Vivimos rodeados de premios que prometen prestigio, pero muchas veces validan el ruido antes que la calidad, y olvidan que el mérito real no siempre necesita una medalla para brillar

Recién finalizó el Festival de Cannes y los diarios y portales de cine se llenaron de notas sobre los premiados, sobre todo del ganador de la Palma de Oro, el iraní Jafar Pahani por Un simple accidente. Pero la ceremonia francesa también galardona a actrices, actores y directores, además de que el jurado otorga premios especiales a distintas cintas que, se supone, debemos ver.
El mundo aún tiene la resaca de lo sucedido el año pasado con Emilia Pérez y comienza de nuevo el peregrinar por salas y plataformas para ver lo premiado. ¿Y así sucesivamente?.
Tenemos una obsesión con los premios. Cada año se habla del Oscar, del César, del Balón de Oro, del Golden Boy, del MVP de la NBA o la NFL, del Nobel, del Pulitzer, del Nébula, del Booker, del Pritzker o de los nuevos miembros al Salón de la Fama del Rock and Roll. Hemos llegado al sinsentido de tener unos TikTok Awards o People Choice Awards, en los que en el público vota y no hay un jurado especializado que elija al premiado.
A diferencia de una justa deportiva o diversos juegos, en los que se busca tener una mejor cifra o un puntaje mayor que el del rival sin que intervenga la apreciación de un juez o árbitro (el box y la gimnasia son dos grandes excepciones) muchas competencias se ven envueltas en polémicas porque los criterios de elección siempre estarán determinados por la subjetividad, por la expectativa individual y por nuestra relación con una obra o descubrimiento. Que una persona, libro, pieza musical, edificio o trabajo académico reciba premios no es algo malo. Sin las premiaciones quizá no supiéramos de Esquilo o Sófocles o no se desarrollarían tecnologías que surgieron gracias a la labor científica, o artistas de enorme mérito quedarían en las injustas sombras. El cambio radica en que en una era plagada de frágil presunción el premio implica, más que nada, ser elegido para posicionarse en un ámbito distinto, para separarse del que quizá también tenga cualidades para obtener el galardón, pero que le fue negado por el destino, el arte, la ciencia y los jueces (y las redes sociales).
Hay quienes debieron ser premiados y hay quienes incluso su premiación no dio lustre a su labor. Hay quienes renegaron de los galardones (como Marlon Brando), no los necesitaron (Borges o Scorsese) o el recibirlos significó la creación un relato más potente (Marie Curie, Guillermo Del Toro, Octavio Paz, Kendrick Lamar, Lionel Messi). Pero ahora lidiamos con quienes tienen el premio como objetivo único, sin tener una obra o investigación que los haga merecedores. Tampoco poseen hambre de gloria artística o de quedar en los anales de la ciencia. Buscan el premio como apapacho mimado o aplauso fácil, y de esa forma el premio se convierte en mentira y corrupción.
Lo sucedido en México con Sealtiel Alatriste, que tuvo que renunciar al Premio Xavier Villaurrutia tras las acusaciones comprobadas de plagio; las no pocas denuncias de que en el mundo editorial francés los favores entre amigos se pagan en las votaciones del Goncourt o del Renaudot, o que los miembros de la Academia, que votan por las cintas que serán premiadas en los Oscar, hayan reconocido que no ven las películas completas o que ni siquiera las miran, muestran que la búsqueda de reconocimiento (natural en el ser humano) se ha extremado. No hay para dónde hacerse ante el exceso de premios. O se ignora y se confía en el juicio lento o nos dejamos arrastrar por todo aquello que tiene laureles.
Ignoro si los psicólogos o educadores aconsejen premiar a todos los niños que quieran ser premiados. Dudo que recomienden recompensar cada exabrupto de los adultos que no son elogiados. Claro que hay que premiar el esfuerzo, entender el camino individual y motivar el desarrollo paulatino que viene de adaptarse a las virtudes y limitaciones propias, pero con tanto premio parece que buscamos colgarle a una medalla a cada pataleo. Que incluso la literatura, el cine, la ciencia o el periodismo se hayan dejado llevar por el morbo del “like” instantáneo y por el ansia de ser visto es un mal augurio. Además, la llegada de la inteligencia artificial supone un nuevo reto para la creación y la crítica, que deberá tener elementos tecnológicos para señalar que el emperador, a pesar de las aclamaciones, va desnudo.
¡Recibe las noticias al momento en tu Whatsapp! Únete a nuestro Canal: https://bit.ly/3S0OztH