La costumbre tiene esa extraña capacidad de volver invisible lo que ayer parecía extraordinario.

Hay cosas que solo percibimos cuando desaparecen. El agua llega todos los días y apenas pensamos en ella, encendemos un interruptor esperando que haya electricidad, pocas veces somos conscientes del trabajo que hace nuestro cuerpo hasta que algo deja de funcionar.
La costumbre tiene esa extraña capacidad de volver invisible lo que ayer parecía extraordinario.
Al estudiar la historia de la República romana, Nicolás Maquiavelo llegó a una conclusión que sigue siendo incómoda. Observó que conquistar la libertad era apenas el primer paso; lo verdaderamente difícil era conservarla. Un pueblo que ha vivido durante mucho tiempo bajo la obediencia no aprende de inmediato a ejercerla y cuando las costumbres comienzan a deteriorarse la libertad puede ir perdiéndose poco a poco, casi siempre sin que nadie advierta el momento exacto en que empezó a escapar.
No es una idea exclusiva de la política. También forma parte de la manera en que funciona nuestro cerebro.
Los neurocientíficos llaman habituación a la capacidad de dejar de responder a un estímulo que se repite una y otra vez. Después de unos minutos dejamos de percibir el aroma de un perfume, el sonido constante de un ventilador o el roce del reloj en la muñeca. El cerebro filtra aquello que considera conocido para concentrar su atención en lo nuevo.
Pero esa misma habilidad tiene un costo, también podemos acostumbrarnos a aquello que nunca debimos normalizar.
Una ciudad donde el aire cada vez es menos limpio, un río que lentamente deja de llevar agua, la violencia que termina ocupando un espacio cotidiano en las conversaciones. La desinformación convertida en rutina, la pérdida de espacios para preguntar, debatir o pensar con libertad.
Nada de eso suele ocurrir de un día para otro. Llega despacio, tan despacio que el cerebro hace lo que mejor sabe hacer: adaptarse.
Quizá por eso las sociedades no solo necesitan leyes o instituciones; también necesitan memoria. Recordar cómo era aquello que hoy damos por hecho, que hubo un tiempo en el que ciertas cosas nos parecían inaceptables. Porque solo quien conserva ese punto de comparación puede reconocer cuando algo empieza a deteriorarse o a mejorar.
Maquiavelo entendió que la libertad rara vez desaparece con un solo golpe. Antes se desgasta en los hábitos, en las pequeñas renuncias y en aquello que dejamos de cuestionar.
El verdadero desafío de cualquier sociedad es, precisamente, en no acostumbrarse demasiado pronto a perder aquello que más trabajo le costó conquistar: libertad para expresar aquello que incomoda al poder.
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