El conflicto no está en la falta de información. Está en la falta de determinación

Pasado el ruido inmediato y las posturas encontradas, hay algo que resulta más evidente que el propio debate sobre la tauromaquia en Hidalgo: el verdadero problema no está en los toros… sino en la dificultad de quienes gobiernan para tomar una decisión.
Porque, seamos claros, este no es un tema nuevo. La discusión lleva años en la mesa, con argumentos bien definidos de ambos lados. De un lado, quienes defienden la tauromaquia como tradición, identidad cultural y actividad económica. Del otro, quienes la consideran una práctica incompatible con los nuevos estándares sociales en materia de bienestar animal.
El conflicto no está en la falta de información. Está en la falta de determinación.
Hoy, el tema permanece estancado en el Congreso, atrapado entre posturas ambiguas, opiniones a medias y silencios estratégicos. Nadie quiere asumir el costo político de votar a favor o en contra. Porque en cualquiera de los dos escenarios hay consecuencias: perder respaldo de un sector o enfrentar la crítica de otro.
Y ahí es donde la política comienza a fallar.
Gobernar no es administrar conflictos indefinidamente. Gobernar implica resolverlos. Implica elegir, incluso cuando esa elección incomoda. Pero en este caso, lo que vemos es exactamente lo contrario: una clase política que ha optado por patear la decisión, diluir la responsabilidad y dejar que el tiempo haga lo que ellos no están dispuestos a hacer.
Mientras tanto, el conflicto escala.
Lo que comenzó como un debate cultural ya se trasladó al terreno legal, con amparos, presiones sociales y narrativas cada vez más polarizadas. Y cuando los temas llegan a ese punto, dejan de ser controlables políticamente. Se vuelven reactivos, impredecibles y mucho más costosos.
El problema es que, en ese escenario, ya no se decide en la política… se decide en los tribunales o en la presión pública.
Y eso, en términos de gobernabilidad, es una señal de debilidad.
Porque cuando un gobierno evita tomar postura, no se vuelve neutral. Se vuelve ausente. Y la ausencia, en política, siempre la ocupa alguien más: los grupos de presión, los activistas, los intereses económicos o la narrativa mediática del momento.
Al final, alguien decide. La diferencia es quién.
Hidalgo tiene frente a sí una discusión legítima, compleja y profundamente sensible. Pero también tiene la oportunidad de demostrar que sus instituciones están a la altura de ese debate. No se trata de estar a favor o en contra de la tauromaquia. Se trata de algo más básico y más importante: la capacidad de decidir.
Porque lo verdaderamente preocupante no es el futuro de las corridas de toros.
Es el presente de una clase política que, frente a un tema incómodo, ha decidido no decidir.
Y eso siempre termina saliendo más caro.
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