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Hace (11) meses

¿Entender la ficción para entender la vida?

Al final del camino se trata de atrapar la fascinación que nos causan aun en medio de los malos ratos, pues, como señala el periodista y crítico de cine Leonardo D’espósito: “Ser feliz ocurre, simplemente, y puede suceder en cualquier momento, incluso en nuestros peores días”

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En medio de las amenazas de guerra y nuestra violencia diaria, de nuestros varios dolores y los cientos de problemas que como sociedad debemos atender, cabe preguntarnos por qué la realidad no nos basta y seguimos frecuentando la literatura, el cine o las narrativas gráficas. La respuesta facilona es porque el mundo pesa demasiado y buscamos una evasión, pero la paz y el conflicto han brindado sin pausa grandes relatos ficticios que no solo no evaden los horrores o las alegrías inexplicables, también trazan mapas posibles que nos ayudan a entender mejor nuestro entorno y nuestro interior. Estos mapas no son lecciones indispensables, pues ninguna obra o artista lo es por más apego que le tengamos, pero sí son piezas que en ocasiones llenan los huecos que la economía, la psicología la ciencia, la filosofía, la teología y nuestra historia personal no alcanzan a tapar. Nos encanta hacer preguntas y hay respuestas que solo se alcanzan desde la ficción, pues esta funciona en diversos planos, como el biológico (nuestra estructura cerebral es capaz de poner atención en una imitación y entender aspectos de la realidad y emociones a partir un relato hablado, escrito o representado); el mitológico (los cuentos también existen para explicar y para ordenar el mundo); el estético (la imitación puede ser bella y reaccionamos a los valores artísticos de una obra) y el ético (leer o ver representadas acciones humanas no llevará a reflexionar si ciertos modos de actuar son convenientes para la vida individual y social).

Estos aspectos parecen darle a la ficción un valor comúnmente aceptado aún por el más férreo defensor de lo “real”. Pero también provocan que ante tantos libros, películas, series y cómics nos invada un peso por saber qué es paja y qué es trigo, qué es lectura obligada y cuál es prescindible.

Ante este vértigo, yo aconsejaría dejarnos llevar, en primera instancia, por la alegría. Los relatos llevan dentro el anhelo de escuchar o leer más relatos que se esparcen para intentar explicar todo.

Además, cuando uno crece, o bien acepta sus placeres sin buscar ni dar explicaciones o se afana en entender de dónde viene el gozo del libro o la pantalla. Y aunque la propia alegría no debe justificarse ante los demás, también es cierto que narradores, ensayistas, directores de cine, dramaturgos, críticos o simples lectores y espectadores han indagado en el misterio de la ficción, pues intuyen que no es solo distracción, sino uno de los recipientes más fiables de lo humano y, haciendo eco del libro de Nuccio Ordine, un camino para descubrir “la utilidad de lo inútil”.

Nunca se habían publicado tantas novelas y cuentos como en nuestra época. Los estudios de cine cada vez filman menos cintas, pero las compañías de streaming producen tantas series y películas como para estrenar una cada semana. Todavía fatigamos librerías y bibliotecas y los planes escolares aún incluyen una lectura de los clásicos. Se vende manga y cómic como pan, y cientos de escritores, animadores y cineastas tienen en sus bolsillos herramientas para crear, publicar y distribuir sus creaciones. Un caos. A veces divertido, a veces no.

Umberto Eco escribió en ¿Cuántos libros no hemos leído? (un artículo que arroja ciertas luces sobre el asunto y que se puede encontrar fácilmente en internet) que nos invade un miedo por no haber leído lo que se supone que debimos haber leído. El sabio de Bolonia asegura que los lectores comunes se sorprenderían de las lagunas que tienen intelectuales de renombre, de cuántas obras, en apariencia esenciales, no han pasado por sus manos o que simplemente las abandonaron. Algunos, incluso, se jactan no haberse acercado a Cervantes o a la Biblia, que, se supone, son parte del canon de la cultura occidental. Podía parecer un acto de soberbia, pero es la libertad hablando. Eco añade que es válido leer 10 veces el mismo libro en vez de 10 libros distintos, porque hemos aprendido a ver en ese libro méritos para revisitarlo y cuya lectura hallamos más vital y urgente por razones muy nuestras. Entre esas razones está —no podría ser de otra forma— la alegría, el placer de descubrir, de hilar palabras, hechos e imágenes, de ir reconfigurando nuestra vida y pensamientos a medida que pasan las páginas o los fotogramas.

Por lo tanto, yo propongo un viaje. En las próximas entregas de esta columna escribiré sobre esas ficciones que pueden alumbrar un aspecto de la realidad, a veces oneroso, pero siempre palpitante. Las intenciones de dichos textos son varias (algunas secretas), pero la motivación principal es compartir el entusiasmo, las experiencias y las nociones que las obras elegidas me dejaron y me siguen dejando. No sin crítica, se trata de contagiar al lector el asombro de descubrir una forma de entender el mundo y a quienes lo habitamos.

La fascinación por ciertas obras nos lleva a interpretarlas, a leer el mundo con ellas y verlas reflejadas en otras obras. Pero al final del camino se trata de atrapar el deslumbramiento que nos causan, incluso, en los malos ratos, pues como señala el periodista y crítico de cine Leonardo D’espósito: “Ser feliz ocurre, simplemente, y puede suceder en cualquier momento, incluso en nuestros peores días”.

REFERENCIAS:

Ordine, Nucio. La utilidad de lo inútil. Acantilado, Barcelona, 2013

D’espósito, Leonardo. 50 películas para ser feliz. Paidós, Buenos Aires, 2016

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