La comida chatarra se refiere a alimentos o productos que tienen un alto contenido de grasas, azúcares, sal y calorías, pero que a menudo son bajos en nutrientes esenciales como vitaminas y minerales

La comida chatarra se refiere a alimentos o productos que tienen un alto contenido de grasas, azúcares, sal y calorías, pero que a menudo son bajos en nutrientes esenciales como vitaminas y minerales. Estos alimentos suelen ser altamente procesados y se consumen principalmente por su sabor y conveniencia, en lugar de por su valor nutricional.
Al respecto y de acuerdo a la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (Ensanut, 2023), el bajo consumo de frutas y verduras y el alto consumo de azúcares añadidos incrementan la probabilidad de desarrollar sobrepeso y obesidad.
Los principales resultados de la Ensanut (2023) arrojan que, en México, 37.3 por ciento de los escolares y 41.1 por ciento de los adolescentes tenían sobrepeso y obesidad y que estas cifras han aumentado desde 1999 en un 26.8 por ciento.
La obesidad en etapas tempranas está asociada con problemas graves como síndrome metabólico, hígado graso, problemas posturales, apnea del sueño, enfermedades cardiovasculares, hipertensión, dislipidemias, diabetes tipo II y ciertos tipos de cáncer, además de que genera baja autoestima y estigma. (Lister NB, Baur LA et al, 2023).
Lo anterior fundamenta la preocupación de los gobiernos para reducir los índices de sobrepeso y obesidad en las poblaciones.
Toda vez que la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Organización Panamericana de la Salud (OPS) y los institutos de salud mexicanos recomiendan que regular el consumo y venta de alimentos y bebidas dentro de las escuelas es una estrategia efectiva para mejorar la alimentación de los menores y prevenir la obesidad infantil, podemos advertir que se trata de una medida difícil de implementar, pero necesaria, incluso congruente; ¿cómo puede el alumnado recibir educación para la salud en las aulas, particularmente con relación a una vida saludable que incluye una alimentación sana y nutritiva, para salir al recreo y encontrarse con una ilimitada disposición de productos chatarra y bebidas azucaradas como casi única opción para su consumo?
En torno a la prohibición, hagamos memoria. Seguramente usted recordará cuando los niños hablaban del plato del bien comer, cuando las tienditas escolares tuvieron que cambiar la venta de chatarra y jugos y refrescos por ensaladas, frutas, jícama, pepino, zanahoria, agua de fruta natural y demás. Cuando la industria optó por producir miniporciones de sus productos con la intención de “cumplir” con los lineamientos emitidos en los acuerdos expedidos por las secretarías de Educación y de Salud.
En agosto de 2010 se publica el “Acuerdo mediante el cual se establecen los lineamientos generales para el expendio o distribución de alimentos y bebidas en los establecimientos de consumo escolar de los planteles de educación básica”.
El 9 de mayo de 2014 se publica el Acuerdo mediante el cual se establecen los Lineamientos generales para el expendio y distribución de alimentos y bebidas preparados y procesados en las escuelas del Sistema Educativo Nacional (derogando el Acuerdo de 2010).
Este 26 de septiembre de 2024 se publica el Acuerdo mediante el cual se establecen los Lineamientos generales a los que deberán sujetarse la preparación, la distribución y el expendio de los alimentos y bebidas preparados, procesados y a granel, así como el fomento de los estilos de vida saludables en alimentación, dentro de toda escuela del Sistema Educativo Nacional (derogando el acuerdo de 2014).
Lo cierto es que, a pesar de los intentos en el pasado, la medida de la prohibición no ha sido exitosa toda vez que, tras un periodo, en la gran mayoría de las escuelas se volvió a vender toda clase de productos clasificados como comida chatarra. A propósito, en los últimos años no se realizaron acciones para poner en marcha la prohibición, siendo que el acuerdo era vigente.
Las razones para el fracaso de la prohibición en el pasado podrían fundamentarse en la dificultad de modificar hábitos tan arraigados en la sociedad como los que tienen que ver con el consumo de alimentos, la presión de la industria por conservar abierto el mercado de consumo en las infancias y adolescencias, estrategias deficientes de seguimiento a la medida, la carencia de mecanismos de sanción por incumplimiento claramente especificados, y la falta de definición concreta de los actores responsables y las vías de queja por parte de la ciudadanía, entre otros.
El nuevo acuerdo prohíbe la preparación, distribución y expendio en las escuelas de alimentos y bebidas que contengan los sellos y las leyendas que incluye el sistema de etiquetado frontal de advertencia —nada de raciones mínimas autorizadas—.
En cuanto a las sanciones por incumplimiento, el acuerdo establece la intervención de la Cofepris y/o de sus homólogos estatales, para que, en su caso, apliquen las medidas de seguridad y sanciones, de conformidad con las disposiciones jurídicas aplicables.
La principal diferencia entre este último acuerdo y los dos anteriores es que este emana de una reforma a la Ley General de Educación. Se eleva a rango de ley la prohibición de venta y publicidad de comida chatarra en escuelas, lo cual hace que esta tenga un sólido asidero jurídico.
Nadie discute que un espacio crucial para generar hábitos alimentarios saludables y prevenir problemas de salud es el escolar, pero no es el único, por lo que habrá que evitar poner en la espalda de los maestros toda la responsabilidad.
El sobrepeso y la obesidad en escolares y adolescentes está determinado por diferentes factores estructurales, como los entornos obesogénicos, que dificultan el acceso y consumo de alimentos saludables y favorecen el consumo de productos ultraprocesados. Aquí juegan un rol importante las empresas con sus estrategias de marketing.
Pero tampoco nadie puede negar que otro factor que influye en el consumo de algunos grupos de alimentos es el ambiente familiar, pues se ha documentado que la disponibilidad de alimentos en el hogar, el comportamiento de los padres y su educación son determinantes para que escolares y adolescentes tengan preferencias por frutas y verduras o por alimentos poco saludables.
Es así que el esfuerzo por conseguir que los escolares y adolescentes adquieran hábitos saludables en cuanto a su alimentación para una vida saludable deberá ser compartido: familia, escuela y sociedad en su conjunto. La sola prohibición en las escuelas será insuficiente.
No dudo que en esta nueva etapa de la prohibición también encontremos casos como en el pasado, en los que, ante la no disposición de dulces y chatarra en la tiendita escolar emergió un fenómeno en que alumnos o alumnas llevaban escondidos los productos no solo para consumo ¡sino para venta! O personas, incluidas madres o padres de familia, colocándose estratégicamente en las rejas de la escuela para vender a través de ella los productos “prohibidos” a los escolares. Se generó un “mercado negro de chatarra”.