario es una de las herramientas más potentes de este proceso, ya que transmite mensajes de forma inmediata

La imagen pública es la percepción que la gente tiene sobre una persona o una organización. Para construirla, los especialistas combinan la forma de actuar, la apariencia física, la comunicación verbal y la no verbal. El vestuario es una de las herramientas más potentes de este proceso, ya que transmite mensajes de forma inmediata.
Un caso real y muy reciente de este año ocurrió durante la gira del presidente argentino, Javier Milei, por diversos foros económicos de alto nivel. En estos encuentros con líderes internacionales, donde la etiqueta dicta el uso estricto de trajes oscuros y corbata, el mandatario rompió el protocolo al vestir su clásica chamarra de cuero negra o trajes sin corbata. Esta decisión estética generó comentarios entre los equipos diplomáticos y los medios de comunicación por salirse de las normas tradicionales de la diplomacia.
En la política internacional, la ropa no es una casualidad. Es un mensaje calculado. Al presentarse con un aspecto informal, el presidente buscó mandar una señal clara a sus simpatizantes en Argentina: la idea de que no pertenece a la clase política tradicional y que mantiene su identidad frente al poder extranjero. Esta estrategia utiliza el rechazo a la “formalidad” como signo de autenticidad.
Sin embargo, el choque de protocolos resulta revelador. Las comitivas envían tarjetas informativas semanas antes de cada cumbre para acordar la etiqueta. Cuando un líder ignora estas pautas, pone en una situación incómoda al cuerpo diplomático encargado de la organización. A pesar de la molestia interna que esto pueda causar en los anfitriones, la crítica en redes sociales y medios digitales muchas veces no castiga la informalidad, sino que la premia con mayor visibilidad y viralidad.
Desde el punto de vista de la comunicación, romper las reglas de vestimenta funciona para captar la atención de la prensa y conectar con un público masivo que premia la naturalidad por encima de la rigidez. El peligro de esta estrategia es que la simpatía visual no se traduce automáticamente éxito.
En conclusión, este manejo de la imagen pública es útil para ganar reflectores y fortalecer el respaldo popular en el corto plazo. No obstante, en la alta política, las decisiones de fondo se toman detrás de las cámaras y requieren de un trabajo palpable. Al final del día, las formas estéticas pueden desafiar al protocolo, pero el poder real para cambiar la situación de un país, estado o municipio se negocia con las reglas de quienes siguen vistiendo formal y aplican políticas públicas efectivas.
Suscríbete a Criterio Hidalgo y conoce nuestros contenidos exclusivos https://suscripciones.criteriohidalgo.com/planes