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Acostumbrados a lo malo

¿Nos hemos acostumbrado a vivir mal, estamos malacostumbrados a un pésimo transporte público?

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¿Nos hemos acostumbrado a vivir mal, estamos malacostumbrados a un pésimo transporte público? ¿Qué pasa cuando nos resignamos a que las cosas no pueden mejorar? ¿Qué ocurre cuando normalizamos deficiencias, carencias, malas decisiones y malas gestiones? ¿Qué ocurre cuando no solo las normalizamos, sino que creemos que es lo mejor que podemos obtener? ¿Qué les pasa a esas personas que se atreven a cuestionar los males que vemos todos los días? 

Y es que ese viejo dicho popular cobra sentido, el que dice “más vale malo conocido que bueno por conocer”. Esa idiosincrasia mexicana que nos dice que es mejor quedarnos con las cosas que están mal. Tal vez por un miedo al cambio. Tal vez por un apego a lo conocido y el sentirnos seguros. Tal vez por pragmatismo o cautela. Cualquiera que sea la razón, el conservar y aferrarse a las cosas que sabemos que están mal, cae ya en la necedad y el absurdo.

En las últimas semanas, se nos ha demostrado con innumerables siniestros viales que el sistema de transporte público basado en combis es inseguro, ineficiente, inaccesible, insostenible, e incompatible con un modelo de ciudad sustentable y humana. Aun así, hay mucha gente en redes que añora rutas de este transporte, que piensan que antes del Tuzobús estábamos mejor, que, si las combis regresaran, mágicamente terminaría el tráfico, y todos llegarían a sus destinos mucho más rápido y de manera más segura y económica.

Y es que la gente no extraña las combis, extraña que una ruta de transporte público conecte con sus colonias directamente. Extraña que puedan tomar el transporte público en la avenida de su colonia, o incluso en su calle. Extrañan conocer cada cuánto tiempo pasa el transporte, ya sea cada 5, 10 o 20 minutos, pero el saber que pasará. Extrañan bajarse en una parada cercana, en vez de caminar puentes kilométricos inaccesibles en medio de un bulevar que se siente hostil y aislado. 

El transporte público es la columna vertebral de las ciudades, no es un servicio más, es lo que nos conecta como ciudad, el medio de transporte más utilizado por las personas, y aun así, el más olvidado. Cuando el transporte público falla, la ciudad lo resiente. Cuando el transporte público tiene deficiencias de fondo en su diseño, no importa cuántos cambios estéticos se le hagan, ni cuántas veces se cambien de unidades ni cuantos ajolotes se le pinten encima ni cuantos concursos para renovar su imagen se hagan (y ni anuncien formalmente un ganador). Si el diseño y planeación de rutas olvida que debe dar servicio a las personas, este no será usado por ellas. Si el diseño responde a lo proyectado en el papel y no a las necesidades de la población en el territorio, estaremos frente a un transporte público inoperante e ineficiente.

Es necesario replantearnos qué ciudad queremos, cómo queremos movernos dentro de ella, cómo le exigimos a las autoridades que nos escuchen y tomen en cuenta. Es necesario exigirles que atiendan el transporte público, no solo de manera estética o en número de unidades, sino en su diseño, sus rutas, sus conexiones, sus estaciones… pues de esta manera no solo nos movemos en la ciudad, sino que la ciudad se crea a través de nosotros moviéndonos en ella.

Pequeñas acciones, grandes cambios…

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