En Borges, el investigador ya no es quien resuelve los crímenes o destapa la cloaca de corrupción, se trata de mostrar al detective como presa de sus propias lecturas, de su inteligencia, del juicio libresco que lo lleva por caminos equivocados, pero en los que insiste sin remedio

El primer encuentro con Borges es como un cuento de Borges. En una mudanza a otro estado, un hermano de mi papá dejó gran parte de sus libros en su antigua casa. Dado que frecuentemente convivíamos con mi tío y mis primos, me permitieron explorar esa pequeña biblioteca y tomar prestado algo que me llamara la atención. La mayoría de tomos pertenecían a colecciones por entregas, como la de Narrativa Actual, editada por RBA y la Biblioteca de Historia, de Orbis, que incluía Dioses, tumbas y sabios, de C.W. Ceram; Los Héroes, de Carlyle, o Los Doce Césares, de Suetonio.
Pero fue un libro de cuentos en rústica, con el sobrio título de Ficciones, el que me deslumbró. Desde el primer relato, Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, hallé una expresión del gozo físico de transitar entre libros, además del juego literario de recontar la historia desde sitios improbables y crear países y planetas con sus propias ortodoxias y herejías.
No pretendo aportar otra interpretación de Jorge Luis Borges (algo inevitable y que el mismo escritor argentino padeció) pero las ganas de abrir enciclopedias, expandir mapas, explorar atlas, descubrir secretos en libros destinados para otros o palpar mundos en letra impresa crecieron con Ficciones[1]
Las bondades de Microsoft Encarta, una enciclopedia en CD-ROM que usábamos en casa para las tareas escolares, quedaron eclipsadas por las posibilidades que daba el hojear diccionarios e índices alfabéticos. Aportaron a esas sensaciones, debido su tono ensayístico, erudito, irónico y enganchado a la exploración intelectual, otros relatos como La Biblioteca de Babel y La Lotería en Babilonia, que se contraponen a Funes el Memorioso, un cuento donde Borges expone el horror que vive quien no es capaz de olvidar. Sin embargo, el cuento que me pareció más potente, y que aún ahora me produce un asombro físico, fue La Muerte y la Brújula.
Pocas veces he sentido la certeza de haber leído algo a lo que inevitablemente volveré y que será una vara para medir los textos por venir. Borges no agota su universo y logra lo que alcanzan los clásicos: ser un espejo (siempre los espejos) donde cada lector y cada generación de lectores alcanza a vislumbrar un secreto.
Adolescente como era y ansioso como aún soy, pensaba que una de las características de una buena narración era ser extensa. Creía que se necesitaban cientos de páginas para crear un mundo o describir el nuestro, presentar personajes y sus genealogías, abarcar distintos tiempos y anteponer creencias y modos de actuar para presentar un conflicto.
Fue raro venir de los inabarcables novelones de Dumas, Hugo o Dostoyevski y hallar en La Muerte y La Brújula una brevedad perfecta, un cuento policiaco que no necesitaba agotar explicaciones para cuajar y sorprender, con un mecanismo que nos hace aceptar el destino atroz de Erik Lönnrot, el protagonista del relato.
Tras el asesinato de un erudito dedicado a la cábala y a buscar los nombres de Dios, Lönnrot sondea la mística judía para hallar al culpable. El detective se sumerge en los libros del muerto y se pone a sí mismo trampas que no alcanza a ver, las trampas de quien ejerce tercamente la imaginación y cree que mientras más interesantes sean las hipótesis, más derecho tienen a sustituir la realidad.
Injusto sería contar el desenlace del relato, pero lo que se puede mencionar es que el final de La Muerte y la Brújula asentó una variación de la narrativa policiaca que se aleja tanto de las convenciones de Arthur Conan Doyle y Agatha Christie como del hard-boiled de Dashiell Hammett y Raymond Chandler. En Borges, el investigador ya no es quien resuelve los crímenes o destapa la cloaca de corrupción, se trata de mostrar al detective como presa de sus propias lecturas, de su inteligencia, del juicio libresco que lo lleva por caminos equivocados, pero en los que insiste sin remedio. Resuelve el culto misterio, pero fracasa como “puro razonador” porque desestima lo pedestre que también tiene la vida o lo vulgar de los motivos de los criminales. Esta vía del relato policiaco, en la que un encuentro fortuito con un libro o un concepto trastorna la vida de los personajes, la podemos notar en El Nombre de la Rosa, de Eco; El Club Dumas, de Pérez-Reverte, y La Séptima Función del Lenguaje, de Laurent Binet, novelas a las que llegué (o así quiero pensarlo) tras leer a Borges.
Poco más hay que contar. La virtud de los primeros encuentros es que no necesitan explicarse mucho. Una película en un cine cutre o un librito que un tío deja detrás bastan para justificar vocaciones o gustos alimentados durante horas. O quizá solo caemos en la misma trampa de la que fue presa Lönnrot y usamos nuestra memoria y lecturas para darle forma a lo que no lo tiene.
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[1] La búsqueda y lectura de otros libros de Borges como El Aleph, Siete Noches, Historia Universal de la Infamia, Historia de la Eternidad, su poesía, obra en colaboración y bibliografía puede ser motivo de otro texto, pues este se limita al primer asombro.
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