Imagen: Juan Manuel Menes Llaguno
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Hace (8) meses

Los Policarpos en la Revolución

Policarpo Hernández López era uno de los muchos trabajadores de la mina La Zorra, operada por la compañía Real del Monte y Pachuca. Laboraba en ese lugar desde 1909, de modo que, a principios de 1913, era ya un experimentado barretero que manejaba admirablemente las nuevas perforadoras eléctricas adquiridas por la empresa apenas un año antes. 

Imagen: Los Policarpos en la Revolución
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Policarpo Hernández López era uno de los muchos trabajadores de la mina La Zorra, operada por la compañía Real del Monte y Pachuca. Laboraba en ese lugar desde 1909, de modo que, a principios de 1913, era ya un experimentado barretero que manejaba admirablemente las nuevas perforadoras eléctricas adquiridas por la empresa apenas un año antes. 

La noche del sábado 8 de marzo de aquel 1913, salió Policarpo del turno matutino hacia las cuatro y media de la tarde y se dirigió a su domicilio en el callejón La Pasadita, cerca del barrio El Arbolito, pero, al llegar a la calle Galeana, se encontró con su tocayo Policarpo Sampayo, quien le invitó a “tomarse unas” en la pulquería El Tráfico, famosa por vender los mejores curados y las más ricas fritangas. Hernández López, que traía el estómago vacío, aceptó la invitación y ambos entraron en la piquera, donde permanecieron cerca de cinco horas.

Hacia las 23:00 horas salieron medio chiles, dispuestos a buscar dónde seguir la parranda, sabedores de que barrio adentro habría muchos lugares donde seguir la juerga, pero al llegar a la puerta de ingreso de la hacienda El  Progreso —ubicada entre la calle Galeana y el Río de las Avenidas, donde hoy cruza la calle de Julián Carrillo— se encontraron de frente con un grupo  de operarios de esa hacienda, con quienes se hicieron de palabras y pronto salieron relucir las “colas de gallo” —navajas en forma de hoz— y se armó la reyerta, que no llegó a más, porque se presentó la gendarmería.

A medianoche, los involucrados en la gresca fueron presentados en la barandilla con el juez de paz, quien dejó en libertad a los trabajadores de la hacienda El Progreso y ordenó fueran arrestados los dos Policarpos, que de inmediato fueron trasladados a la galera, donde durmieron la borrachera hasta eso de las 5:00 horas, cuando fueron despertados por un piquete de soldados federales, quienes los sacaron y  trasladaron al cuartel de San Francisco —hoy Cuartel del Arte—, sitio en el que tras bañarlos en las regaderas de agua fría les  entregaron un uniforme color caqui y les endilgaron un pesado mosquetón con dos cananas y un cinturón cartuchera.

De nada sirvieron las protestas ni sus ruegos para informar a los familiares de su situación, pues un sargento les comunicó que habían sido reclutados en leva y que en unas horas saldrían a combatir a los rebeldes en el norte. En tales condiciones tuvieron que soportar la cruda en el campo de tiro, ubicado en el exrancho El Cuervito, a un lado el parque Hidalgo, sitio donde recibieron adiestramiento para cargar y disparar el mosquetón y aleccionados para interpretar los toques de clarín y corneta con que se trasmitían las órdenes durante las batallas.

Días después los Policarpos fueron separados, Hernández López fue asignado a Zacatecas y Sampayo quedó en Ciudad de México. Al despedirse, lloraron su desventura, pues sabían que serían obligados a luchar contra quienes defendían lo que ellos mismos querían para México. 

Un año más tarde el pelotón de soldados federales, donde estaba Policarpo Hernández, enfrentaba a la División del Norte, encabezada por el general Villa y en el que militaba el gran artillero hidalguense Felipe Ángeles. El destacamento de Hernández fue apostado en las faldas del cerro de La Bufa, sitio en el que un obús de la artillería de Ángeles le hirió gravemente. 

En pocos minutos un escuadrón de enfermeros levantó su cuerpo a fin de trasladarlo al hospital de campaña, en medio de terribles dolores. De pronto, Policarpo Hernández reconoció a su amigo y tocayo, Policarpo Sampayo, quien meses atrás había logrado escapar del cuartel de federales de La Ciudadela, en Ciudad de México, y se había incorporado a las fuerzas del general Ángeles. Los dos amigos se fundieron en fuerte abrazo, mientras la parihuela avanzaba por las calles de Zacatecas rumbo al hospital.

Los tocayos platicaron animadamente sus cuitas, teniendo como marco aquellas calles y callejones, impregnados como los de Pachuca por el olor del carburo desprendido por las lámparas de los mineros que a esa hora salían de su trabajo. Nuevamente se dolieron de haber sido separados por la Revolución en bandos totalmente diferentes. Ambos sonrieron cuando, al pasar por una piquera de las calles zacatecanas, un trabajador minero lanzó un sonoro chiflido, el mismo que utilizaban los mineros en Pachuca cuando arribaban al socavón donde iniciarían el turno.

Eran cerca de las 17:00 horas cuando Policarpo Hernández expiró en aquella parihuela que le lleva al antiguo hospital de Zacatecas. Sus ojos, llenos de lágrimas, quedaron fijos mirando al cielo de aquella ciudad minera, mientras que los de su amigo Policarpo Sampayo, también inundados por el llanto, se clavaron en el suelo minero zacatecano. Y así, cielo y tierra, unidos por las lágrimas de dos amigos separados por la adversidad, fueron el inmejorable marco para esta historia, la de los Policarpos pachuqueños. 

La imagen corresponde a una placa de la escuela Justo Sierra, en 1929, en la que puede apreciarse la pulquería El Tráfico, teatro de los acontecimientos aquí narrados.

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