Hay libros cuya importancia no vislumbramos hasta que pasan años de su publicación. Hay otros que nacen de la coyuntura, de nuestra necesidad de entender el presente, ampliarlo y posibilitar sus interpretaciones

Hay libros cuya importancia no vislumbramos hasta que pasan años de su publicación. Hay otros que nacen de la coyuntura, de nuestra necesidad de entender el presente, ampliarlo y posibilitar sus interpretaciones. Sin querer, El loco de Dios en el fin del mundo participa de ambas suertes.
Javier Cercas (Cáceres, 1962) ha escrito un libro que exige ser leído con quietud, pero que las circunstancias lo han puesto en el vértigo del centro. Y es que la muerte del Papa Francisco y el posterior cónclave fueron eventos de los que nadie escapó, hasta que se eligió a Robert Prevost como su sucesor, que tomó el nombre de León XIV.
En mayo de 2023, Cercas fue invitado por la editorial del Vaticano (Libreria Editrice Vaticana) a escribir un libro sobre el viaje que el Papa haría, en agosto de ese mismo año, a Mongolia. Una invitación extraña, ya que Cercas se asume como ateo y anticlerical, algo que para los encargados del proyecto no era motivo de rechazo y, al contrario, lo hallaron fascinante, aún en una Europa que ya no encuentra maravillosa la fe ni la falta de ella.
El escritor aceptó el encargo con una condición: que se le permitiera hablar con el Papa para hacerle una pregunta cuya respuesta tarda en llegar, pero que podemos vislumbrar en las casi 500 páginas del libro.
Cercas nos ha acostumbrado a la mezcla de autobiografía, ensayo, historia, monólogo interno e intriga, que es palpable en Anatomía de un instante, El Impostor o Soldados de Salamina, en los que no solo cuenta una historia, también relata el proceso de escritura, las dificultades para cuajar lo que se quiere narrar y los caminos interrumpidos del acto creativo. Es una constante en su obra el revelar el motor que lo lleva a escribir y en este libro ese papel lo juega su madre, católica y viuda, que carga con un Alzheimer que le impide reconocer a su hijo aun cuando este quiere revelarle su aventura: la de viajar con el Papa para preguntarle si hay vida después de esta vida, y regalarle la certeza de que ella se encontrará con su difunto marido.

Cercas concluyó la redacción en diciembre de 2024, y la primera edición se publicó (en España y México) en abril de 2025, el mismo mes en que falleció Jorge Mario Bergoglio.
Los muy cínicos advertirán una estrategia comercial lanzar el libro a sabiendas de que la salud del Papa estaba muy deteriorada. Además, sus 88 años y la ajetreada agenda que tenía como líder de la Iglesia católica hacían natural pensar que su papado estaba próximo a terminar.
Pero hay que leer El loco de Dios en el fin del mundo para despojarse de ese cinismo y darse cuenta de que Cercas busca, desde una trinchera incrédula y sentimental, desgranar el misterio de la religión que cambió occidente, que ha sobrevivido a imperios, dictaduras, guerras, desastres y avances científicos. Y si la publicación del libro coincide con los funerales de Francisco, pues no queda más remedio que aceptarlo. Unos verán la mano de Dios; otros, la del mercado.
Con cierta vergüenza, Cercas habla de la vida eterna como si, al tratar de hallar su certeza, la perdiera. Por más “laicista y militante” o “impío riguroso” que se diga, sabe que la respuesta a la pregunta de si hay vida después de esta vida cambia todo; entonces, a manera de una novela policial (género en el que también se ha aventurado), Cercas habla con los cómplices antes que con el “culpable” y los interroga en la Santa Sede o en Ulán Bator, la caótica capital mongola.
Repasa la vida de quienes ayudaron a Francisco a llevar su visión al Vaticano y se oponen a los sectores más conservadores de la Iglesia, esos que buscan esconder los abusos, aman el boato y aún temen al fantasma comunista. Estos “soldados” no eran necesariamente amigos de Francisco, o no lo eran todos, pero sí comparten una locura difícil de entender, en la que viven no para imponer su fe, sino que solo están ansiosos de que su existencia diga algo.
Y así desfilan Antonio Spadaro, jesuita y director de La Civiltà Cattolica; el poeta y cardenal José Tolentino, director del Dicasterio para la Cultura y la Educación, y Andrea Tornielli, responsable de los medios de comunicación del Vaticano; el encanecido padre Ernesto, que mantiene su optimismo a pesar de los fuertes inviernos mongoles; el joven cardenal Marengo; el sacerdote de origen mongol Peter Sanjajav; la hermana Ana, que abandonó Kenia para luego formarse en La Consolota y ser misionera en Asia, o el bélico padre Giovanni, que desde su soledad en China fustiga las comodidades de la curia.
Sin embargo, es en el viaje a Mongolia donde más perdemos de vista a Francisco y la narración se vuelve árida por insistir en entender la fe de estas personas que dejan su vida detrás, más para hallarse a sí mismas en el servicio a los demás que para compartir el Evangelio.
Pero cuando volvemos a Bergoglio, a su pasado, a sus remordimientos, a sus dudas, a su exasperación por mantenerse terrenal, y a su destierro cordobés (en el que aprendió gran parte de lo que ha predicado en su labor pastoral) el libro toca sus puntos más altos porque advertimos que Cercas no buscar ser tramposo con nosotros ni con los religiosos que entrevista, mucho menos con su visión sobre el Papa.
No quiere escribir un libro de consuelo fácil o de denuncia de atrocidades, no narra una conversión o una decepción de la Iglesia: cuenta su perplejidad ante la fe de un Papa que se sabía falible y que se encontró a sí mismo tras padecer sus errores, un Papa que despreciaba lo clerical y que denuncia el abuso de poder que hace posible todos los abusos.
Entre todas las entrevistas, destaca la de Víctor Manuel Tucho Fernández, sacerdote también argentino que fue acosado por la Iglesia y que terminó al frente del Dicasterio para la Doctrina de la Fe (es decir, el Santo Oficio; es decir, la Inquisición). El nombramiento del Tucho fue un gesto para hacer rabiar conservadores, pero también fue representativo de las intenciones de Francisco, un recordatorio de que la Iglesia no puede tomar un rumbo neoliberal porque “sería renunciar a una serie de convicciones que son inevitables”, como dice el propio Fernández.
Y aunque Cercas se agota en demostrarnos lo sacrificados que son estos “locos de Dios”, mi “personaje” favorito fue Lorenzo Fazzini, ese hombre regordete que desayuna dos veces, es experto en heladerías, come sin vergüenza (como se debe comer), ronca sin preocupaciones, es distraído y algo nervioso. Católico, exasperante, amable, bruto y responsable, que se encarga de la editorial de la institución religiosa más poderosa del mundo. Ese Fazzini creyente que entabla amistad con Javier Cercas, pero que le pide a Dios que su amigo no se convierta al catolicismo porque si lo hiciera no venderían “ni un puñetero libro”.
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