El próximo miércoles 8 de julio la muy hidalguense ciudad de “Atocpan” o “Actopan”, como hoy se le conoce —lugar de tierra gruesa y fértil, según su etimología—, conmemorará 480 años de su fundación hispana

Aunque el próximo miércoles 8 de julio la muy hidalguense ciudad de “Atocpan” o “Actopan”, como hoy se le conoce —lugar de tierra gruesa y fértil, según su etimología—, conmemorará 480 años de su fundación hispana, aunque, como lo ha documentado su actual cronista, el profesor Sergio Chávez Álvarez, el lugar era ampliamente conocido desde el periodo prehispánico debido a su crecida población dentro del Valle del Mezquital.
La fecha que se conmemorará deriva del primer asiento parroquial fechado el 8 de julio de 1546, en el que “se baptizo mariana hija de Antonio de Castañeda y de Joana de Larios, su mujer… baptizola el P fray Andrés Mexía (sic)”. Sin embargo, de acuerdo con la crónica interna de la Orden de San Agustín, la autorización oficial para construir templo y monasterio dedicado a la advocación de San Nicolás Tolentino se otorgó dos años después, en 1548, encomendándose su edificación fray Andrés de Mata, quien también concibió la construcción del convento de Itzmiquilpan.
Sobre la conclusión de su fábrica, un buen número de historiadores la aproximan al 1560, aunque autores como George Kubler la extienden hasta 1573 y es probable que tal fecha pueda extenderse hasta finales del siglo XVI, como puede deducirse de la imagen pintada en el desplante de la escalera que conduce al claustro alto del monasterio, en la que figuran fray Martín de Acevedo —prior del Convento de San Nicolás Tolentino al finalizar la décimo sexta centuria—, seguido de Juan Inica Atocpa, cacique de Actopan, y Pedro Ixquinquitlapilco, que era de esa población entonces parte de la jurisdicción del convento.
Este último detalle permite colegir que para estos años la construcción del convento finalizaba al concluirse la escalera que comunicaba las dos plantas del hermoso y apacible claustro en el que se mezclan el gótico de la planta baja —de arcos ojivales y esbeltas nervaduras— con el claustro alto —de concepción románica a base de arcos de medio punto y una bella techumbre de madera artesonada, debajo de la que corre una artística cenefa con alegorías de la orden agustiniana “un corazón atravesado por tres flechas” y alusiones a San Nicolás Tolentino “un platón con perdices”—. Derivado de lo anterior, podría asegurarse que para esos años el monasterio estaba concluido, cerca de medio siglo después.
Independientemente de la esbelta torre mudéjar, levantada entre la plateresca fachada del templo y la renacentista “portería de peregrinos”, del claustro, llama poderosamente la atención la construcción de la capilla abierta o capilla de indios levantada en el extremo norte, a un lado del templo.
Se trata de una bóveda de 17.5 metros de altura, incluyendo el muro de su desplante, por 17 metros de ancho levantada frente a una enorme explanada. Estas dimensiones no se observan en ninguna otra “capilla de indios” construida en América. Estas capillas, fundamentales en la evangelización de poblaciones mesoamericanas, obedecieron a falta de espacio para albergar a los miles de indígenas que acudían a los servicios religiosos, por otra parte, era costumbre nativa la realización de sus ceremonias al aire libre en explanadas y rechazaban entrar a los templos europeos por temor a que el techo colapsara.
El caso de la capilla de Actopan permite colegir la existencia de una enorme población indígena y desde luego una buena respuesta a la obra evangélica. Entre 1977 y 1979 —periodo de la gran eclosión de los estudios de historia en el estado de Hidalgo con el Centro Hidalguense Investigaciones Históricas AC (CEHIHAC)— se desencallaron los extraordinarios frescos que ornamentan la bóveda de Actopan.

El propósito de los frescos de la capilla era fundamentalmente didáctico, a fin de propiciar una rápida y eficaz evangelización masiva de la población indígena. El tema central gira en torno a la creación, el pecado, el fin del mundo y la salvación. En la parte superior del testero se ilustran imagen es del Génesis, se muestran el Edén, la Creación del mundo, se observa a Adán y a Eva junto al árbol del bien y el mal y enseguida su expulsión del paraíso; en otros recuadros se aprecia El Diluvio Universal como castigo divino a la humanidad; enseguida se encuentra el Apocalipsis y el Juicio Final, que ilustran el fin de los tiempos y el destino de la humanidad.
A cada lado, en el desplante de la arquivolta, existen representaciones dantescas del Infierno, en las que figuras demoniacas torturan a los pecadores y a quienes mantienen creencias en ídolos u otras deidades, con lo que infundía temor a los naturales. Finalmente, en la parte superior los frescos simulan un gran artesanado en artísticos casetones. Debido a su estructura y concepción, el doctor Julio Ortega Rivera —distinguido miembro del CEHINHAC— le llamó la “Sixtina de América”, una obra digna de admirarse.
El convento actopense es, sin duda, una de las construcciones religiosas del siglo XVI mejor conservadas de México y altamente representativa del periodo virreinal. Así que, amable lector, anímese a acudir a la Feria de la Barbacoa y de paso dese una escapada para conocer esta obra magnífica de nuestro Virreinato mexicano.
La litografía que ilustra esta columna fue realizada en 1883 por el litógrafo y editor Manuel Murguia y Romero, para el libro Mexico pintoresco, artístico y monumental, de Manuel Rivera Cambas.
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