El término gaslighting, originado en la psicología para definir la manipulación que hace a una víctima dudar de su propia percepción, se ha instalado de manera sutil en la comunicación digital

El término gaslighting, originado en la psicología para definir la manipulación que hace a una víctima dudar de su propia percepción, se ha instalado de manera sutil en la comunicación digital. Hoy no se limita solo a la interacción entre las personas a través de un móvil, sino que se ha transformado en una constante informativa de moda, donde la sobreexposición y alteración consciente de datos suele diluir la claridad de los acontecimientos y moldear la percepción colectiva de la realidad.
Actualmente, este fenómeno se observa cuando los mensajes pesan más que los hechos comprobados. La técnica funciona de forma indirecta: ante problemas o debates sociales, se construyen versiones falsas de la realidad y se repiten de manera insistente. Si los datos reales o la experiencia diaria de la gente demuestran lo contrario, la estrategia cambia y se enfoca en atacar y desacreditar a quienes tienen los datos comprobados. El objetivo final no es imponer una mentira, sino sembrar una duda tan grande que la ciudadanía pierda el interés por entender los problemas que a todos nos afectan.
Las plataformas digitales y la euforia masiva facilitan este proceso.
Un ejemplo ocurrió hace un par de días, cuando se difundió y replicó sin ningún rigor histórico que en Real del Monte se jugó el primer partido de futbol entre México e Inglaterra en 1889. Esta narrativa falsa aprovechó la distracción mundialista del momento para imponerse, a pesar de que documentos hemerográficos de la época demuestran que el primer partido en el país ocurrió al lado de la estación del ferrocarril de Pachuca en 1889, entre los equipos de las minas de El Rosario y La Joya. Cuando el receptor intenta contrastar las versiones ante tal saturación, se encuentra con un volumen de desinformación que dificulta el discernimiento.
La consecuencia de esta tendencia es que los usuarios de la información digital dejan de exigir que las noticias estén verificadas y peor aún, la comparten. Al estar expuesta a tanta confusión, la gente pierde la capacidad de distinguir lo real de lo falso de manera objetiva. Así, los debates públicos dejan de centrarse en resolver los problemas reales y se pierden en discusiones sobre quién tiene la mejor versión de los hechos, permitiendo que el discurso sustituya a la realidad.
Por ello, no podemos normalizar que un algoritmo nos diga qué leer, qué comprar y en qué creer cuando la evidencia puede demostrar lo contrario. El mayor peligro de la distorsión informativa es aceptar el engaño por simple “inercia” y renunciar al derecho de exigir la verdad.
Frente a la confusión provocada por las versiones sin sustento, el registro estricto de los hechos y la memoria pública son las únicas herramientas capaces de desmentir el relato inventado. Solo así se le devuelve a la comunicación su función original: ser un reflejo exacto de la realidad y no un medio para desaparecerla.
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