Hay fechas que no deberían borrarse nunca de la memoria colectiva. El 18 de enero de 2019 es una de ellas.

Hay fechas que no deberían borrarse nunca de la memoria colectiva. El 18 de enero de 2019 es una de ellas. Ese día, un predio ubicado a unos minutos de la cabecera municipal de Tlahuelilpan se convirtió en el epicentro de una tragedia que marcó para siempre al ejido de San Primitivo y a todo Hidalgo. La explosión de una toma clandestina de hidrocarburo dejó 137 personas muertas y una herida que, casi siete años después, sigue abierta.
Aquella mañana, el olor a combustible se esparcía por los campos como una advertencia clara que nadie quiso escuchar. Un ducto perforado expulsaba miles de litros de hidrocarburo al aire, formando una escena tan peligrosa como cotidiana para quienes viven cerca de esa realidad. Decenas de personas se acercaron al sitio. Algunos por necesidad, otros por costumbre, otros porque el riesgo se había normalizado desde hacía años. Nadie pensó que en cuestión de segundos el fuego convertiría ese terreno en una zona de muerte.
La explosión no solo arrasó con cuerpos. Arrasó con hogares completos, con familias enteras y con proyectos de vida que nunca pudieron realizarse. El silencio que quedó después fue tan devastador como las llamas. Y aunque el tiempo avanzó, el dolor no se fue.
Hoy, el terreno donde ocurrió la tragedia permanece cubierto de maleza, surcos de riego y abandono. Lo que antes fue campo de cultivo ahora es un espacio detenido en el tiempo. En el sitio se levantan cerca de 60 monumentos que recuerdan a las víctimas. Hay cruces, fotografías, frases, colores y objetos personales. Cada cripta cuenta una historia distinta, pero todas tienen algo en común: recuerdan que no eran números, eran personas con nombre, rostro y sueños.
Sin embargo, el problema no es solo la memoria. Lo verdaderamente doloroso es que no aprendimos la lección. Tlahuelilpan debió marcar un antes y un después. Debió convertirse en un límite claro, en una advertencia permanente. Pero no fue así.
En 2025, Hidalgo volvió a colocarse como el estado con más carpetas de investigación por delitos relacionados con el robo de hidrocarburos. Durante el año pasado se iniciaron mil 653 investigaciones, lo que representa cerca del 17.5 por ciento del total nacional. Las cifras son frías, pero detrás de ellas hay riesgos constantes, comunidades expuestas y tragedias que pueden repetirse.
El contraste es todavía más doloroso cuando se recuerda que en 2024 el número de investigaciones disminuyó de manera significativa. Fue el único año en el que Hidalgo no encabezó esa estadística. Parecía que algo estaba cambiando, que el recuerdo de Tlahuelilpan había servido de freno. Hoy queda claro que fue solo una pausa.
Recordar esta tragedia no debería ser solo un ejercicio de nostalgia o duelo. Recordar implica asumir responsabilidad como sociedad y como autoridades. Implica preguntarnos por qué el huachicoleo sigue siendo visto como una salida, por qué el riesgo se volvió costumbre y por qué el dolor ajeno no fue suficiente para detenernos.
Tlahuelilpan no debería ser solo una cicatriz en el mapa de Hidalgo. Debería ser una advertencia permanente. Porque cuando el fuego no enseña y la memoria se diluye, el peligro vuelve a encenderse. Y entonces la historia amenaza con repetirse.
¡Recibe las noticias al momento en tu Whatsapp! Únete a nuestro Canal: https://bit.ly/3S0OztH