Aunque llegaste aquí desde una red social, esta columna cuestiona el modelo que las sostiene y explora, a través de una película, cómo nuestras emociones son usadas como moneda de cambio

Sí, probablemente usted accedió a esta columna al darle clic a un enlace. O quizá directamente desde un sitio web. Y no, no es contradictorio difundir en la red social más usada del mundo un texto sobre una cinta que explora y critica el origen de Facebook.
Las corporaciones de internet falsean la libertad y a la par de que crean herramientas para la creación de mensajes, limitan los canales y estructuras en que estos se pueden propagar.
The Social Network (La Red Social), película del otrora incuestionable David Fincher, con guion de Aaron Sorkin y basada en el libro Multimillonarios por accidente, de Ben Mezrich, es la puerta de entrada para entender otras formas de relacionarnos y nuevas maneras de percibir la realidad. Y es, lo digo sin vergüenza, nuestra Citizen Kane.
La escena inicial nos enfrenta al parloteo egocéntrico de Mark Zuckerberg (Jesse Eisenberg), que contrasta con el tono sincero y defensivo de su novia Erica Albright (Rooney Mara). Mark, desde esos primeros minutos, muestra lo que será su constante: al sentirse humillado y confundido no dudará en agredir. Se asume como un genio y si Erica señala que hay talentos artísticos y atléticos que su novio no posee, este contraataca con no tan sutil crueldad. Mark quiere destacar, pertenecer a un club final de Harvard, sentirse visto, exclusivo, ser parte de la élite.
Aunque esta escena termina con el rompimiento de la pareja, es la única del filme en la que la conversación entre los personajes no tiene un motivo monetario o interés velado. Tras quedarse sin novia, Mark emprende una noche de resentimiento en la que hablará mal de su ex en su blog y creará un sitio para comparar los físicos de las estudiantes de Harvard. Es como si Fincher anunciara el fin del diálogo cara a cara y el inicio de algo distinto y detestable.
La interpretación de Eisenberg permite entender la frustración de Zuckerberg por no recibir el reconocimiento que cree merecer y que lo lleva a actuar con poca empatía. Por ello, Mark, al ser el primer usuario de su red social, es también su primera víctima: pretende que todo se trate de él y al hacerlo desgarra su capacidad de poner atención a lo que pasa a su alrededor. Es indiscutible que tiene un cerebro formidable y el director narra con maestría su proceso creativo, en el que una idea se apodera de su mente dispersa y malaleche. Pero Mark mantiene el anhelo de exclusividad y la envidia que significa ver la buena fortuna en los demás, la que lo lleva a engañar a los gemelos Winklevoss y a Eduardo Zaverin, quien era su mejor amigo.
En entrevistas, los verdaderos Zuckerberg, Zaverin y Sean Parker (encarnado odiosamente por Justin Timberlake) han hablado de la cinta y aseguran que los hechos están exageradamente dramatizados, algo obvio para una película de Fincher, pero que es llamativo debido a que Sorkin y el director convirtieron a individuos reales en personajes de redes sociales: el rencoroso e inseguro Mark, el ingenuo Eduardo, el arribista Sean o los ofendidos y privilegiados Tyler y Cameron. Sí, en gran parte de la cinta se comportan como personajes unidimensionales, pero también son reconocibles porque son las máscaras que vemos no solo en Facebook, también en X (antes Twitter), Instagram o TikTok. Máscaras que se funden con los usuarios y que están configurando sus temperamentos y quitándoles las capacidades que los hacen humanos.
Quien vea una fotografía de Jaron Lanier pensará que se trata de un surfista retirado o miembro de una banda de reggae, pero este programador, escritor y pionero de la realidad virtual ha sido uno de los principales críticos del actual modelo económico de las empresas de tecnología. Para Lanier, socavan el pensamiento individual en favor del colectivo, usan los datos personales de formas cuestionables (como en el escándalo de Cambridge Analytica) y comercian con nuestra atención.
En su libro Diez razones para borrar tus redes sociales de inmediato, Lanier asegura que, a nivel estadístico, estamos perdiendo capacidad de elección real porque si nuestra atención se modifica habrá irremediablemente un cambio de conducta. Lo que empresas como Google o Facebook venden no son espacios para publicidad o el tiempo en pantalla, venden nuestros patrones de comportamiento para manipularlos y no hay mejor forma de hacerlo que manteniéndonos enojados o indignados, tal como se muestra el Zuckerberg de Fincher en las dos horas de duración de la película.
Más allá de lo exagerada que puede parecer la declaración o el título del libro de Lanier (que también trabajó en Atari y Microsoft, y no es precisamente un apocalíptico) es real que nuestra capacidad de enfocarnos ha disminuido. En Estados Unidos se descubrió que el tiempo promedio que un estudiante se concentra en una cosa es de 90 segundos, que el ciudadano medio toca alrededor de 2 mil 600 veces por día su teléfono y pasa más de tres horas conectado, y que el scroll nos hace pasar 50 por ciento más del tiempo que quisiéramos en redes sociales. Esto a todos nos ha pasado y es frustrante ver cómo el tiempo que pudimos haber ocupado en leer, ver una película, aprender algo, escuchar música, limpiar la casa, dormir o charlar se nos fue en nada.
El periodista Johann Hari desgrana estas cifras y sus consecuencias emocionales y sociales en El valor de la atención, título que es también una crónica de su desintoxicación digital y en el que llega a conclusiones similares a la de Lanier y otros científicos que han estudiado el impacto de la vida digital en nuestras mentes: aumenta el estrés y reduce nuestra empatía, inteligencia y capacidad de hallar las cosas que nos brinden una satisfacción real, esa que nunca vemos en la cara de nuestros atribulados personajes.
Esa falta de satisfacción o plenitud me hace volver a la comparación de The Social Network con Citizen Kane. En ambas cintas se nos presenta la vida de millonarios que han hecho su fortuna gracias a la manipulación de la opinión pública. Sus actos son sujetos a una investigación que retoma los testimonios de sus socios y allegados. En la cinta de Welles se trata de una indagación periodística, en la de Fincher de una pesquisa para los juzgados. Mark Zuckerberg y Charles Foster Kane (émulo de William Randolph Hearst) cambian la manera de consumir y presentar la información y la usan para mejorar su posición económica e influir en la política de su país con resultados nefastos. Y en el fondo son dos adolescentes resentidos que sobrerreaccionan ante cualquiera que los contradiga y que en medio de los palacios de Xanadú o Silicon Valley anhelan lo que perdieron: Charles busca esa felicidad infantil representada en “Rosebud” y Mark persigue a Erica Albright, la novia que ya no es y que, aún con el dinero e influencia que ha ganado, no responde su solicitud de amistad en Facebook.
REFERENCIAS:
Hari, Johann. El valor de la atención. Editorial Planeta, Barcelona. 2023.
Lanier, Jaron. Diez razones para borrar tus redes sociales de inmediato. Debate, Barcelona. 2018.