Imagen: José Raquel Badillo Medécigo
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Hace (12) meses

Las dos caras de la Caasim

¿Y qué decir de los medidores que se instalaron a ras de piso en el Centro Histórico de la ciudad?

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José Raquel Badillo

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Hace muchos años, recuerdo haber leído un libro editado quizás por alguna congregación cristiana. Sus lecciones o bien eran metáforas y otras más analogías para conducirse con los valores morales que rigen a la sociedad.

Una historia ahí relatada, hablaba de Clarita, una niña muy bien educada, atenta y amable con sus compañeros de clase y desde luego con los profesores de su escuela.

Cierta tarde, tocaron el timbre de su casa, la mamá de Clarita le pidió ir a abrir la puerta; la niña se rehusó y haciendo berrinche se fue a encerrar a su recámara.

La señora tuvo que ir a abrir la puerta e hizo pasar a la visita —quien había escuchado todo—.

Minutos después la mamá de Clarita, desde la cocina, pidió que por favor bajase a ayudarle a poner los cubiertos en la mesa, ya que era un poco tarde y aún guisaba.

La niña desde su recámara le rezongó a su mamá y no bajó de inmediato. Cuando bajó Clarita por las escaleras palideció al ver que la visita era precisamente su maestra.

Qué vergüenza sentía… ofreció disculpas a su maestra y delante de ella prometió nunca más desobedecer a su mamá.

Algo parecido pasa con la Caasim: hace unas semanas tuve que recurrir a sus instalaciones para gestionar un asunto sobre la toma de agua. Amablemente me dijeron que debía pasar al área jurídica; así lo hice, todo el personal muy atento y bien portado. La licenciada Dulce hizo favor de escuchar con atención la problemática que le exponía, habló a sus colaboradores para darme la mejor respuesta.

También aproveché para pasar al área de Comunicación Social; el trato fue similar, la cordialidad y su afabilidad quedó demostrada.

Cada planteamiento que hice fue respondido con argumentos en forma y tiempo.

Sin embargo, aquí pasa contrariamente al caso de Clarita; puedo afirmar que en Caasim dan lo mejor de sí.

Pero la Caasim que está fuera de las instalaciones es una cara totalmente diferente.

No son prestos a atender las fugas reportadas, miden con diferente racero. A los usuarios le aplican con todo rigor cuando una fuga es dentro del domicilio. Cuando es en la calle, siempre tiene excusas para justificar sus demoras.

Tuve el beneplácito de escuchar en la tribuna municipal la argumentación de la síndica pachuqueña. Detalló el trabajo malhecho de quienes arreglan las fugas, pero desarreglan las banquetas.

La síndica, aunque enfática, quedó corta en su exposición, porque como ciudadano de a pie he visto casos más severos.

Obviamente su mala imagen que la Caasim tiene no es de ahora; ¡siempre ha actuado así por años!

Banqueta que rompen ya no la reparan; un caso preocupante de los muchos está muy cerca de la escuela primaria Ramón G. Bonfil, frente a una tortillería. Ahí la banqueta lucía con azulejo, rompieron sin utilizar una cortadora de concreto, dejaron el hoyanco de manera irregular con una profundidad de más de 30 centímetros, obligando a los escolares a caminar por el arroyo vehicular. No son capaces de “rellenar ni con el mismo material sustraído, se marchan argumentando que posteriormente concluirán el remozamiento”. La lluvia se llevó la tierra sustraída y hoy en día así continúa.

Qué bien que la H. Asamblea municipal ha tomado cartas en el asunto. Pues de institución a institución es más fácil presionar, porque las quejas que hacen los vecinos simplemente no prosperan.

¿Y qué decir de los medidores que se instalaron a ras de piso en el Centro Histórico de la ciudad?

Las tapas de plástico que se deterioraron por las pisadas peatonales pudieran ser remplazadas por tapas de concreto para evitar que se las roben, pero hoy en día son pequeños contenedores de basura.

DICE RACHY: Los viejos vicios que ha mantenido la Caasim prevalecen para desgracia de los usuarios, sin importar el color de quien administre ese organismo. La atención dentro de sus oficinas contrasta con la desidia que muestran en la calle. Si bien hay voluntad institucional, lo que el ciudadano de a pie percibe es que aún hay un largo trecho entre el discurso y la acción.

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