Vivimos en la era de la “austeridad republicana”, ese principio administrativo que prometía acabar con los privilegios y terminó inaugurando una nueva especie zoológica: el funcionario cultural itinerante

Vivimos en la era de la “austeridad republicana”, ese principio administrativo que prometía acabar con los privilegios y terminó inaugurando una nueva especie zoológica: el funcionario cultural itinerante. No trabaja exactamente en una oficina; habita aeropuertos, camionetas oficiales, hoteles y ceremonias donde siempre hay un listón dispuesto a sacrificarse por el bien de la patria.
Existe incluso una liturgia perfectamente ensayada. El funcionario llega, sonríe, pronuncia la palabra “territorio” unas cuatro veces, “comunidad” otras seis y “transformación” las necesarias para justificar el viático. Luego posa para 20 fotografías, charla con dos artistas en las que no dice absolutamente nada y desaparece rumbo al siguiente evento. Es una especie de gira artística, con la pequeña diferencia de que el artista no cobra.
Porque aquí aparece el verdadero milagro administrativo. Mientras el funcionario inaugura festivales, bibliotecas, encuentros de lectura, ciclos de teatro, talleres de bordado, laboratorios de paz y cuanto evento exista sobre la faz de la tierra, los creadores que hicieron posible esos mismos eventos siguen esperando su pago. Hay algo profundamente mexicano en esa escena. El actor ya actuó. El autor ya escribió. El promotor ya gestionó. El tallerista ya impartió el curso. El ilustrador ya entregó las imágenes. El técnico ya desmontó el escenario. Todos trabajaron. Todos cumplieron. Todos entregaron facturas, constancias fiscales, opiniones positivas, estados de cuenta, comprobantes de domicilio, identificaciones oficiales, cartas bajo protesta de decir verdad. Lo único que falta: el depósito.
Comienza el deporte nacional del creador: revisar compulsivamente la aplicación bancaria. No por ansiedad financiera, sino porque uno conserva ese optimismo casi infantil de creer que, por alguna razón inexplicable, hoy sí cayó el pago. Naturalmente no cayó. Pero sí apareció una nueva historia de Instagram donde el funcionario sonríe inaugurando otra actividad cultural.
Es admirable la puntualidad con la que llegan las fotografías y el retraso casi filosófico con el que llegan los honorarios. La austeridad, por cierto, tiene un sentido del humor extraordinario. Nunca alcanza para pagarle al artista, pero siempre encuentra recursos para trasladar comitivas enteras. Es un fenómeno digno de estudio: el presupuesto desaparece cuando se trata de cumplir contratos, pero reaparece milagrosamente cuando hay que organizar una rueda de prensa, imprimir mamparas, contratar templetes o financiar una gira de inauguraciones. El dinero no se pierde; simplemente desarrolla preferencias.
Quizá por eso las redes sociales se han convertido en el verdadero informe de gobierno de la burocracia cultural. Ya no importa cuántos problemas resolvieron; importa cuántas fotografías acumularon. Hay funcionarios que publican tres inauguraciones semanales. Si uno los sigue con disciplina, termina creyendo que el país entero vive en permanente corte de listón. Debe existir una oficina secreta donde se fabrican tijeras conmemorativas.
Lo curioso es que casi nunca aparecen fotografías del momento más esperado por cualquier creador: el instante en que Tesorería finalmente deposita. No hay reels del funcionario diciendo: “Hoy cumplimos con pagar en tiempo y forma”. No hay selfies celebrando que un colectivo recibió sus honorarios completos. No hay transmisiones en vivo desde la ventanilla donde por fin liberaron un expediente detenido desde marzo. Esa épica, al parecer, no genera suficientes reacciones. Tal vez porque pagar no luce tan bien como inaugurar.
Los invito, entonces, a un sencillo ejercicio de antropología burocrática. Entren a las redes sociales de cualquier funcionario cultural. Encontrarán sonrisas impecables, escenarios impecables, discursos impecables y fotografías impecables. Luego pregúntenle discretamente a cualquier artista, promotor o compañía que haya trabajado con la institución correspondiente si ya le pagaron. La comparación suele ser mucho más reveladora que cualquier informe anual. Porque al final esa es la pregunta incómoda: ¿de qué sirve inaugurar todos los días una política cultural que no puede cumplir la obligación más elemental, que es pagarle a quien ya trabajó
P.D.: Empiezo a notar un fenómeno curioso. Conforme escribo estas columnas, algunos funcionarios culturales han decidido bloquearme en redes sociales. Lo agradezco profundamente: es la primera política pública que ejecutan con notable eficiencia y sin retrasos administrativos.
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