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Hace (8) meses

La traición del artista: Amadeus

¿Se puede separar la obra del artista? Sí, pero no es fácil. El arte lleva una firma, al igual que los logros deportivos y avances científicos, y no podemos dejar de involucrarnos con sus autores…

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A. Ebblen Robles
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Los días posteriores a la muerte de Diego Armando Maradona se vivieron desde el luto que pasa por parodia sin dejar de ser dolor. A las esperadas muestras de tremendismo futbolero (como aquella foto de un hincha de River y Boca unidos por el llanto) se sumaron las anécdotas que hacían de la vida de Diego el relato de quien solo es vencido por sí mismo. Como era de esperar, y porque en realidad Maradona no era ni se asumía como un santo, se mencionaron también los episodios protagonizados por drogas, abuso y violencia. Eran tiempos de pandemia (noviembre de 2020) y nadie quería tener opiniones dóciles, fueran o no sobre el virus, y la muerte de una celebridad tan excesiva daba pie a la alabanza alucinada o al desprecio inflexible. 

Lo que sí no era previsible, dada la rancia fama del futbol como ese espacio lleno de brutalidad, fue la defensa que hicieron de Maradona mujeres definidas como feministas y que en plenos festejos funerarios fueron las relatoras ya no de las hazañas futbolísticas, sino de la sustancia artística y política de los dichos y hechos del 10. No anhelaban el balbuceo de sus últimas apariciones televisas o el espectáculo grotesco que daba en palcos de la FIFA: aplaudían la rabia hecha goles, el anhelo de excesos que concretó en gambetas y la defensa del sur —con todas sus miserias— ante el desdeñoso norte. 

Como lo escribió la escritora colombiana Carolina Sanín en Twitter (ahora horriblemente “X”): “(Maradona) nos hizo generosos, capaces de admirar, capaces de desear la victoria del mejor: esa posibilidad de reconocer la indiscutible superioridad ajena fue una lección más grande que la que habría entrañado cualquier comportamiento ‘ejemplar’” 

En ¿Por qué queremos tanto al Diego si somos feministas?, texto que se puede leer en este enlace:  https://otrasvoceseneducacion.org/archivos/365756 la periodista e historiadora Ayelén Pujol es certera en su definición del Pelusa: “Es oro y también barro”. No buscaron describir al ídolo desde la obligación a la pureza, sino desde las luces alcanzadas desde el lodazal.

Esta dualidad define a pocos deportistas y a muchos artistas (podría añadir a los políticos, pero en esa casta casi todo es podredumbre). Y si bien espero que se me perdone la asociación de Maradona con Mozart, al igual que al Diego, al compositor se le ha relacionado —en el imaginario popular— con la genialidad íntegra: Mozart para bebés, Mozart para estudiar, Mozart para relajarse, Mozart para trabajar o Mozart para hacernos más inteligentes.

En el sitio contrario se encuentra Amadeus, película de 1984, dirigida por Milos Forman y basada en el guion teatral de Peter Shaffer, que narra la rivalidad entre Wolfang Amadeus Mozart y Antonio Salieri. 

Forman nos muestra a un joven y genial Mozart, a ratos bocón, a ratos imbécil, pero genio al fin. También nos revela a un Salieri devoto y trabajador, que dedica todo su arte a Dios, esperando en cada oración los trazos de inspiración que lo llevarán a componer música gloriosa. Pero al conocer a Mozart, esa fe y sobriedad se convierten en envidia y confusión, en el reclamo al cielo por no brindarle un don que sí posee ese pillo de risa despreciable.

La película dejó mal parado al Salieri real, que no fue un músico mediano ni, según sus contemporáneos, un ser vengativo. Además, fue maestro de Beethoven, Schubert y Liszt. Aunque historiadores y melómanos reclaman que Amadeus haya fomentado la leyenda negra que señala al compositor italiano como el envenenador de Mozart (y así se le recuerda actualmente) es un gran vehículo dramático para la desacralización del artista. 

Salieri tiene una crisis de fe por enfrentarse a un músico más joven, con más talento y, aparentemente, más feliz. La envidia que lleva al odio y a una retorcida admiración lo trastorna. Y elige ser su verdugo, pero también el amanuense de la Misa de Réquiem.

Mozart, a pesar de las sinfonías, óperas y conciertos para piano, no sale mejor librado. Su desprecio y arrebatos contra quien no está a su altura se contrapone a la ternura casi infantil que muestra con su familia y algunos colegas. 

Las grandes actuaciones de Tom Hulce y F. Murray Abraham facilitan ver al artista a los ojos. Milos Forman muestra que el arte puede venir de seres insatisfechos e incompletos y que su obra no justifica el comportamiento desquiciado. El destino de Mozart y Salieri (la fosa común y el manicomio) son lo opuesto a la gloria, aunque el tiempo los ha puesto en el canon artístico. Detrás de la belleza puede haber brutalidad, el chiste del juego es estar consciente de ello.

¿Se puede separar la obra del artista? Sí, pero no es fácil. El arte lleva una firma, al igual que los logros deportivos y avances científicos, y no podemos dejar de involucrarnos con sus autores. Y no es mera sensiblería, es el reconocimiento de que las habilidades y decisiones de ciertos sujetos impactan la vida social e individual.

Que solo nos conecte a un artista su obra y no su biografía podría ser lo deseable, pero nunca lo ideal, si queremos entender el arrebato y las condiciones de vida que potenciaron libros, música, películas o momentos que amamos.

Por ello, el público se siente traicionado cuando un creador, un deportista o (mal de nuestros tiempos) un famoso cualquiera es señalado por alguna falta, y si bien las personas públicas ejercen una influencia que debería corresponder a una ética adecuada, también nos valdría reconocer sus defectos o actitudes deleznables. 

Es responsabilidad de cada uno distinguir y reconocer las características que le perdonamos a los otros, pero, creo,  hay una diferencia obvia entre los crímenes de William Burroughs, Kevin Spacey, Roman Polansky o Neil Gaiman y los reprobables desatinos de Tarantino, J. K. Rowling o Kubrick. Hay casos complicados: Quevedo, Pound, Mailer, Céline; ya tocará a cada uno juzgar. De cualquier forma, quien busque dioses y sacerdotes que busque en otro lado, pero es claro que la admiración no está peleada con la sensatez y si se revela que la obra deslumbrante tuvo un germen criminal no está de más dar un paso al lado. Tengamos el valor de disfrutar, pero también el de apartarnos cuando las acciones de una mente creativa cruzan ciertos límites. Los artistas no nos traicionan porque a los artistas no se les debe permitir todo, solo viven su humanidad con lo que conlleva. Y sí, ojalá hubiera un Mozart para equivocarse más o para ser un perfecto vago, pero si uno escucha el Concierto para oboe entiende que ante ciertas obras solo queda mirar hacia arriba.

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A. Ebblen Robles

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