
A propósito del pasado Día del Amor y la Amistad, o tomándolo como pretexto, platiquemos de la complejidad de las relaciones humanas.
Reconocemos la necesidad de entendernos en cualquier tipo de interacción, sea esta familiar, de pareja, de amistad, laboral, comunitaria; de establecer las estrategias necesarias que permitan la solución pacífica de las controversias, la construcción de ambientes personales y sociales que permitan la sana convivencia. La mayoría tenemos claro que es conversando, hablando, como podemos pavimentar el camino hacia el entendimiento, entonces ¿por qué comunicarnos es tan difícil?
Buena parte de los conflictos en nuestras relaciones nacen de la dificultad para comunicarnos. Decimos una cosa, el otro escucha otra. Callamos esperando comprensión, y el silencio se interpreta como distancia. Ofrecemos soluciones cuando el otro necesita consuelo. Escuchamos para responder, no para comprender. Pretendemos que la otra persona puede leer lo que queremos comunicar a través de un estilo indirecto que podría ser interpretado de muchas formas.
En la década de 1990 se popularizó el trabajo editorial de la lingüista Deborah Tannen, particularmente su libro Tú no me entiendes. El texto fue revolucionario en su momento, porque popularizó la idea de que hombres y mujeres tienen “estilos comunicativos distintos”, examinó las diferencias en la forma en que hombres y mujeres se comunican y cómo esos estilos distintos pueden llevar a malentendidos, incluso cuando las dos partes intentan sinceramente entenderse.
La lingüista Tannen lo explicó al señalar que muchas discusiones no son batallas de intenciones, sino choques de estilos conversacionales. No siempre discutimos por lo que se dijo, sino por lo que se entendió. En cada conversación negociamos dos necesidades profundas: sentirnos valorados (estatus) y sentirnos conectados (vínculo). Cuando una persona prioriza la autonomía y la otra la cercanía, el desencuentro aparece.
Los hombres tienden a usar el lenguaje para intercambiar información, establecer independencia o estatus y las mujeres suelen usarlo para crear y fortalecer vínculos emocionales y conexión interpersonal.
Según el texto, comportamientos como las interrupciones, el contar historias o la forma de pedir ayuda tienen significados distintos según el estilo de cada género. Debido a estas diferencias, una conversación común puede terminar en frustración o malentendidos, aunque ninguno de los dos haya actuado con mala fe.
En cuanto a las conversaciones en pareja, las mujeres suelen buscar más diálogo emocional que los hombres pueden interpretar como crítica o demanda. El silencio masculino no siempre significa indiferencia; puede denotar comodidad. El conflicto se presenta ante distintas expectativas sobre cuánto y de qué hablar.
Ante los conflictos y discusiones, los hombres tienden a evitar discusiones prolongadas y las mujeres pueden querer hablar hasta resolver el problema. Para uno, discutir fortalece la relación; para otro, esto amenaza la estabilidad.
Las diferencias en los estilos de comunicación de cada género se aprenden y practican desde la infancia. Tannen propone que hombres y mujeres usan el lenguaje de formas distintas porque crecen en “mundos de palabras” diferentes, a lo que llama genderlects (como si fueran dialectos distintos).
En el libro plantea que niños y niñas crecen en grupos separados, en donde ellos socializan con juegos jerárquicos, competencia y liderazgo, mientras ellas, con cooperación, intimidad e inclusión; es así que desde pequeños aprenden reglas distintas sobre conversación. La autora concluye que el estilo adulto nace en la socialización temprana.
A la luz del 2026, 36 años después, usted opinará si se reconoce o le resuena la tesis que sustenta la autora; sin embargo, podríamos cuestionarle que no hay tal cosa como hombres y mujeres de manera generalizada, dejando a un lado una realidad más compleja y que está influida por la cultura, clase social, personalidad, orientación sexual, contexto. Además de un enfoque binario que hoy no alcanza para el análisis.
En el contexto actual, el reto es aún mayor. Nos comunicamos más que nunca, pero escuchamos menos; las redes sociales privilegian la reacción inmediata sobre la reflexión y el mensaje breve reemplaza la conversación profunda.
A esto se suman otros desafíos: la prisa permanente que reduce el diálogo a intercambios funcionales, la dificultad para expresar emociones sin sentirnos expuestos, el miedo al conflicto que lleva al silencio acumulado, las diferencias generacionales y culturales que influyen en cómo entendemos el respeto, la franqueza o la cercanía.
Sea por las características específicas atribuidas a los géneros, por las condiciones de crianza, por los rasgos propios de nuestra personalidad y en un contexto influenciado importantemente por las tecnologías de la información y la comunicación, nuestros esfuerzos deberán ser mayores para no cejar en la apuesta por el diálogo para el entendimiento y la prevención y solución pacífica de los conflictos, en cualquiera de los ámbitos de las relaciones humanas.
Hoy más que nunca necesitamos comunicarnos.
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