Imagen: Enrique Olmos
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Hace 1 hora

El Mundial no necesita curadores

Precisamente por eso me preocupa cada vez que una institución cultural descubre que habrá Mundial

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Hay pocas cosas que me gusten más que el futbol. De hecho, sospecho que es la actividad a la que más tiempo le he dedicado en toda mi vida. Más que al teatro, más que a la literatura y ciertamente más que al ejercicio. He escrito artículos y obras donde aparece un balón. He organizado viajes, amistades y hasta estados de ánimo alrededor de un partido. Soy, para decirlo sin rodeos, un futbolero irredento.

Precisamente por eso me preocupa cada vez que una institución cultural descubre que habrá Mundial. Se anuncia una Copa del Mundo y de inmediato comienzan a aparecer ciclos de reflexión, programas especiales, convocatorias temáticas y actividades que buscan vincular el futbol con el arte, la memoria, la identidad o la comunidad. Algunas son interesantes, desde luego. Muchas otras transmiten la sensación de haber sido concebidas porque alguien, en alguna oficina, decidió que el Mundial era demasiado grande como para no subirse a él.

Hay una curiosa ansiedad institucional por demostrar que la cultura tiene algo que decir sobre cualquier fenómeno multitudinario. Como si el futbol, por sí mismo, no poseyera ya una densidad simbólica propia. Como si necesitara urgentemente la validación de una mesa redonda, un ciclo de conferencias o un proyecto de mediación cultural para justificar su existencia.

Sin embargo, el futbol es cultura. Lo es profundamente. Lo son las rivalidades familiares, las narrativas nacionales, los rituales colectivos, las conversaciones de sobremesa, los símbolos y las mitologías que se construyen alrededor de una derrota. Lo es también el futbol femenil, que durante décadas fue ignorado por las mismas instituciones que hoy intentan apropiarse de su éxito. El futbol no necesita permiso para existir culturalmente; ya lo hace: nadie siente la necesidad de organizar un seminario para demostrar que los tacos al pastor forman parte de la cultura mexicana. Simplemente lo son. Quizá ahí radique el malentendido. Las políticas culturales suelen actuar como si debieran explicar el futbol al público cuando el público lleva décadas explicándose a sí mismo a través del futbol y de múltiples contenidos.

Pienso en la reciente canción mundialista de Julieta Venegas. No porque sea especialmente mala —Julieta ha escrito canciones magníficas—, sino porque parece ilustrar perfectamente este fenómeno. La pieza transmite la sensación de haber sido concebida dentro de una reunión de trabajo donde alguien preguntó cómo sonarían la inclusión, la diversidad, el optimismo institucional y la identidad nacional si se les obligara a compartir departamento durante tres minutos. El resultado es correcto, profesional y completamente olvidable, que suele ser la peor condena para cualquier obra artística. La paradoja es que el futbol y el arte se han encontrado muchas veces sin ayuda institucional. Ahí están Pasolini, Fontanarrosa, Villoro, Soriano o Galeano. Ninguno necesitó una estrategia transversal de vinculación futbolística para encontrar literatura donde otros veían únicamente deporte. Quizá algunas cosas funcionan mejor cuando se les deja en paz.

El futbol no necesita ser legitimado por la cultura institucional. Y la cultura tampoco necesita disfrazarse de aficionada cada cuatro años para parecer relevante. A veces la mejor política cultural consiste en resistir la tentación de sumarse a la fiesta ajena. Cada Mundial reaparece una especie de oportunismo ligeramente desesperado. Instituciones que parecen competir por demostrar quién logra relacionar más rápidamente su agenda con el torneo. El resultado suele ser anticlimático. El aficionado al futbol no asiste. El público cultural tampoco. Y todos terminan fingiendo entusiasmo en una actividad a la que nadie habría acudido de no existir presupuesto para realizarla. Porque un gran gol y una obra de arte comparten una característica elemental: ambos ocurren con mayor naturalidad cuando nadie intenta administrarlos.

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