Imagen: Juan Manuel Menes Llaguno
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Hace (9) meses

¡Vámonos para la feria!

La celebración de ferias es una añeja costumbre europea de carácter comercial, que llegó a América poco después de la conquista hispana…

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La celebración de ferias es una añeja costumbre europea de carácter comercial, que llegó a América poco después de la conquista hispana, aunque fue hasta el siglo XVIII cuando tales festividades cobraron carta de naturalización en torno a las celebraciones del santo patrono de cada comarca y es partir de entonces que se convierten en centros de diversas negociaciones para comercializar al mayoreo o menudeo los productos cada zona. Su importancia fue tal que la para su celebración se requería el otorgamiento de cédula real y, en algunas ocasiones, de bula papal, ya que de las ganancias obtenidas por los negociantes se cobraba un porcentaje, utilizado para la construcción o mejoramiento de templos y conventos.

En el caso de Pachuca la historia registra como feria oficial a la realizada el 15 de agosto de cada año, fecha en la que se conmemora la asunción de la virgen María a los cielos, festividad a la que aluden diversos documentos que obran en el Archivo Histórico del Poder Judicial del Estado de Hidalgo, procedentes del siglo XVII, cuando ese templo se reconstruía después de haberse derrumbado el primigenio en 1647. 

Sobre la feria de  San Francisco, es probable que empezara a realizarse al inicio de la segunda mitad del siglo XVIII cuando el convento franciscano de este Real de Minas fue elevado a la categoría de Colegio Apostólico de Propaganda Fide —1732— y poco después, en 1772, se convirtiera en provincia autónoma, festividades que fueron de alguna manera impulsadas por don Pedro Romero de Terreros, quien llegaría a convertirse en primer conde de Regla, considerado como patrono del convento y el más importante benefactor en la construcción de las nuevas instalaciones de ese monasterio. 

En este punto la historia da paso a la leyenda, que narra cómo Romero de Terreros cada 3 de octubre organizaba una magna peregrinación con sus trabajadores, la que partía de Huascazaloya —hoy Huasca— para arribar en la madrugada del día 4 a las puertas del templo franciscano, donde frailes y novicios salían al atrio y tras entregarle las llaves de las instalaciones monacales le suplicaban, emblemáticamente, que les permitiera seguirlas habitando. A la aceptación de este, pasaban todos al templo y en ese momento daba inicio la gran celebración, mientras afuera se instalaban puestos de comida, juguetes, dulces, pero sobre todo vendedores de ganado y semillas que por estar cercana la cosecha acudían con grandes cantidades de mercancías. 

Desde entonces la práctica se hizo costumbre y se generalizó a lo largo del siglo XIX, de ahí que el 3 de septiembre de 1868 el gobernador del Estado de México, al que pertenecía esta comarca antes de erigirse el estado Hidalgo, don José María Martínez de la Concha, quien por cierto era originario de Ixmiquilpan, otorgó licencia oficial para la celebración de la feria y concedió la condonación de todas las alcabalas a los productos que se expendieran durante ella. Desde entonces, de manera interrumpida se ha efectuado la feria anualmente.

Durante el gobierno de los hermanos Cravioto, la feria alcanzó fama inusitada, sobre todo entre los habitantes de Ciudad de México, de donde llegaban por tren en gran cantidad, sobre todo en los fines de semana. Decayeron las festividades durante la etapa revolucionaria, para volver a cobrar auge a su término ya en la década de los años 20. 

Los gobiernos de Matías Rodríguez, Javier Rojo Gómez y José Lugo Guerrero se distinguieron por su gran labor para mejorar la festividad. El de don Quintín Rueda Villagrán se preocupó por darle una mejor imagen al hacerla en el periodo de 1953 a 1956 “Muestra industrial, agrícola y ganadera”, aunque la sacó de su original asiento, en el atrio, y la llevó al antiguo estadio deportivo de la ciudad —donde hoy se encuentra la Escuela Normal Benito Juárez—. Años después volvió al parque, aunque salió nuevamente durante el gobierno de Carlos Ramírez Guerrero, quien la instaló en un predio baldío ubicado donde hoy se encuentra el Palacio de Gobierno. Regresó la feria a su lugar original durante el gobierno de Manuel Sánchez Vite y ya en el período de Jorge Rojo Lugo se le buscó una nueva ubicación y también una mejor imagen; así, en el año 1976 se celebró en los terrenos aledaños al desaparecido lienzo charro Nicolás Romero, actual asiento del centro comercial plaza Bella y se le dio un objetivo especial, al denominarle feria del caballo. Al año siguiente, se inauguraron sus nuevas instalaciones, las que reformadas por el arquitecto Guillermo Rossell de la Lama darían paso a las actuales sedes de los poderes Judicial y Legislativo.

Fue el gobernador Adolfo Lugo Verduzco quien, después de otorgarle diferentes asientos, construyó las actuales instalaciones, que —modificadas y mejoradas por los gobernadores Jesús Murillo, Manuel Ángel Núñez, Francisco Olvera y, desde luego, el actual gobernador Julio Menchaca— se han convertido en crisol de la tradición hidalguense un recinto ferial digno. Así es que ¡vámonos para la feria!

La imagen que ilustra esta columna corresponde a una magnífica pintura del artista hidalguense Jesús Becerril, datada en 1969.

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