Alfonso Valencia es un cómplice de la precipitación que nos hace creer que puede llover palabras, nos bendice con aguanieve de poemas y nos da un cobijo apapachador en las fuertes tormentas narrativas, sobre todo cuando están firmadas por él.

Elvira Hernández Carballido
No puedo evitar que el inicio de esta columna se precipite con nostalgia y orgullo. Conocí a Alfonso Valencia en mi primer día como profesora en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, hace ya dos décadas. Era un jovencito con anteojos que transparentaban una mirada inteligente y un aire intelectual. Desde ese momento, intuición de maestra abnegada, supe que se trataba de alguien talentoso. Se acercó a comentar conmigo la bibliografía propuesta para el curso, le sorprendió de manera grata algunos textos propuestos, satisfecho aseguró que ya había leído varios de ellos y platicamos como buenos expertos sobre sus contenidos. Desde ese momento, no le he perdido la pista.
Con enorme satisfacción festejé que haya recibido tanto el Premio Efrén Rebolledo 2008 como el Premio Ricardo Garibay 2012. En ambas ceremonias aplaudí a rabiar y me conmoví hasta las lágrimas al confirmar que esa mirada inteligente brillaba con más fuerza detrás de sus lentes. Leí con emoción el libro de poemas que le mereció el primer reconocimiento, El libro de las cosas que no sucedieron, a veces sentía que delataba nuestras adoradas diferencias con una desgarradora honestidad:
“Me aterra la idea de ser sirena.
Algo atascado entre las profundidades y la superficie”.
Y la voz:
“Yo puerta del diablo, madre del pecado
Prefiero soñar que soy un ave.
Verdes y amarillas mis plumas, hojas y lluvia.
Llego al mar. Me detengo imposible ante el viento que aún guarda recuerdos furiosos”.
Cada palabra, cada frase, cada sentimiento, cada silencio logran mecerte con una paz llena de furia, con una calma alocada, un espejo que te permite contemplar cómo se destaza lentamente tu alma, una bomba que sin estallar explota en el corazón.
El otro premio galardonó su narrativa gracias al texto Teoría de la Precipitación. Atrevido y transgresor, Alfonso Valencia literalmente nos empapa la memoria del ayer y del mañana, todo se precipita en cada página. Y le creemos que no se debe señalar el arcoíris con el dedo índice y que pueden llover palabras.
¿En serio? ¿Pero cuáles son las palabras hermosas?
A mí, por ejemplo, me agrada preludio, ¿te imaginas un preludio cayéndome encima? Bueno, la palabra p-r-e-l-u-d-i-o sobre mi cabeza y luego encharcándose en el piso. O sinfonía. Pero no amor, por ejemplo. Qué lluvia tan poquitera sería…
No ha dejado de publicar, puedo leerlo en otros libros como El grito circular de la gota que muere en la piel del estanque y Préndete fuego o en su columna periodística. Puedo escucharlo en una presentación editorial o en alguna conferencia, leyendo poemas en la Feria Universitaria del Libro y provocar que los chavitos de prepa murmuren entre sí: “la poesía está chida”. Me gustó tomar un taller literario con él y, no le digan, pero le robé algunos ejercicios para que mis grupos se enamoren de este “horrible oficio de escribir”. Me enseñó a leer de otra manera a Margarita Michelena y ha sido generosamente solidario con los textos que escribo porque ha sido muchas veces mi corrector generoso. Me gusta la sirena tatuada en su brazo y adoro que sea un profesor estricto que apasiona a sus estudiantes en los temas que expone en las clases que imparte en la Licenciatura en Comunicación en la UAEH.
Alfonso Valencia es un cómplice de la precipitación que nos hace creer que puede llover palabras, nos bendice con aguanieve de poemas y nos da un cobijo apapachador en las fuertes tormentas narrativas, sobre todo cuando están firmadas por él.
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