Existen proyectos escolares que se atreven a cuestionar la forma en que se enseña y se aprende, que integran la inteligencia emocional como una prioridad…

Berenice Estrada
Cada año, el regreso a clases es un ritual que parece repetirse con exactitud milimétrica. Las mochilas se desempolvan, las listas de útiles circulan con precisión burocrática y las rutinas familiares se reorganizan para dar paso a horarios escolares rígidos. Volvemos al aula con la promesa tácita de que la escuela es el lugar donde los niños y niñas “aprenden lo que necesitan para la vida”. Sin embargo, al mirar de cerca qué tipo de aprendizaje se prioriza, surge una pregunta urgente: ¿realmente estamos educando para la vida?
La escuela tradicional sigue centrando su misión en el desarrollo de competencias académicas medibles: matemáticas, lenguaje, ciencias. Por supuesto que estos saberes son importantes. Pero lo que se ha dejado de lado, o no se ha tomado con la seriedad que amerita, es el desarrollo emocional, la capacidad de tomar decisiones, la autonomía, la curiosidad, la creatividad, el pensamiento crítico. Es decir, todo aquello que hace a una persona capaz de navegar su vida con dignidad, empatía y sentido.
Durante décadas hemos replicado un modelo educativo que responde más a las necesidades de la Revolución Industrial que a las de un mundo en constante transformación. La escuela todavía se siente como una fábrica de resultados académicos, no como un espacio vivo que cultiva la identidad, los vínculos, la capacidad de asombro o la gestión emocional. ¿Dónde están las horas de clase destinadas a explorar cómo manejar el miedo, la frustración o la ansiedad? ¿En qué momento se enseña a preguntar con libertad, a dudar, a mirar el mundo con ojos propios?
Este modelo no solo limita a los estudiantes; también agobia a quienes los acompañan: madres, padres y, especialmente, cuidadoras. Ellas, porque en su mayoría siguen siendo mujeres, cargan con la responsabilidad invisible de que sus hijas e hijos “rindan bien”, no lleguen tarde, coman sano, hagan la tarea, estén concentrados, sean “buenos estudiantes”. Y lo hacen muchas veces sin redes de apoyo ni reconocimiento, mientras trabajan jornadas dobles o triples. La escuela, lejos de ser aliada de estas familias, muchas veces refuerza las exigencias sin escuchar, sin flexibilizar, sin cuidar.
Pero también hay señales de cambio. Existen proyectos escolares que se atreven a cuestionar la forma en que se enseña y se aprende, que integran la inteligencia emocional como una prioridad y que construyen comunidades donde el error es una oportunidad de aprendizaje, no una fuente de vergüenza. Sin embargo, son todavía la excepción, no la regla.
Curiosamente, muchos de los aprendizajes más humanos ocurren fuera del calendario escolar. Durante los cursos de verano, por ejemplo, los niños y niñas tienen más libertad para explorar, crear y convivir sin la presión de las calificaciones. Allí se trabaja en equipo, se respeta el ritmo individual, se juega, se escucha. Los conflictos se resuelven conversando, las emociones se validan, y los vínculos se fortalecen. Estos espacios, menos rígidos y más afectivos, permiten que florezcan la empatía, la cooperación y la seguridad emocional. Son, sin pretenderlo, laboratorios de una educación más plena y pacífica.
Replantear la educación es también una apuesta por la paz. Porque no habrá sociedad pacífica si seguimos educando desde la competencia, la obediencia ciega y el miedo al castigo. La paz no se construye solo con ausencia de violencia, sino con presencia activa de herramientas para el diálogo, la escucha y el reconocimiento del otro. La educación, si se orienta hacia la empatía, la colaboración y la justicia, puede ser el terreno fértil donde florezca una nueva cultura de paz.
Esto no significa eliminar contenidos ni romantizar la infancia. Significa equilibrar la balanza. Enseñar a resolver ecuaciones, pero también a resolver conflictos. A leer, pero también a escucharse. A pensar con lógica, pero también con compasión. Necesitamos escuelas que formen personas completas, capaces no solo de aprobar exámenes, sino de construir sociedades más justas, pacíficas y empáticas.
El regreso a clases no debería ser solo una vuelta al calendario. Debería ser también un punto de partida para cambiar el rumbo de nuestra forma de educar. Estamos a tiempo.
VOCES POR LA PAZ
Berenice Estrada Hernández
Facebook: Bere Estrada Her
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