Para quienes miran el fenómeno con extrañeza, considerándolo un presagio del advenimiento del caos y la degradación, quizás sería recomendable revisar la historia de la humanidad

En los últimos años, las redes sociales han amplificado la visibilidad de una identidad poco conocida fuera de los espacios digitales: la llamada identidad therian. Particularmente en últimas fechas, y derivado de una creciente presencia del fenómeno fuera del ambiente virtual, donde las comunidades therian se convocan para reunirse en espacios públicos, se han generado todo tipo de reacciones.
Pero empecemos por intentar comprender el fenómeno en sus propios términos.
El concepto “therian” proviene del griego thērion (bestia o animal salvaje) y se refiere a personas que afirman identificarse, en un sentido interno o psicológico, como animales no humanos reales —lobos, felinos, aves, entre otros— aunque reconocen plenamente su condición biológica humana. Quienes se asumen como therian describen esta identidad como una vivencia profunda y persistente.
La investigadora Venetia Robertson, en su artículo The beast within: anthrozoomorphic identity and alternative spirituality in the online therian community —La bestia interior: identidad antrozoomorfa y espiritualidad alternativa en la comunidad therian en línea— (2013), publicado en Nova Religio, analiza el fenómeno como una forma de espiritualidad e identidad emergente articulada en entornos digitales. Robertson señala que estas comunidades no surgen en el vacío, sino en el cruce entre cultura de internet, narrativas fantásticas contemporáneas y búsquedas personales de significado.
Desde la psicología, estudios como el de Joshua M. Clegg y colaboradores (2019), publicado en Self and Identity, han explorado el bienestar psicológico de personas con identidades no humanas. Sus hallazgos indican que, en la mayoría de los casos estudiados, no se trata de cuadros psicopatológicos graves, sino de construcciones identitarias que cumplen funciones de pertenencia, autoexpresión y coherencia personal.
Este punto es relevante ya que una de las reacciones en la conversación pública suele ser patologizar, sin embargo, la evidencia académica disponible no respalda la idea de que la identidad therian sea en sí misma un trastorno mental. Como en cualquier fenómeno humano, puede coexistir con otras condiciones, pero no se define clínicamente como una enfermedad.
La virulencia de las redes sociales es poderosa y con relación a la identidad therian se dan toda clase de expresiones: desde respeto por lo que cada quien quiera ser o sentir, hasta burla y descalificación; enojo por considerarlo ya el colmo de los colmos, temor por supuestos reportes de ataques físicos tanto a personas ajenas como a miembros de esa comunidad, preocupación por la salud mental de quienes se identifican como therians, entre otras. Es curioso que dentro de quienes expresan enojo, los que más se enojan no tienen a un adolescente en casa que se identifique como therian, ni siquiera un familiar cercano, ya ni un conocido, es decir, el fenómeno no les atañe directamente en lo más mínimo.
Los comentarios negativos son reproducidos con facilidad y de poco ayudan las publicaciones de personas que, en la búsqueda de likes o interacciones no reparan en exhibirse en conductas que saben generarán controversia, como supuestos therians comiendo croquetas o buscando ser adoptados.
Para quienes miran el fenómeno con extrañeza, considerándolo un presagio del advenimiento del caos y la degradación, quizás sería recomendable revisar la historia de la humanidad.
La identificación simbólica entre humanos y animales no es un invento digital del siglo XXI. En el mundo mesoamericano, el nahualismo describía un vínculo ontológico entre persona y animal compañero, como ha documentado Alfredo López Austin (1980). En el caso olmeca, por ejemplo, la llamada figura del “hombre-jaguar” ocupa un lugar central en su imaginario simbólico. Numerosas esculturas muestran seres con rasgos humanos y felinos combinados: boca comisurada hacia abajo, ojos almendrados y cráneo hendido, lo que algunos investigadores han interpretado como la representación de una entidad híbrida vinculada al poder, la fertilidad y el ámbito sobrenatural. El arqueólogo Michael D. Coe sostuvo que esta iconografía expresa una concepción donde lo humano y lo animal participan de una misma matriz sagrada.
En las tradiciones chamánicas de Siberia, la transformación espiritual en animal formaba parte de la experiencia ritual, según el clásico estudio de Mircea Eliade (1951); y en el antiguo Egipto, las deidades híbridas expresaban una continuidad cósmica entre lo humano y lo animal, analizada por Jan Assmann (2001).
Claro que hay que resaltar que de ninguna manera se trata de homologar una identidad individual en sentido moderno, como el caso de la identidad therian, con las descritas anteriormente, las cuales reflejan una cosmovisión donde la transformación y la continuidad entre especies formaban parte del orden del mundo.
Poner el tema en perspectiva histórica no lo legitima ni lo invalida, simplemente lo sitúa en la larga conversación de la humanidad consigo misma sobre su lugar en la naturaleza.
En fin, lo que el fenómeno therian nos recuerda es que la identidad humana es más diversa, compleja y creativa de lo que las categorías tradicionales suelen admitir. Que la investigación académica lo aborda como una expresión identitaria contemporánea, no como una simple extravagancia mediática. Que la adolescencia se caracteriza justo por la búsqueda de identidad y pertenencia. Que la adolescencia se cura con el tiempo, en la inmensa mayoría de los casos, aunque hay por ahí de pronto personas que nunca la dejan.
Me compartieron el comentario de que para los adolescentes que hoy abrazan una identidad therian hay dos caminos para cuando la vida haya tomado su curso y se encuentren en otra etapa: recordarlo con nostalgia y una sonrisa en los labios o morir de la vergüenza.
Quizás la tarea del espacio íntimo o familiar sea establecer límites claros, con acompañamiento profesional si fuere necesario, cuando hay daño, y respeto cuando no lo hay. Las alertas que pudieran tenerse en cuenta, según los profesionales de la salud mental, son cambios en la rutina de la persona adolescente tales como querer dejar la escuela, comer exclusivamente un alimento —el que come usualmente su theriotipo—, propensión al aislamiento, a autolesionarse, pérdida de la capacidad de reconocerse humano o creer que pueden experimentar una transformación sensorial o mental en su theriotipo; lesiones físicas derivadas de hacer acrobacias para saltar como su theriotipo, entre otras.
Como siempre, la comunicación y la escucha activa marcan la diferencia. Si su hija o hijo adolescente se identifica como therian, conocer lo que está detrás de esa necesidad de buscar una identidad alterna sería lo deseable, antes de la crítica o la descalificación que pueden tensar y lastimar la relación.
En cuanto al espacio público, si la polarización y la controversia no aportan al debate constructivo, quizás deberíamos aplicar la máxima del maestro Alberto Aguilera Valadez: “Que se preocupen mucho por sus vidas y dejen vivir a los demás”.
¡Recibe las noticias al momento en tu Whatsapp! Únete a nuestro Canal: https://bit.ly/3S0OztH