El relámpago habla el lenguaje de la poesía: un instante de luz a cambio de toda la oscuridad de la noche.

Elvira Hernández Carballido
Te obsequio este relámpago que llevo entre las manos.
Fue (por mucho tiempo) el talismán perfecto de mi desolación.
Te lo doy y llevarás contigo la defensa endeble de mi fe
en algo mágico que apartará los pies del precipicio
o echará de la casa a las bestias de la enfermedad
o sembrará claveles en los jardines yermos.
Ya no lo necesito. Ya entendí: solo puedo salvarme de mí misma.
Yanira, siempre que un libro tuyo llega a mis manos, no dejo de preguntarme llena de admiración y cariño absoluto: ¿cómo logras palpar nuestra alma y confesar lo que tenemos enterrado en el fondo de ella? ¿Por qué nos delatas con tanta sensibilidad? ¿Cómo agradecerte que permitas asomarnos en tu espejo que siempre refleja nuestro rostro mientras repetimos tus palabras en busca de la magia, el hechizo o el apapacho? ¿Por qué cada frase escrita por ti taladra generosamente nuestro corazón?
Cada poema de Yanira García logra sacudir nuestras emociones y su libro reciente, Siempre soñé ser un relámpago (2026), no es la excepción. No sé de métricas ni de rítmicas, pero sé que cada poema que ella escribe lo memorizas de inmediato, jamás lo olvidas. Se convierte en tu mantra, te da fuerza interior. Claves que descifras de inmediato, palabras desconocidas que se vuelven tan cercanas. Leerla representa perdonar a la desolación, bendecir al dolor y comprender lo indescifrable. Su luz amorosa desvanece la oscuridad más tenebrosa, la suavidad de su voz se escucha en cada frase impresa. Ella es un relámpago repentinamente eterno.
Todas estas sensaciones y más son provocadas al leer su nuevo poemario. Dividido en tres partes, la primera se titula Caída, ahí la autora nos traza un derrumbe que hace perder la verticalidad en un instante, detalla la manera de descender por una espiral que parece círculo y confiesa que, pese a todo, es posible asirse de lo que sea, hasta de una misma.
La segunda sección del libro es Trueno, una descarga que nos lleva del estruendo pacífico al silencio ensordecedor, a la niña que no teme a la oscuridad a la adulta que encuentra semejanzas entre un trueno y un colibrí. Nos provoca para adivinar el sabor de un beso eléctrico y despierta nuestra curiosidad para leer las notas de su bitácora de tronidos. Abrazarla en cada estruendo.
La última parte, El violento principio, permite hilar el desconsuelo y la aflicción para zurcir destellos de alegría y suspiros de alivio, sumar fuerza con vulnerabilidad, confundir la resistencia con la agonía, y aferrarnos a una verdad inmortal:
El relámpago habla el lenguaje de la poesía: un instante de luz a cambio de toda la oscuridad de la noche.
Yanira, Yanira, cómo no quererte, si nos consuelas con tus palabras desgarradoras; cómo no admirarte, si tienes el don de escarbar suavemente en los recuerdos que duelen, en las evocaciones que dan esperanza.
Gracias por taladrar de forma agridulce el alma y hacer visible la soledad, el dolor, el desamor, el deseo y la pasión, a veces asustándonos por la fidelidad del espejo que nos muestras y en otras ocasiones obsequiando el consuelo esperado. Si alguna vez gracias a ti aprendí que “lo peor del bosque son los lobos”, hoy yo también quiero ser un relámpago.
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