La carretera que conecta a la Huasteca con el resto del estado parece olvidada. Tramos llenos de baches y hoyos enormes obligan a manejar con temor…

En días pasados, por razones de trabajo, me tocó visitar la ciudad de Huejutla, en la Huasteca hidalguense. Una ciudad calurosa, sí, pero también llena de encanto, con esa vitalidad que caracteriza a la región. Cada vez que llego, me maravilla su gente, su cultura y el colorido que se respira en cada rincón. Sin embargo, llegar hasta allá no fue una experiencia grata. Más bien, se convirtió en una prueba de paciencia y destreza al volante.
La carretera que conecta a la Huasteca con el resto del estado parece olvidada. Tramos llenos de baches y hoyos enormes obligan a manejar con temor; deslaves a la orilla de la vía hacen que uno conduzca con la incertidumbre de no saber qué habrá más adelante. A la par, la falta de señalización es evidente y peligrosa, sobre todo en curvas y pendientes donde cada segundo cuenta. El colmo fue mirar, a lo largo del camino, al menos cinco vehículos detenidos con llantas ponchadas, víctimas de un pavimento que, en lugar de dar confianza, genera miedo. Es increíble que en pleno 2025 tengamos caminos en condiciones tan malas, cuando deberían ser motores de desarrollo y seguridad.
Lo más triste es que estas escenas no sorprenden a nadie. Parece que nos hemos acostumbrado a convivir con carreteras destrozadas, como si fuera parte del paisaje natural. Pero no lo es. Se trata de un reflejo de la falta de inversión y de planeación en algo tan básico como la infraestructura. Y lo que debería unir y acercar a los pueblos se convierte en una barrera peligrosa.
Si en Huejutla el reto es llegar, en Pachuca el reto es moverse dentro de la ciudad. En los últimos días, la capital ha enfrentado un verdadero caos vehicular. Las principales avenidas se colapsan desde temprano, las filas de autos avanzan a paso de tortuga y las lluvias recientes han puesto en evidencia lo frágiles que son nuestras vialidades. Calles destrozadas, baches que aparecen como trampas y colonias completas que se inundan con cada tormenta. La movilidad en la zona metropolitana está llegando a un punto crítico: cada vez se pierde más tiempo, se desgasta más la paciencia y, lo peor, aumenta el riesgo de accidentes.
En medio de este panorama, la responsabilidad no puede recaer en un solo lado. Las autoridades deben asumir con seriedad el compromiso de atender tanto las carreteras como las calles de nuestras ciudades. No se trata de promesas de campaña ni de discursos bonitos, sino de acciones concretas que garanticen a la gente seguridad al transitar. Pero también nosotros, como ciudadanos, debemos poner de nuestra parte: manejar con precaución, respetar las reglas y entender que al volante llevamos algo más que un automóvil, llevamos vidas.
Al final del día, conducir por las carreteras de Hidalgo o transitar en Pachuca se ha vuelto una metáfora de lo que somos como sociedad: si cada quien hace lo que quiere, el caos nos alcanza; si nadie atiende lo que está roto, tarde o temprano se convierte en un peligro. Ojalá llegue el momento en que podamos viajar y movernos sin sentir que nuestra seguridad está en juego. Mientras tanto, nos toca resistir, pedir soluciones y recordar que en cada camino que recorremos late también el futuro de nuestras comunidades.
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