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AMLO, Monsiváis, los editores y el amor

Resulta irónico. La inteligencia artificial llegó para obligarnos a valorar la inteligencia humana justo cuando decidimos prescindir de ella.

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Tengo una teoría: el amor ha provocado más problemas políticos en México que el petróleo. Desde Carlota y Maximiliano hasta Frida y Diego, pasando por los interminables chismes revolucionarios, este país siempre termina preguntándose quién quería a quién. Esta semana no fue la excepción. De pronto la conversación pública giró alrededor de la supuesta relación entre Carlos Monsiváis y Andrés Manuel López Obrador. 

Yo trabajé algunos años en la prensa escrita. Fue hace tanto que todavía existían unas criaturas hoy prácticamente mitológicas: los editores. Eran personajes profundamente desagradables cuya misión consistía en arruinarle la felicidad al reportero. Uno llegaba convencido de haber conseguido la nota del siglo y el editor preguntaba, con una crueldad innecesaria: “¿La grabaste?”. Si la respuesta era negativa, seguía otra pregunta todavía peor: “¿Hay testigos?”. Y si tampoco había testigos, pronunciaba la frase más temida del periodismo: “Entonces no existe”. Hoy extraño mucho a esos hombres y mujeres cuya principal virtud consistía en desconfiar. No de las malas historias, sino de las demasiado buenas.

Lo pensé al seguir el caso del periodista Francisco Cazares y la entrevista atribuida a Monsiváis. La familia del escritor negó la autenticidad de los polémicos pasajes sobre López Obrador, pidió pruebas documentales y el propio medio terminó ofreciendo disculpas. Lo interesante no es solamente quién tiene razón. Lo verdaderamente fascinante es preguntarse cómo un texto así recorrió todo el trayecto editorial sin que alguien levantara la mano para formular aquella vieja pregunta del editor gruñón: “¿Y si esto no fuera cierto?”.

Hay otro detalle todavía más revelador. Buena parte del escándalo descansó en insinuaciones sobre la orientación sexual de Monsiváis. Es extraordinario. Vivimos rodeados de algoritmos capaces de fabricar videos hiperrealistas y programas que pueden imitar cualquier voz humana, pero seguimos creyendo que el arma política más eficaz consiste en deslizar un rumor de alcoba. Cambian las tecnologías; el chisme conserva una salud envidiable. La homofobia, además, posee un refinamiento admirable. Ya no suele presentarse con insultos. Ahora llega disfrazada de interés histórico. Nadie dice: “quiero difamar”. Dice: “es importante conocer toda la verdad”. Si Monsiváis hubiera sostenido una relación sentimental con López Obrador —hipótesis para la cual nadie ha mostrado una sola evidencia— la única noticia relevante sería demostrar que ocurrió. Todo lo demás pertenece a la vida privada de dos adultos. Pero seguimos viviendo en un país donde la sospecha sobre la orientación sexual continúa utilizándose como herramienta de desgaste político. Qué poca imaginación para tanto siglo XXI.

Y entonces aparece la inteligencia artificial, a la que ya empezamos a culpar hasta de los baches. Se dice que puede inventar entrevistas, citas, fotografías y documentos. Es cierto. Para eso fue diseñada: para producir texto verosímil, no verdad. Lo inquietante es otra cosa: que algunos periodistas comiencen a parecerse demasiado a los algoritmos. Publican primero y verifican después. La máquina alucina porque no conoce la diferencia; el periodista no tiene ese pretexto.

Tal vez por eso la discusión de esta semana no trate realmente de López Obrador, de Monsiváis ni siquiera de Francisco Cazares. Trata de una especie mucho más amenazada: el editor. Ese individuo insoportable que corregía adjetivos, mutilaba metáforas, arruinaba exclusivas y tenía la pésima costumbre de impedir que una buena historia echara a perder la realidad.

Resulta irónico. La inteligencia artificial llegó para obligarnos a valorar la inteligencia humana justo cuando decidimos prescindir de ella. Porque las máquinas podrán inventar citas en segundos. Pero la irresponsabilidad de publicarlas sigue siendo, por fortuna o por desgracia, un oficio exclusivamente humano.

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