Porque si como sociedad no somos capaces de esperar la confirmación de un hecho tan básico como la vida o la muerte de una figura pública, ¿qué tanto hemos sido capaces de construir verdades sólidas en casos mucho más complejos?

En las últimas horas, versiones sobre la supuesta muerte de Jesús Murillo Karam circularon con rapidez. Comentarios, reacciones y juicios comenzaron a aparecer casi de inmediato. Sin embargo, la información fue desmentida.
El hecho no es menor.
Porque más allá del estado de salud de Murillo Karam, lo que este episodio revela es algo más profundo: en México, la narrativa suele adelantarse a la verdad. Se opina antes de confirmar, se juzga antes de conocer y, en muchos casos, se construyen conclusiones sobre hechos que aún no ocurren.
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Y eso dice mucho del país en el que estamos.
El nombre de Murillo Karam está inevitablemente ligado a la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, un caso que marcó a toda una generación y que sigue sin una verdad plenamente aceptada. Pero, incluso en torno a ese episodio, lo que ha predominado durante años no es la certeza, sino la disputa de versiones.
Primero fue una “verdad histórica”. Después, una nueva narrativa impulsada durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, que tampoco logró cerrar el caso con la contundencia que la sociedad exige.
Hoy, incluso sin que haya ocurrido un desenlace definitivo en la vida de uno de sus protagonistas, la conversación pública vuelve a adelantarse a los hechos.
Y ahí es donde la reflexión se vuelve incómoda.
Porque si como sociedad no somos capaces de esperar la confirmación de un hecho tan básico como la vida o la muerte de una figura pública, ¿qué tanto hemos sido capaces de construir verdades sólidas en casos mucho más complejos?
También está la otra discusión: la delgada línea entre justicia y política. La detención de Murillo Karam fue vista por algunos como un acto necesario de rendición de cuentas, y por otros como una decisión influida por el momento político. Pero incluso, en ese debate, lo que ha faltado es una certeza que logre sostenerse en el tiempo.
Y quizás ese es el problema de fondo.
No es solo lo que ocurrió, sino la incapacidad constante de construir verdades que no dependan de versiones, tiempos o intereses.
La historia de un hidalguense que alcanzó las más altas esferas del poder público no debería medirse únicamente por su ascenso o su caída, sino por lo que deja en términos de confianza institucional.
Hoy, ni siquiera los hechos inmediatos logran sostenerse sin confusión.
Y en un país donde la verdad se discute incluso antes de existir, la justicia siempre llega tarde.
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