Me preocupa que nuestros niños, niñas y adolescentes crezcan en un estado en el que las noticias violentas comienzan a dejar de sorprendernos

Me preocupa que nuestros niños, niñas y adolescentes crezcan en un estado en el que las noticias violentas comienzan a dejar de sorprendernos.
Hace algunos años, escuchar sobre ejecuciones, desapariciones, narcomenudeo o la participación de adolescentes en hechos violentos parecía algo lejano para quienes vivimos en Hidalgo. Hoy, cada vez es más frecuente abrir las noticias y encontrarnos con hechos que nos recuerdan que la violencia ya no es algo que ocurre “en otros estados”. Está aquí, tocando nuestras comunidades, nuestras escuelas y nuestras conversaciones cotidianas.
Y hay algo que me preocupa todavía más que la violencia misma: nuestra enorme capacidad para acostumbrarnos a ella.
No podemos permitirnos normalizarla. El día que leer sobre un adolescente desaparecido deje de provocarnos un nudo en la garganta habremos perdido algo mucho más importante que la capacidad de asombro: habremos perdido nuestra sensibilidad como comunidad.
Como madres y padres solemos vivir con una falsa sensación de seguridad. Pensamos que nuestros hijos están protegidos porque van a una buena escuela, practican un deporte o viven en una colonia tranquila. Nos repetimos que esas cosas les pasan a otros, que algo habrán hecho o que sus familias fueron irresponsables. Es una explicación cómoda porque nos permite creer que tenemos el control.
Pero la realidad es mayormente incomoda, ningún padre o madre puede controlar todo lo que ocurrirá en la vida de sus hijos. Lo que sí podemos hacer es prepararlos. Hace unos días me preguntaba si estamos educando a nuestros hijos para obtener buenas calificaciones o para habitar un mundo complejo y, en ocasiones, peligroso. Porque ambas cosas no son necesariamente lo mismo.
Nos preocupamos por que aprendan inglés, programación o que entren al mejor equipo deportivo. Pero pocas veces nos preguntamos si sabrían identificar una situación de riesgo o si tendrían la fortaleza para decir “no” cuando todos sus amigos dicen “sí”.
Estoy convencida de que una de las herramientas más importantes que podemos regalarles es el criterio propio. El criterio no se enseña con discursos. Se construye desde pequeños. Cuando les permitimos pensar diferente, cuestionar nuestras decisiones, expresar desacuerdo con respeto y asumir las consecuencias de sus actos.
Un adolescente con criterio es menos vulnerable ante la presión social. Puede retirarse de un lugar donde algo no le parece correcto. Puede identificar conductas violentas en sus relaciones. Puede pedir ayuda antes de que una situación escale.
Es urgente que las conversaciones en casa también hablen de seguridad. No basta con decirles “cuídate”. Hay que enseñarles cómo hacerlo.
Hablen con ellos sobre qué hacer si se sienten inseguros en una fiesta o reunión. Establezcan acuerdos familiares sobre cómo pedir ayuda. Permítanles llamarles a cualquier hora sin miedo a ser castigados. Enséñenles que su intuición también es una herramienta de protección.
Enseñémosles que no tienen que subirse al automóvil de alguien solo porque todos los demás lo hicieron. Que pueden retirarse de un lugar sin sentirse débiles. Que pedir ayuda nunca será motivo de vergüenza.
Pero hay algo más profundo aún: necesitamos criar hijos autónomos. Y durante años hemos confundido proteger con controlar. Queremos saber dónde están a cada minuto, tomar todas las decisiones por ellos y resolverles cualquier problema que aparezca en su camino. Paradójicamente, eso puede volverlos más vulnerables. La autonomía es una herramienta de protección. Un hijo que sabe pensar, decidir y hacerse responsable de sus actos tiene más posibilidades de cuidarse cuando nosotros no estemos cerca. Y, aunque nos cueste aceptarlo, llegará el momento en que no estaremos cerca.
Para tener un Hidalgo más seguro, tenemos la responsabilidad de construir hogares donde se formen personas conscientes, críticas y capaces de habitar el mundo con responsabilidad.
Que las noticias que hoy nos duelen no se conviertan mañana en parte del paisaje. Que nunca nos acostumbremos. Porque el día que la violencia deje de conmovernos, habremos perdido mucho más de lo que creemos.
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