Cada palabra que pronunciamos, cada conflicto que elegimos resolver con respeto, cada acto de empatía y cada decisión responsable fortalecen ese tejido invisible que mantiene unida a una sociedad.

En los últimos días esa frase se ha repetido por todo México. Se escucha en las sobremesas, aparece en redes sociales, en conversaciones entre amigos y hasta en quienes normalmente no siguen el futbol. Algunos la dicen entre risas, otros con auténtica ilusión. Al final, nadie sabe si sucederá. ¿Y si sí ganamos el Mundial?
Te puede interesar: La infancia no necesita disculpas; necesita protección
Mientras escuchaba a millones de personas repetir esas tres palabras, descubrí que yo ya no estaba pensando en futbol.
Estaba pensando en México. Porque, ¿qué pasaría si esa pregunta dejara de pertenecer únicamente a una cancha y comenzara a formar parte de nuestra manera de vivir?
Vivimos en un país donde, con demasiada frecuencia, hemos aprendido a responder antes de intentarlo. “No se puede”, “siempre ha sido así”, “nadie cambia”, “este país no tiene remedio”. La resignación se volvió un idioma cotidiano y, sin darnos cuenta, hemos dejado de imaginar posibilidades.
Es por eso que esta frase me resulta esperanzadora, porque, aunque haya nacido alrededor de un balón, en realidad nos recuerda algo mucho más importante: el poder de creer que aquello que parece improbable también puede hacerse posible.
¿Y si sí podemos reconstruir el tejido social? No desde un decreto ni desde un discurso político, sino desde las decisiones que tomamos cada día. Desde la manera en que saludamos a quien no conocemos, respetamos las diferencias, dialogamos cuando pensamos distinto y participamos en la vida de nuestra comunidad.
¿Y si sí podemos garantizar que las niñas, niños y adolescentes crezcan con todos sus derechos plenamente respetados? No porque una ley nos obligue, sino porque entendamos que la mejor inversión que puede hacer una sociedad es cuidar a quienes algún día la sostendrán.
¿Y si sí aprendemos a resolver los conflictos desde el preescolar? Durante décadas hemos enseñado matemáticas, historia y ciencias, pero muy poco sobre escuchar, gestionar emociones, dialogar, reparar el daño y construir acuerdos. Quizás la educación para la paz sea la habilidad que haga posibles todas las demás.
¿Y si sí dejamos de ver al otro como un adversario? Muchas veces las diferencias parecen pesar más que aquello que compartimos. Nos dividimos por ideas, partidos, creencias, profesiones o condiciones sociales. Sin embargo, antes que cualquier etiqueta, todos somos habitantes de esta misma tierra. Compartimos calles, preocupaciones, sueños y el deseo de vivir con dignidad.
¿Y si sí empezamos a preguntarnos en qué nos parecemos, antes de señalar aquello que nos separa?
O aún más: ¿Y si sí me hago responsable de mí?
Construir paz no comienza señalando los errores ajenos, sino cuando tengo el valor de mirar mis propias sombras, reconocer aquello que debo transformar, reparar el daño que he causado y cuando decido convertirme en una mejor persona para la comunidad de la que formo parte.
La paz no es un destino al que llegamos. Es una forma de caminar. Cada palabra que pronunciamos, cada conflicto que elegimos resolver con respeto, cada acto de empatía y cada decisión responsable fortalecen ese tejido invisible que mantiene unida a una sociedad.
Es por ello que esta frase me ha emocionado, es claro que el futbol resolverá nuestros problemas, pero, por unos días, millones de mexicanos han decidido hablar desde la esperanza y no desde la derrota anticipada.
Y sí, la esperanza es contagiosa. Hoy no sabemos si México levantará una Copa del Mundo. Pero hay otra victoria mucho más trascendente que sí está a nuestro alcance: convertirnos en una sociedad que aprenda a convivir, que proteja a sus niñeces, que resuelva sus diferencias sin violencia y que entienda que la paz no depende solamente de las instituciones, sino de cada uno de nosotros.
Las grandes transformaciones de la humanidad comenzaron exactamente iguales: con alguien que se atrevió a imaginar un futuro distinto.
Así que, mientras el país sigue preguntándose “¿Y si sí ganamos el Mundial?”, yo no puedo evitar hacerme otra pregunta.
¿Y si sí reconstruimos México?
¿Y si sí hacemos de la paz nuestra mayor victoria?
No lo sé. Solo lo pregunto. Porque si algo nos enseña esta frase es que toda posibilidad nace primero en la imaginación. Y el mundo solo mejora cuando alguien se atreve, por primera vez, a creer que sí.