Mientras las instituciones hablan de resiliencia, la ciudad devora su último matorral

Mientras las instituciones hablan de resiliencia, la ciudad devora su último matorral.
Hay mañanas en Pachuca en que el aire huele diferente. No es el frío limpio de siempre. Es algo más seco, más polvoroso, como si la ciudad hubiera perdido otro pedazo de sí misma durante la noche.
Quienes llevamos años mirando estos cerros sabemos que ese olor tiene nombre: es el olor del suelo que se queda sin raíces.
No exagero. El 70 por ciento de la superficie del municipio de Pachuca ya no tiene vegetación natural. Lo que queda —ese matorral de nopales, magueyes, huizaches y cactáceas que parece rudo, pero es en realidad frágil— es el último filtro entre nosotros y una ciudad que se recalienta, que se seca, que se inunda cada vez que llueve fuerte porque ya no hay suelo que absorba el agua.
Y, aun así, seguimos aprobando programas que permiten quitarlo.
En mayo de 2025, el gobierno del estado arrancó con fanfarria la actualización del Programa Estatal de Acción ante el Cambio Climático de Hidalgo, el PEACCH. Vinieron expertos. Vino una consultora internacional. Vino la Semarnat federal. Y la secretaria de Medio Ambiente estatal dijo algo que me pareció importante: “Estamos viviendo los efectos del cambio climático todos los días.”
Tiene razón. Y precisamente por eso duele más lo que viene después.
Porque mientras se actualiza el programa, mientras se llenan diapositivas con términos como resiliencia y adaptación y carbono neutro, en Mineral de la Reforma hay un Programa de Ordenamiento Ecológico Local —el POEL— que clasificó terrenos colindantes al parque ecológico Cubitos en una categoría que podría facilitar su urbanización. Un instrumento municipal que con un par de páginas técnicas puede hacer lo que ningún discurso climático desharía en décadas.
Esa es la grieta. No está en la Sierra. Está en los escritorios.
Déjenme contarles algo que no sale en los comunicados oficiales con la claridad que merece: el acuífero que nos da agua —el Cuautitlán-Pachuca— extrae 751 millones de metros cúbicos al año. Solo recibe 356 millones.
La diferencia, casi 400 millones de metros cúbicos, sale de reservas subterráneas que no se renuevan. Agua fósil. Agua de hace miles de años. Agua que estamos bebiendo hoy sin que nadie se la haya dejado a nuestros hijos.
Desde 2020, buena parte de Pachuca vive con tandeos. El pipero se convirtió en parte del paisaje cotidiano de colonias que deberían tener agua corriente todo el día. Eso no es un problema de infraestructura solamente.
Es la señal más doméstica, más cotidiana, más silenciosa de una crisis que los documentos oficiales describen con ecuaciones y la gente común describe de otra manera: “Otra vez no hay agua.”
Y cada vez que una zona de recarga —esos cerros con matorral donde la lluvia se filtra lentamente hacia el subsuelo— se convierte en fraccionamiento o bodega industrial, el problema se vuelve un poco más irreversible. No de golpe. Despacio. Como todo lo que realmente duele.
Hay personas en Pachuca que crecieron viendo el cerro de Cubitos como parte del horizonte. Para muchos es apenas un cerro pelón con arbustos raros. Para quienes saben leer un ecosistema, es otra cosa: es uno de los últimos pedazos funcionales de matorral xerófilo en toda la zona metropolitana.
Son hectáreas de matorrales que infiltran agua, que regulan temperatura, que albergan especies que no existen en ningún otro lugar del planeta en la misma forma.
La gente y las organizaciones llevan meses diciéndolo con nombres, con datos, con argumentos técnicos que entregaron a la Semarnath: los terrenos aledaños a Cubitos no pueden quedar en una categoría de aprovechamiento que abra la puerta a la urbanización.
No porque los ecologistas sean románticos. Sino porque la ciencia es clara: lo que se pavimenta no vuelve a filtrar agua. Lo que se calienta sin vegetación no vuelve a enfriarse solo. Lo que se erosiona sin raíces tarda siglos en reconstruirse, si es que alguna vez lo hace.
La Sociedad Ecologista Hidalguense exigió, en su momento, que existiera una verdadera secretaría de medio ambiente en Hidalgo, no el consejo de ornato que teníamos antes. Lo lograron. A presión, pero lo lograron. Eso dice mucho de su persistencia. Pero también dice algo incómodo: que, sin esa presión ciudadana sostenida, el Estado no se mueve solo.
Quiero ser directo sobre algo: el cambio climático no es un problema para el futuro. Ya está aquí, y no se distribuye de forma pareja.
Las noches que ya no refrescan como antes las sufren más quienes no tienen aire acondicionado. Las inundaciones que ocurren cada temporal porque el suelo ya no absorbe el agua las viven más quienes construyeron en las laderas porque no había otro lugar accesible.
Los problemas respiratorios que se agravan cuando la calidad del aire cae los padecen más los niños y los adultos mayores que no pueden elegir dónde vivir.
La isla de calor urbana —ese fenómeno en el que la ciudad acumula calor durante el día y no lo suelta por la noche porque no tiene vegetación que la enfríe— puede generar diferencias de hasta siete grados Celsius entre zonas urbanizadas y zonas con matorral.
Siete grados no son una estadística. Son la diferencia entre dormir y no dormir. Entre un golpe de calor y una noche tranquila. Entre salud y enfermedad para quien ya tiene las defensas bajas.
Todo eso está en juego cuando se decide qué se hace con el suelo que queda.
No pido que se detenga el desarrollo. Pido que el desarrollo no se llame a sí mismo sustentable mientras destruye las condiciones que hacen posible la vida en esta ciudad.
El POEL de Mineral de la Reforma debe regresar a su proceso de elaboración. No para que el municipio lo retoque solo en un escritorio.
Sino para que se reelabore como lo que debería haber sido desde el principio: un instrumento construido entre los tres órdenes de gobierno, con el respaldo técnico del INECC, con los datos actualizados del acuífero que publica la Conagua y con las organizaciones de la sociedad civil sentadas en la mesa de trabajo, no afuera protestando en la banqueta.
La Comisión Estatal Intersectorial de Cambio Climático de Hidalgo existe precisamente para coordinar ese tipo de decisiones. La Ley de Mitigación y Adaptación del estado obliga a hacerlo. No es una propuesta extravagante. Es aplicar lo que ya está escrito.
Hay una pregunta que me hago seguido cuando leo los documentos oficiales sobre cambio climático en Hidalgo: ¿para qué actualizar el PEACCH con consultores internacionales si al mismo tiempo un municipio metropolitano puede aprobar un ordenamiento que contradice todos sus diagnósticos?
La respuesta, me temo, es que los programas climáticos a veces cumplen una función distinta a la que declaran. No son planes de acción. Son vitrinas. Y las vitrinas no detienen topadoras.
Lo que detiene topadoras es la ciudadanía informada, las organizaciones que no se cansan, los medios que preguntan y los funcionarios que sean capaces de decidir que su legado no será haber autorizado la destrucción del último matorral de la ciudad en la que viven sus hijos.
El valle se está calentando. Pero todavía hay tiempo de elegir diferente.
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