El pasado 15 de octubre se cumplieron 30 años de la muerte de uno de los más extraordinarios hidalguenses del siglo XX. El etnólogo Raúl Guerrero Guerrero…

El pasado 15 de octubre se cumplieron 30 años de la muerte de uno de los más extraordinarios hidalguenses del siglo XX. El etnólogo Raúl Guerrero Guerrero, Evoco aquí mi primer encuentro con él, la mañana del lunes 6 de marzo de 1961, mi primer día de clases en la escuela secundaria de la que a partir de aquella fecha se convertía en la Universidad Autónoma de Hidalgo. Le vi aquella mañana después de su tempranera clase de siete, rodeado de una parvada de estudiantes que, al salir de su clase, le interrogaban, mientras él repartía a diestra y siniestra afables sonrisas y, tras el chascarrillo oportuno, atronaban las sonoras carcajadas del grupo.
Dos años después, al segregarse la secundaria de la universidad —por razones técnico-pedagógicas— el maestro Guerrero se convirtió en el responsable de la que se denominó Secundaria Oficial de Pachuca —a la que fuimos a parar los ingresados entre 1961 y 1962—, pues, aunque se le designó subdirector, realmente era quien la dirigía. Allí, merced a su amena clases, anduve con él por los campos de España, siguiendo la huella de don Quijote y, con él, me senté virtualmente frente al monasterio de Santo Domingo de Silos, donde Gonzalo de Berceo escribió, en cuaderna vía, aquellos extraordinarios versos de El clérigo y la flor, todo ello gracias a la extraordinaria forma de impartir sus clases, pues nos hacía soñar y caminar por aquellos lugares, invocados en obras literarias origen del idioma castellano.
En un lugar preferente de mi biblioteca, se encuentran los ejemplares del Cid Campeador, El libro del buen amor, las Novelas ejemplares de Cervantes y una veintena de títulos más que gracias a él pudimos conocer. Nueve años después nos reencontramos para fundar el Centro Hidalguense de Investigaciones Históricas A.C. (Cehinhac) dentro del que nos dimos a la tarea de investigar y difundir el pasado regional de este estado.
Imborrables fueron aquellas sesiones sabatinas, en las que discutíamos acaloradamente temas como el origen de Pachuca, el papel de Cristóbal Colon o el de Hernán Cortes en la historia y otros temas, que culminaban siempre con un jocoso epigrama construido y leído por don Raúl, con lo que se ennoblecía el ambiente y, pese a álgida discusión, salíamos al final en medio de franca camaradería.
Cuenta Raúl Arroyo una anécdota que debió ser recurrente entre sus muchos alumnos, al llegar al salón de clase, cargado de un buen número de libros y envuelto en la nube de humo que provocaba el cigarrillo consustancial a su persona, pasaba lista y, después con ademan de auténtica confianza, llegaba hasta la primera fila de bancas y pedía solicito a cualquier alumno, “a ver tú, demonio, veme a traer por favor unos cigarros en el estanquillo de aquí enfrente”, le decía mientras alargaba la mano con un billete. Acto seguido empezaba la clase, que era un verdadero concierto, armonizado por la particular manera de impartir cada clase.

Cómo no recordar las noches bohemias que pasamos en su casa hasta la madrugada, cantando con él al piano aquello de “Tecolote de Guadiana, pájaro madrugador…” o el romance de Román Castillo y otras melodías que eran seguidas de la puntual explicación histórica y musical. Muchas veces fue la realización de alguno de los libros que escribimos juntos la que nos mantenía hasta altas horas de la madrugada, entre ellas la Historia de la administración de justicia en el estado, Las pinturas murales de Itzmiquilpan y otras.
En rincón especial de mi memoria resuenan las Lecciones de filosofía barata, que, con el seudónimo de Basulcio Yáñez, escribió por aquellos años, y desde luego su Epigramatario, en el que reunió personajes y hechos a través de ocurrentes rimas tecleadas vertiginosamente en la maquina Olympia de donde salieron también las páginas de sus múltiples trabajos de investigación, de modo que los mismos dedos que acariciaban las teclas de su piano eran las mismas que se deslizaban con rapidez sobre las teclas de la máquina, era, le decía yo, “el hombre de las manos mágicas”.
Alfayaucan, Los otomíes del Valle del Mezquital, El pulque, El pan nuestro de cada día, El Xantolo, Panorama literario de los pueblos nahuas, El alabado de fray Margil de Jesús, así mismo las realizamos juntos, Historia de la administración de justicia en el estado, Las pinturas murales de Itzmiquilpan, la parte referente a Pachuca en la Enciclopedia de México, Las haciendas de Hidalgo, solo por mencionar algunas de las más importantes.
A 30 años de su partida física —porque espiritualmente quedó su presencia a través de sus libros— le leo y también escucho cada que puedo su Suite indigna, grabada a carrete abierto en 1987, con la precisa explicación de cada uno de sus movimientos. La muerte le sorprendió cuando iniciábamos juntos una actualización del Catálogo de Construcciones Religiosas, el deceso de doña Rosalía Rosado, su compañera de toda la vida poco antes, fue una de las más poderosos casusas de la suya acaecida el 15 de octubre de 1995.
Al concluir estas líneas, me entero del deceso de Arturo Corrales Vivar —Gayo—, estudioso como nadie del Derecho Romano y jurista como el mejor, pero, ante todo, el gran amigo de siempre, ahora reunido en la eternidad al maestro Guerrero.
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