Ayer, al conmemorarse el Día del Abogado por sexagésima sexta ocasión en México, mi memoria me transportó a los primeros años de contacto con esta extraordinaria profesión…

Ayer, al conmemorarse el Día del Abogado por sexagésima sexta ocasión en México, mi memoria me transportó a los primeros años de contacto con esta extraordinaria profesión —que muchos se empeñan en denigrar con o sin razón— surgida como tal en la Roma de los años de la monarquía, reafirmada en el periodo de la república y acentuada en el imperio de la civilización latina, pasó a Europa, donde el adavocatus —el que habla por otros— se convirtió en el más importante agente catalizador del desarrollo de la sociedad medieval y coadyuvó a construir las bases libertarias de la nuestra.
Con una treintena de condiscípulos, ingresé a la entonces Escuela de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de Hidalgo, en los primeros meses del año de 1966, asentada en las otrora instalaciones del antiguo Instituto Científico Literario Autónomo del Estado (ICLA), convertido en universidad a partir del 3 de marzo de 1961, heredero de la historia del Hospital de San Juan de Dios, constructor de las instalaciones primigenias del venerable edificio de Abasolo y Doria.
Cómo olvidar aquellas cátedras llenas de nuevos conceptos para nosotros, la primera impartida a las 7 de la mañana por el conspicuo abogado Carlos Borja Meza, a quien correspondió impartir las primeras lecciones de Derecho Romano —primer curso—, seguida de la de Economía Política, dictada por el licenciado Francisco Escamilla —impecablemente vestido— y después la de Introducción al Estudio del Derecho, a cargo del primer rector de la UAH, licenciado Rubén Licona Ruiz, quien de manera parsimoniosa recordaba en voz alta los subterfugios del mundo del Derecho.
Menos aún podría soslayar aquellas majestuosas exposiciones sobre la sociología moderna, que con vehemencia sin igual resaltaba el caballeroso abogado Humberto Velazco Avilés o los atinados conceptos con los que el licenciado Jorge Quiroz Sánchez nos introdujo al mundo del Derecho Civil en los capítulos de Personas y Familia.
El plan de estudios se dividía en anualidades con un mínimo de tres horas semanarias, plan holgado que nos permitió desempeñar algún trabajo, entre otros laborando en algún despacho al amparo de algún reconocido abogado, como fue mi caso al amparo del entonces joven pero reconocido abogado Ignacio Bocardo López.
Pero el recuerdo más vívido de aquellos mis primeros años en los terrenos de la ciencia jurídica se derivó de mi primer recorrido por el Barrio Judicial, ubicado en el quinto tramo de las calles de Hidalgo, emplazado entre las calles Arizpe y Arista, en cuyas inmediaciones se encontraba la llamada Casa Colorada, otrora casa de la familia Regla, que adquirida por el gobierno del estado de Hidalgo fue destinada como sede del Poder Judicial de 1886 a 1971, año en que se trasladó a la Casa Rule.
Fue una radiante mañana de los primeros días de clases cuando sintiéndonos ya abogados —bendito ensueño— un grupo de tres o cuatro compañeros de la carrera decidimos conocer aquel emblemático lugar, el periplo fue toda una odisea, desde que pisamos aquel tramo de la calle de Hidalgo, en la que se encontraban instalados despachos de afamados abogados, las placas de los reconocidos profesionistas Arias Soria, Samuel, Raúl y Roberto Arias Soria; de don Antonio Montes Juárez, de Jesús Ángeles Contreras y Julio César Urbina, de Don Carlos Zamora —padre e hijo—, de don Alfonso Arriola, de Carlos Rojas Vigueras y algún otro que no recuerdo.
Por las estrechas banquetas se veía caminar a distinguidos profesionales del Derecho ataviados con elegantes trajes obscuros, portando seguidos de sus clientes, mientras departían educados saludos con sus colegas y pronunciaban diversos latinajos como colofón de cada plática.
Al acercarnos a la puerta de acceso a la Casa Colorada, el sonido de las máquinas de escribir surcaba el enorme patio como preludio del trabajo realizado en el ala sur por los juzgados primero y segundo civiles y el conciliador; en el lado opuesto, el ajetreo se suscitaba en la gran sala de averiguaciones previas y el despacho del procurador y, con menor intensidad, en las oficinas de los magistrados y presidencia del Tribunal Superior. Finalmente, en el segundo patio —al fondo de la casa—, se encontraban la Procuraduría de la Defensa del Trabajo y la entonces Junta Central de Conciliación y Arbitraje, donde líderes obreros, abogados, trabajadores y patrones dirimían sus controversias.

Para nosotros, aquellos espacios representaban el ensueño del ejercicio profesional y aunque se veía distante nuestro actuar entre aquellas vetustas paredes de historia, nuestras aspiraciones parecían encontrar su adecuado derrotero en aquella antigua calleja, la quinta de Hidalgo —que otrora se llamara Calle Real— en la que se conformaba el Barrio Judicial.
Aquel viaje de breve recorrido, realizado por una cuarteta de aspirantes a convertirse en abogados —advocatus— se convirtió en la más enriquecedora experiencia del ejercicio profesional a exactamente 60 años.
La placa que ilustra esta nota corresponde a al acceso a la Casa Colorada en 1909, cuando era sede del poder Judicial del Estado. Obsérvese el gran movimiento que mantenía hacia al medio día.
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