Remoto es en verdad el culto guadalupano en Pachuca, pues si bien no se cuenta con una fecha exacta, se sabe que, para la segunda mitad del siglo XVII, existía ya un pequeño templo de esta advocación…

Remoto es en verdad el culto guadalupano en Pachuca, pues si bien no se cuenta con una fecha exacta, se sabe que, para la segunda mitad del siglo XVII, existía ya un pequeño templo de esta advocación como se desprende de la información derivada del Archivo Histórico del Poder Judicial del Estado de Hidalgo que ubica su existencia en las faldas del Cerro del Cuxi, derivación de la emblemática estribación orográfica conocida con el nombre de San Cristóbal, enhiesta cumbre del norte de Pachuca.
En efecto, el sitio de aquella primigenia construcción se encontraba donde hoy se encuentra el Centro Cultural la Garza, otrora sede del Instituto Científico Literario y más tarde del edificio de Rectoría de la máxima casa de estudios del estado, particularmente en el lugar donde se encuentra hoy el Salón de Actos Baltasar Muñoz Lumbier.
Poco sabemos de aquella capilla levantada seguramente por el clero secular al observar la gran devoción de mineros y comerciantes del entonces pequeño Real de Minas, lo que se alude en la licencia concedida a la orden hospitalaria de los juaninos —llamada así por haber sido fundada por el fraile lusitano Juan de Ciudad Huarte—, en la que, independientemente de entregársele el terreno para edificar el hospital, se anexa la pequeña capilla de Nuestra Señora de Guadalupe, ahí edificada desde tiempo inmemorial.
Con profunda gratitud recibieron los frailes aquella paupérrima ermita, que derribaron de inmediato en virtud del deplorable estado en que la encontraron y de inmediato procedieron a levantar una nueva que, de acuerdo con la noticia incluida en la Gazeta (sic) de Ciudad de México de finales de 1728, se señalaba: “Avisan hallarse muy adelantada la fábrica de la nueva iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, y fundación del Hospital de San Juan de Dios y haberse celebrado su día [12 de diciembre] con la solemnidad posible, que corrió a cuenta de la religión de San Agustín siendo el orador el R. P. lector jubilado Juan de Sevilla, prior del convento de Epazoyucan”.
Una puntual descripción de la época indicaba: “Se dedicó en la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe del hospital del Patriarca San Juan de Dios, el hermoso retablo principal, que ha tenido un costo de más de tres mil pesos, se hizo con las limosnas de los vecinos del lugar y a solicitud del R. P. prior de este convento fray Francisco Xavier de Orozco y Villareal” y agregaba que el retablo del altar mayor era de madera estofada y laminada en oro y medía 12 varas y media de alto [una vara equivale a 83.59 centímetros], es decir unos 10 metros, datos que mucho hablan de la suntuosidad y monumentalidad de aquel altar ubicado en la hoy cabecera del salón Baltasar Muñoz Lumbier.
Poco o nada se sabe de la manera en que se solemnizaban las fiestas guadalupanas mientras el templo estuvo a cargo de la orden juanina, aunque bien puede intuirse la fastuosidad con la que debieron celebrarse las fiestas alrededor de cada 12 de diciembre.

Lo que sí está fuera de toda duda es que al aplicarse las disposiciones de la Constitución de Cádiz, restaurada tras el triunfo en España de la Revolución Del Riego, del 1 de enero de 1820, el hospital y sus anexos debieron cerrarse, aunque el nosocomio y templo en Pachuca permanecieron abiertos gracias a la acción de fray Agustín Melgarejo, quien continuó al frente de ambos —hospital y templo— hasta 1836 o 1837, año en que murió, aunque el hospital siguió abierto, atendido por un sobrino suyo y el templo, por sacerdotes de la Parroquia de la Asunción, que brindaron todo tipo de servicios hasta 1861, cuando fue expropiado y nacionalizado en acatamiento de las leyes reformistas de 1858.
Asegura Teodomiro Manzano que las vetustas instalaciones del Hospital de San Juan de Dios y la Capilla de Nuestra Señora de Guadalupe sirvieron como alojamiento de las tropas francesas del coronel Aimard y agrega que como aquel lugar se ubicaba en las afueras de la ciudad, su atrio se utilizó como paredón, para fusilar a quienes desobedecían las órdenes del gobierno imperial.
Al partir a su país las tropas francesas, el predio quedó sin uso aparente, pues para entonces el hospital de la ciudad se había establecido en uno de los claustros del exconvento de San Francisco y el culto guadalupano se repartió entre los templos de la Asunción y San Francisco, donde ambos recintos adquirieron sendas imágenes de buen tamaño y factura de la virgen del Tepeyac, colocadas en lugares privilegiados de ambos recintos de culto, en tanto que el edificio del exhospital y el templo, fueron donados por el gobierno del presidente Juárez, en febrero de 1869, a la Sociedad Protectora de Instrucción Secundara, a fin de que, tras ser adaptados y remodelados, pudiera establecerse ahí el Instituto Literario del Estado y la Escuela de Artes y Oficios, anexa a dicho plantel.
La imagen que ilustra esta columna corresponde a una placa tomada por el fotógrafo Bustamante y Valdez en los primeros años del siglo XX, en la que se capta al entonces Instituto Literario del Estado, antes de ampliar sus límites, en la esquina de Abasolo y Doria.
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