Los seres humanos somos seres gregarios, lo que quiere decir que estamos hechos para vivir en contacto con otros seres humanos. Necesitamos estar relacionados con las otras personas para desarrollarnos adecuadamente.

Los seres humanos somos seres gregarios, lo que quiere decir que estamos hechos para vivir en contacto con otros seres humanos. Necesitamos estar relacionados con las otras personas para desarrollarnos adecuadamente.
Desarrollar habilidades para socializar con las demás personas se adquiere particularmente durante la infancia, en esa etapa de la vida se aprende a cultivar vínculos.
En la época que nos ha tocado vivir podemos afirmar que la tecnología ha incidido en la sociedad de forma abrupta, ya que, con la llegada de la era digital, todo el mundo tiene en su casa un dispositivo electrónico para comunicarse y pasar el tiempo de forma ociosa. Digamos que la velocidad del asalto nos encontró a muchos sin herramientas para hacerle frente, incluida la falta de información confiable con fundamento científico para poder entender si esta inclusión traía beneficios o planteaba riesgos, particularmente para las niñas, niños y adolescentes (NNyA) y especialmente para los que cursan la primera infancia, comprendida en el periodo de la vida del nacimiento a los cinco años.
Evidentemente el contexto familiar es la pieza fundamental para lograr el correcto desarrollo del infante en estas edades. Su educación, conocimiento, ocio y sobre todo socialización.
Ya desde el 2014 el estudio Menores de edad y conectividad móvil en España daba cuenta de cómo el acercamiento a las tecnologías se produce cada vez a edades más tempranas, concretamente en niños entre uno y cuatro años. También, se muestra cómo estos acceden a los dispositivos de sus familiares habitualmente y observan videos, fotos y series.
Para el 2025 la situación se ha agravado y expandido al punto de que la podemos describir como alarmante. Las pantallas se han convertido en la herramienta ideal para mantener al niño o niña tranquilo lo que permite a sus padres o cuidadores hacer otras actividades. Después de un periodo más bien corto de exposición parece cada vez más complejo privarlos del aparato sin pasar por una crisis con rabietas, negación a comer, imposibilidad de dormir y otras conductas que los pequeños utilizan para forzar a sus padres o cuidadores a abdicar en el esfuerzo, regresándoles el celular, la tableta o la pantalla deseada.
El hecho de que los infantes desde pequeños se acostumbren a jugar con una pantalla en lugar de con sus amigos o familiares provoca que no se relacionen ni adquieran las habilidades socioafectivas derivadas de la experiencia o de su contacto con el medio.
Los estudios más recientes sugieren que de cero a dos años las infancias no deben estar expuestas a ningún tipo de pantalla, la razón la ha descrito la neurociencia, en particular la nueropsiquiatría exponiendo que en esta etapa el bebé aprende mirando lo que le rodea y en el caso de su interacción social, aprende observando los rostros de sus cuidadores.
Al respecto, la bibliografía da cuenta de un estudio que expone que los niños menores de un año, en general, están expuestos a la tecnología un promedio de dos horas al día. Como hemos dicho, estar expuestos a las tecnologías a edades tan tempranas puede tener implicaciones en el desarrollo de sus capacidades sociales, porque todo lo que aprendemos del relacionamiento social lo hacemos mirando a las demás personas, mirando sus gestos, escuchando el tono, el timbre la inflexión de la voz; esto enseña al infante a regular su conducta y comprender la de los demás.
Observar el rostro de las personas les ayuda a desarrollar esa capacidad social que les va a servir para toda su vida; en cambio, si se les expone a una pantalla que es dimensional, su atención se enfoca en los estímulos que hay alrededor de la imagen que ven como los colores, el brillo, etcétera, y no en lo que deberían, que es el rostro de las personas y si las pantallas muestran personajes que ahora tienen fisonomías muy extrañas, aun peor.
Y esto no se limita a la exposición directa del bebé al aparato sino a que el padre, madre o persona cuidadora esté sumergido en su propio celular o cualquier otro tipo de pantalla mientras le cuida. El no interactuar con el bebé, el no mirarle a los ojos, el no hablarle también limita de manera importante los estímulos a su cerebro y sus vínculos.
Con base en lo anterior y de acuerdo con la bibliografía disponible, podríamos plantear como escenario deseable que de los cero a los dos años cero exposición a pantallas; de los tres a los cinco años, si los padres o cuidadores lo consienten, deberán hacer un trabajo serio para seleccionar el tipo de material que se les permite ver en cuanto a la calidad y pertinencia para su edad, por supuesto, regulando el tiempo de exposición que tendría que ser limitado y bajo supervisión y, mejor aún, acompañando la actividad.
No es la intención satanizar el uso de las pantallas en la primera infancia porque hay una buena cantidad de estrategias para utilizarlas de manera que estas resulten en una herramienta útil para la educación y formación de los NNyA y en particular de los más menores, la clave está en tres puntos: supervisión, calidad del material que se consume y tiempo de exposición.
Entre más pronto se alcancen acuerdos de convivencia digital en la familia, menos riesgos estamos en la posibilidad de enfrentar y más provecho podremos obtener del uso de las pantallas.
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