Imagen: Ingrid Guerrero
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Hace 7 horas

Ni un paso atrás. Queremos todo

El verdadero borrado de las mujeres ocurre cuando se habla de “las mujeres” como si todas habitáramos el mismo mundo

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El verdadero borrado de las mujeres ocurre cuando se habla de “las mujeres” como si todas habitáramos el mismo mundo. Cuando una mujer blanca, rica y con capital social convierte sus privilegios en recetas universales, borra a quienes sostienen la vida desde la precariedad, el racismo, la discapacidad, la migración, los territorios y la violencia cotidiana. No todas podemos elegir porque no todas partimos del mismo lugar.

Decir que solo deberían votar quienes aprueben un examen es una fantasía elitista, colonial y profundamente patriarcal. Es despreciar los saberes comunitarios, campesinos, originarios, populares y de cuidados que han sostenido la vida mucho antes que las universidades y mucho mejor que muchos gobiernos. La democracia no necesita menos pueblo; necesita menos privilegios decidiendo por el pueblo.

Proponer un solo voto por familia es devolvernos al tiempo en que las mujeres éramos una extensión jurídica de los hombres. Es borrar a las niñas a quienes no dejan jugar, a las adolescentes obligadas a abandonar la escuela, a las mujeres que viven bajo vigilancia, control y violencia dentro de sus propios hogares. Nuestro derecho al voto no estará plenamente garantizado mientras ejercerlo pueda costarnos la vida, mientras haya mujeres que necesiten permiso para salir de casa, que recorran trayectos imposibles para llegar a una casilla o que sean amenazadas por decidir distinto.

Y romantizar el movimiento trad wife que promueve una mujer blanca parada sobre privilegios es ignorar siglos de historia. La división sexual del trabajo nunca fue una historia de amor, fue y es una tecnología de control. El hogar ha sido también el lugar donde se ha administrado nuestra dependencia económica, nuestra explotación y, demasiadas veces, nuestra muerte. Las mujeres no hemos sido sostenidas por los hombres, más bien hemos sostenido, gratuitamente, la reproducción de la fuerza de trabajo, las carreras de los varones, el mercado y al propio estado.

Como escribió Alexandra Kollontai, la revolución de las mujeres también se juega en la vida cotidiana. Por eso desobedecer ha sido una forma de sobrevivir. Desobedecimos para estudiar, para trabajar, para divorciarnos, para abortar, para amar a otras mujeres, para no tener hijos, para ocupar las calles y para votar.

Que no se equivoquen. No vamos a entregar ninguno de los derechos que conquistaron quienes vinieron antes. Vamos a defender el voto, el cuidado compartido, el aborto, el placer, la autonomía y la libertad.

Dicen que las mujeres queremos todo. Sí. Queremos todo. Queremos mucho. Y vamos a querer más. Porque también es mucho todo lo que nos han arrebatado.

Y que no se les olvide una cosa: sus empresas, sus parlamentos, sus iglesias, sus tribunales, sus curules, sus micrófonos y sus fortunas siguen sostenidos sobre nuestro trabajo de cuidados. Rueguen porque nunca nos vayamos a huelga.

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