Las redes sociales han permitido crear burbujas donde solo entra lo que nos conviene, donde se reproduce lo que nos gusta y donde todo lo que nos incomoda es eliminado con un clic

Berenice Estrada
Estamos en tiempos donde la indiferencia parece ser la norma. Nos hemos acostumbrado a mirar solo hacia nosotros mismos, a correr con prisa por la vida sin detenernos a ver quién está al lado, si alguien necesita una palabra, una mano o incluso solo una mirada que reconozca su existencia. La individualidad ha ganado terreno de forma abrumadora; el “yo” ha eclipsado al “nosotros” y, muchas veces, solo nos unimos a causas si podemos sacar provecho personal. Si no nos beneficia directamente, entonces no es nuestro problema.
Esto no es nuevo, pero sí más evidente. Las redes sociales han permitido crear burbujas donde solo entra lo que nos conviene, donde se reproduce lo que nos gusta y donde todo lo que nos incomoda es eliminado con un clic. En este contexto, la empatía parece haberse vuelto un lujo, un valor en desuso, relegado a los discursos, pero ausente en los actos.
Y, sin embargo, entre tanto ruido, entre tanta desconexión, a veces el universo nos regala coincidencias hermosas: personas que comparten la necesidad de hacer comunidad, de devolverle al mundo un poco de humanidad. Seres que no han perdido la capacidad de mirar con amor, que creen en la posibilidad de construir un entorno más empático y solidario. Esas personas nos recuerdan que aún hay esperanza, que no estamos solos y que vale la pena seguir creyendo que otro mundo es posible.
Así vamos tejiendo redes de sentido. Desde la coincidencia en la causa, el dolor o la esperanza, nacen los verdaderos lazos: el compañerismo genuino. No ese que se construye por intereses, sino el que nace desde la voluntad de caminar juntos, de acompañarse en el proceso, de crecer de forma colectiva. Porque cuando el corazón se alinea con la intención, los encuentros se vuelven transformadores.
En este contexto, es necesario reconocer y celebrar a quienes están actuando desde ese lugar. La Fundación Killian hñähñu ha demostrado que la empatía no solo es un discurso bonito, sino una acción concreta. Su evento programado para el próximo sábado 26 de julio es un llamado a la conciencia, un acto de amor hacia la comunidad y un esfuerzo real por sembrar en la sociedad una semilla de sensibilidad, de escucha, de compromiso.
A estas iniciativas es necesario no solo aplaudirlas, sino sumarnos, compartirlas y replicarlas.
Del mismo modo, una mención especial al grupo de apoyo en Pachuca de Soto Puente hacia la Vida, quienes se han convertido en la primera generación en Hidalgo en realizar el taller Puentes a la Vida, una experiencia poderosa de sanación y reconexión con uno mismo y con los demás. Gracias al invaluable apoyo del maestro Edwardo Mendoza, quien en su última visita a México compartió con generosidad este proceso, este grupo ha iniciado una travesía interna y colectiva hacia una nueva forma de vivir: más consciente, más amorosa, más libre.
No es coincidencia que ambas iniciativas estén floreciendo en un entorno donde tanto hace falta la sensibilidad. Son una respuesta necesaria a una sociedad fragmentada, un recordatorio de que aún hay quienes creen en la vida como un acto compartido.
Que estas experiencias inspiren a más personas. Que nos inviten a mirar hacia afuera, pero también hacia dentro. Que se multipliquen los espacios de encuentro, de palabra, de abrazo, de escucha.
Gracias, Fundación Killian hñähñu. Gracias, grupo Puente hacia la Vida. Gracias a cada persona que, en medio del caos, decide ser luz. Sigamos creando nuevas realidades, desde el amor, desde la empatía, desde el compromiso. Porque sí, otro mundo es posible. Y empieza en cada uno de nosotros.
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