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Hace (9) meses

Los poderes ignorados: La Gran Apuesta

La Gran Apuesta (The Big Short), cinta de 2015 dirigida por Adam McKay, con guion adaptado del libro de Michael Lewis, en la que seguimos a un grupo de banqueros y gestores de fondos de inversión que se hicieron millonarios con la crisis inmobiliaria de 2008, esa que llevó a la quiebra a instituciones financieras de Estados Unidos…

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A. Ebblen Robles
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La sensación la conoce cualquiera que haya usado un cajero automático, utilice la banca en línea o reciba llamadas en las que ofrecen una tarjeta de crédito. Esa sospecha de que existe una trampa, de que detrás de palabras que no conocemos hay un truco para quitarnos nuestro dinero. Y si bien proliferan los cursos de educación financiera y se habla de las ventajas de saber usar servicios bancarios, la desconfianza no desaparece. 

Para reducir las dudas no ayuda mucho ver La Gran Apuesta (The Big Short), cinta de 2015 dirigida por Adam McKay, con guion adaptado del libro de Michael Lewis, en la que seguimos a un grupo de banqueros y gestores de fondos de inversión que se hicieron millonarios con la crisis inmobiliaria de 2008, esa que llevó a la quiebra a instituciones financieras de Estados Unidos y dejó a miles sin trabajo y sin casa.

La película se esfuerza en brindarnos las dosis necesarias de información para entender cómo expertos, instituciones privadas y el gobierno no previeron al desastre. El desfile de conceptos económicos es fluido y se inserta lo suficiente en el drama para generar sorpresa e indignación por la existencia de productos y operaciones financieras complicadas que condicionan las cosas que podemos comprar o el salario que se nos puede pagar. Pasamos de bonos, hipotecas o ventas en corto, a MBS, CDO o SWAPS y es normal que se nos embote la cabeza, a pesar de que Margot Robbie, Selena Gomez y Anthony Bourdain rompan la cuarta pared para ser nuestros profesores.

Durante dos horas, Adam McKay nos expone a términos especializados y hechos reales, pero no porque quiera que su obra sea un documental que nos desmenuce y clarifique las razones de la crisis: quiere revelarnos nuestra ignorancia y que la aceptemos, porque es la única forma de poner un alto a los poderes que se aprovechan de ella. Nos lo dice con el epígrafe de Mark Twain (“Lo que nos mete en problemas no es lo que no sabemos, sino lo que creemos con certeza y no es cierto”) o la mención de que los bancos usan una jerga complicada para hacernos sentir que son indispensables. Vemos la ignorancia en las entrevistas que hace el equipo de Mark Baum y hasta en los ejecutivos de Deutsche Bank.

Y es que esos poderes ignorados son contra los que apuestan Baum, Michael Burry, Jared Venett y el grupo de Ben Ricker, y si bien se harán millonarios gracias a la desgracia de millones, no son lo villanos, pero tampoco son los héroes.

Crear en el espectador asombro, irritación y hambre por entender los mecanismos económicos es la principal virtud de McKay. Como en proyectos posteriores (Vice, Don’t Look Up o Succession) el director retrata las personalidades creadas por las instituciones del capitalismo estadunidense, incluidos sus medios de comunicación. La paranoia, la ceguera ante la evidencia y el cinismo son las herramientas del desastre que políticos y empresarios esconden bajo la máscara del “no pasa nada”.

En La economía Madoff, artículo publicado en diciembre de 2008, Paul Krugman escribió a propósito de la crisis: “Es evidente que las vastas riquezas que se están ganando —o quizá que deberían ganarse— en nuestro inflado sector financiero minaron nuestro sentido de la realidad y degradaron nuestro juicio”. Y, señalando a Alan Greenspan, uno de los artífices del naufragio, concluye: “Existe una tendencia innata por parte incluso de la élite a idolatrar a aquellos que están haciendo muchísimo dinero y a suponer que saben lo que están haciendo”.

La Gran Apuesta no pretende dar lecciones, como tampoco lo pretenden otros dramas financieros como Wall Street (Oliver Stone, 1987) o Margin Call (J.C. Chandor, 2011). Es un listado de corrupción y sandeces empresariales y políticas (véase la falta de regulación a las agencias calificadoras o el rescate de los bancos que hizo el gobierno de Obama) que tuvieron consecuencias nefandas. La economía y la vida pública no son, necesariamente, la guarida de los pillos, pero es obvio que las malas decisiones en esos terrenos son comunes y siempre, no hace falta desempolvar a Marx para decirlo, afectan a los más desposeídos. 

Así que cuídese la próxima vez que vaya al cajero o le ofrezcan una tarjeta. Podría tratarse de una estafa planeada por un delincuente o, peor aún, por su banco de confianza.

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