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Hace (10) meses

El falso control: Jurassic Park

En el principio fueron los dinosaurios. La expectativa, la sorpresa, el terror y la emoción tras mirar una película nacieron para mí con Jurassic Park…

Imagen: El falso control: Jurassic Park
A. Ebblen Robles
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En el principio fueron los dinosaurios. La expectativa, la sorpresa, el terror y la emoción tras mirar una película nacieron para mí con Jurassic Park. La cinta de Steven Spielberg, basada en la novela de Michael Crichton, fue el anuncio de una obsesión por esos animales que se transformó en una curiosidad constante y viva. Si bien, a mis siete años ya había visto largometrajes de Disney, fue en el Cine Media Naranja, de Ciudad Sahagún, donde, en medio de una sala oscura, algo relampagueó.

Debo a la insistencia de mis primos Pablo y Rubén, que me llevan varios años, el que mis padres me hayan permitido asistir a la función. Mi madre, preocupada por la posible matanza que las bestias prehistóricas hicieran en la pantalla, me recomendó taparme los ojos con un suéter si una escena me daba miedo, y más por obediencia que por temor, me cubrí cuando el abogado Donald Gennaro, sentado de forma patética en el escusado, queda solo frente al tiranosaurio. Para buena suerte mía, el suéter era de un tejido que lo hizo completamente inútil ante la autocensura y pude asombrarme cuando Gennaro fue devorado por el más famoso depredador de todos los tiempos, en una de las secuencias más importantes del cine de los 90.

Al igual que muchos niños de mi generación, el gusto por la cinta se convirtió en delirio por saber cómo vivían, cómo cazaban y cómo se extinguieron los animales que el cine (no la ciencia) revivió para nosotros. 

La revista Dinosaurios, de Planeta DeAgostini, se convirtió en cita obligada, así como un diccionario ilustrado de Larousse. La compra de juguetes, las series de televisión y los documentales —como Caminando con dinosaurios, de la BBC— alimentaron la manía por distinguir entre un braquiosaurio y un diplodocus, por señalar que el deinonychus era el verdadero velocirraptor y, quizá, viajar a hostiles paisajes para desenterrar fósiles que aguardaban ser descubiertos. Años después, leyendo a Fernando Savater entendí mejor esta fascinación: “Crueles tiranosaurios, estegosaurios abrumados, diabólicos pterodáctilos semejantes a cometas medievales, vuestras sombras imposibles salen de los museos para venir en ayuda de los cuentos, para aplacar de algún modo nuestra ansia de dragones”. Aunque el filósofo español se refiere a El mundo perdido, de sir Arthur Conan Doyle, su texto coincide con las creaciones de Spielberg.

Este encanto también consumió y sigue consumiendo a los estudios de cine que a más de 30 años del estreno han continuado la saga con resultados que van de lo bueno a lo indignante.

Atengámonos a la primera entrega y es que Jurassic Park mantiene la fuerza básica y avasalladora que caracteriza a la naturaleza. Pero aquí la hallamos fuera de sí, pervertida o malograda, en una “zoología atroz” como la llamó Guillermo Cabrera Infante.

De entrada, al mostrarnos el logo de Universal escuchamos la selva, sentimos el calor y el misterio de lo salvaje y aún no ha empezado la película. Luego, un retumbar de pisadas nos anuncia el título de la cinta. 

La presentación de la isla Nublar y del raptor que mata a un trabajador del parque nos plantean desde un inicio que el control es una ilusión, pues la sensación de domino se pudre cada vez que las creaciones biológicas se comportan como lo que son: animales y no atracciones. El afán de John Hammond porque su parque sea aprobado por los accionistas lo lleva a pensar que el dinero y la ciencia impera sobre un instinto que lleva dormido 65 millones de años y por ello recluta a expertos para que le den la razón; sin embargo, a diferencia del millonario, Alan Grant, Ellie Sattler e Ian Malcom se disciplinaron para adquirir un conocimiento que los hace conscientes de los alcances y usos del mismo. La llegada al parque de los paleontólogos, el matemático y los nietos de Hammond se convierten en la pesadilla perfecta, no por terrorífica o sangrienta, sino porque viene de un sueño que se corrompe instantes previos a cumplirse.

Antes del recorrido, el grupo tiene una comida en la que manifiesta sus dudas (Grant y Satler) o expresan su completo desacuerdo (Malcom). El científico con poses de rockstar denuncia lo que para él es “poco respeto a la naturaleza”, pues se le está ultrajando.

Un acierto de Spielberg y de los guionistas (Crichton mismo y David Koepp) es introducirnos al debate científico que tiene la novela, pero sin darle el primer plano. La cantidad de información del libro no avasalla, pero en el traslado a la pantalla nos brindan las dosis correctas para entender qué pasa en el laboratorio o en la sala de control, que es donde, irónicamente, las cosas comienzan a marchar mal. Hammond, con todo el poder y dinero a la mano, no alcanza a comprender que siempre habrá algo que se le escape y el que no haya podido prever las consecuencias de la avaricia de Dennis Nedry explica el caos en el que se convierte la isla, que también es azotada por una tormenta, símbolo de la fuerza que no consiguen contener. 

Me detengo aquí por si alguien no ha visto Jurassic Park, pero se puede decir que la segunda mitad de la película —con sus persecuciones y matanzas— es la exposición de un orden roto. Sí, ese orden se quiebra por el robo de los embriones de dinosaurio, pero las cercas de alta tensión, la cuidada automatización del parque, el plan de crear solo dinosaurios hembra y la ridícula certeza de que un animal que pesa ocho toneladas comerá cuando se lo indiquemos son anunciadores del desastre. 

Esta idea siempre llegaba cada vez que veía la película, pero retumbó más a partir de 2020 con la llegada de la pandemia y lo que generó. Por más que suene a lugar común, el Covid-19 nos recordó que la actividad humana individual o grupal, con su grandeza y sus miserias, es un elemento más, sometido a la imprevisibilidad de la vida. Y si bien podemos incidir en el mantenimiento o desarrollo de los ecosistemas, la vida económica o los planes sanitarios, no podemos controlar todo. Las personas y los gobiernos podrán seguir haciendo planes, y se deben hacer, pero cada huracán, incendio o sismo es el aviso de que debe cambiar nuestra relación con la naturaleza. Hammond y los genetistas de Jurassic Park están tan ocupados en manipular el ADN que no alcanzan a ver que solo son émulos de Frankenstein. 

No para ellos, pero sí para nosotros, es el llamado que hace el biólogo Sean B. Carroll en su estimulante libro Las leyes del Serengueti: “¿Acaso no sería una terrible ironía que, mientras nos desvivimos por descubrir más curas a toda clase de amenazas moleculares y microscópicas a la vida humana, siguiéramos adelante a toda vela feliz o deliberadamente ignorantes del estado de nuestro hogar común y de la gran amenaza que supone ignorar cómo funciona la vida a mayor escala?”.

 

Referencias 

Savater, Fernando. La infancia recuperada. Alianza Editorial, Madrid, 2005

Carroll, Sean B. Las leyes del Serengueti. Debate, Barcelona, 2019.

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