Lo relevante es que se haya dicho en voz alta

En la novena edición de la Semana del Periodismo México 2026, organizada por la Fundación para la Comunicación y el Periodismo (Funcope), cinco reporteras expusieron su trabajo sí desde el lado profesional, pero también desde el personal.
La mesa se tituló Mujeres en el periodismo y el sesgo social y profesional, y lo que se escuchó allí fue una radiografía del diario trajín que una mujer periodista debe padecer, más allá de las inherentes condiciones y circunstancias de su labor.
Sandra Salazar (AM Hidalgo), Dulce Castillo (La Jornada), Yolitzí Olguín (Síntesis), Carmen Hernández (Criterio) y Marisol Flores (Effetá) pusieron sobre la mesa algo que en las redacciones se sabe, pero pocas veces se reconoce: informar siendo mujer implica trabajar el doble para que tu voz pese lo mismo.
Hablaron de sesgo en las redacciones, de desigualdad salarial, de oportunidades que no llegan, de descalificaciones profesionales que no se aplican con el mismo rigor a sus colegas hombres, de violencia digital, de la exigencia permanente de demostrar capacidad en cada cobertura.
Y luego vino lo más crudo: el riesgo.
“En un tiroteo, por ejemplo, te arriesgas por muy poco”, dijo Dulce Castillo. La frase es demoledora porque sintetiza el absurdo estructural del periodismo local: coberturas de alto peligro, salarios bajos, sin seguros de vida, sin prestaciones dignas.
Las jóvenes reporteras hablaron de la falta de seguridad social, de la inexistencia de horarios definidos, de la imposibilidad de planear una vida personal: “No puede haber planeación de tiempos personales ni tener vida propia”, señaló Sandra Salazar.
El periodismo, ya de por sí una profesión desgastante, por la exigencia de la inmediatez y las precarias condiciones para desempeñarlo, se vuelve asfixiante cuando no existe estructura laboral mínima. Y más cuando, además, se carga con el sesgo social que sigue colocando a las mujeres bajo sospecha permanente.
De acuerdo a informes de organizaciones defensoras de la libertad de expresión, México se encuentra entre los países más peligrosos del mundo para ejercer el periodismo fuera de zonas de conflicto o guerra; esto se refleja en múltiples indicadores de violencia y agresiones documentadas. Pero en el ámbito local el riesgo es más silencioso. No siempre es la amenaza directa del crimen organizado, a veces es el abandono empresarial, la precarización normalizada, la cultura interna que minimiza.
En el foro también hubo anécdotas: historias sobre llegar a una manifestación con calles bloqueadas, pelear espacio en una cobertura complicada, sortear accesos cerrados. Relatos contados en tono ligero, pero que revelan una logística diaria agotadora.
Es cierto, el trajín periodístico no distingue géneros, pero el trato sí. Evidentemente la mayoría de los desafíos descritos los sufren tanto reporteras como reporteros, pero el sesgo de género hace que la afectación sea aún más desafiante para las mujeres.
Lo relevante no es que las reporteras se quejen. No fue una sesión de lamento, fue una exposición de condiciones objetivas.
Lo relevante es que se haya dicho en voz alta.
Cada vez más aprendemos a reconocer que la desigualdad y la discriminación afecta todas las esferas y cuantos más campos profesionales o laborales, tradicionalmente asumidos por hombres, son realizados por mujeres, ellas se ven obligadas a enfrentar condiciones que las afectan desproporcionalmente.
A pesar de los retos, la sociedad necesita la presencia de más mujeres en el periodismo, necesitamos periodismo con perspectiva de género que dé voz a los problemas que nos aquejan, a los temas que nos interesan, desde la mirada profesional de quienes representan a la mitad de la población. Su presencia impele a repensar el lenguaje, las fuentes y los enfoques. La pluma, la voz y la imagen desde la mirada de las directoras de medios —muy pocas—, de las reporteras, las fotorreporteras, las editoras, es importante y necesaria.
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